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La línea roja de Bogotá

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14 de mayo 2013 , 06:30 p.m.

La deslegitimación de la revocatoria como estrategia de ataque preventivo no está a la altura de un hombre como Gustavo Petro.

Está claro que el Alcalde y sus simpatizantes están en todo su derecho de defender el mandato progresista. Nadie espera que Petro se someta a una revocatoria si el mínimo de firmas no ha sido avalado. Pero ¿qué pretenden los cuestionamientos de las firmas sino poner un manto de duda sobre la decisión de la Registraduría?

Esto es solo el comienzo. Si el árbitro electoral no sirve para revisar firmas, alegarán los progresistas, mucho menos lo hará para contar papeletas en caso de que la votación fuera convocada. El camino de la revocatoria resulta equivocado porque incrementará la confrontación y agudizará la ingobernabilidad. Pero mucho peor es la vía de la ‘chavización’.

Podrán aparecer estampadas las firmas de Bart Simpson, Shakira, Barack Obama y hasta la misma madre Laura. Pero esas rúbricas no pueden ser usadas para ocultar un hecho innegable: la existencia de un movimiento de ciudadanos insatisfechos cada día más grande.

Un demócrata como Petro debería enfrentarlos en las urnas con la misma valentía con la que ha denunciado la descomposición de esta ciudad y no descalificarlos, emulando a algunos de sus asesores más cercanos. “No es solo la extrema derecha la que me quiere revocar el mandato, también es la corrupción mafiosa”, afirmó el Alcalde.

La mafia citadina y la extrema derecha sí le apuestan a la salida de Petro de la Alcaldía. Pero de allí a desacreditar a todos los firmantes debería haber un largo trecho. No resulta esto tan evidente para los mosqueteros del Alcalde. Según el exsecretario de Gobierno Guillermo Asprilla, uno de sus consejeros más cercanos, o el ciudadano de a pie fue manipulado por el carrusel delincuente y los políticos opositores, o su conciencia fue comprada.

En su cuenta @guilleasprilla, escribió: “Nuestra responsabilidad es impedir un gigantesco timo a la democracia y a la ciudadanía con firmas pagas ilegales”. Es más, Asprilla se atrevió a criticar el pago a los recolectores de firmas como si un movimiento político solo pudiera tener sentido con base en el voluntariado.

Olvidó contar que el movimiento Progresistas contó con recolectores de firmas voluntarios y también pagos cuando preparó la inscripción de las candidaturas para alcalde y concejales. No por ello perdieron legitimidad sus aspiraciones.

Esta ciudad necesita menos confrontación, más persuasión y una buena dosis de transparencia. Miguel Gómez debe revelar las finanzas de la recolección y Gustavo Petro, las de la revisión.

Muchos estuvimos dispuestos a dar un compás de espera a la Administración Distrital cuando las basuras se acumulaban porque creíamos que la pelea contra los intereses particulares bien valía la pena. Y muchos más estamos listos a tolerar bajos niveles de ejecución si, después del saqueo de Bogotá, Petro nos entrega una ciudad saneada.

Pero siempre existe una línea roja, y los bogotanos, todos, petristas y antipetristas, debemos permanecer vigilantes para no cruzarla: la línea roja del insulto al contradictor. Quien ostenta el poder debe mostrar una responsabilidad mayor en el uso de la palabra, sea cual sea la ofensa que reciba.

Más grave aún, tal como vamos, podemos pasar del menosprecio del inconforme al desconocimiento de las instituciones. “Hicimos la paz, cumplimos, luchamos décadas en democracia, ganamos y, si nos arrebatan, tendrán una primavera árabe”, amenazó Asprilla. “Seré el primero en llamar la gente a la calle”, agregó en el programa Semana en Vivo.

Somos una ciudad partida, y la tarea de Petro, por difícil que sea, es unirnos, no enfrentarnos más.