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La madre Laura, mamá y Alicia

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13 de mayo 2013 , 06:30 p.m.

La canonización de Laura Montoya y el Día de las Madres, el domingo, me devolvieron la imagen de la hermana Alicia, por quien madre preguntaba con un suspiro cada Navidad y cada Año Nuevo o cuando el día estaba triste. Dónde andará Alicia, preguntaba mamá con un resuello gordo como una res y tan hondo que al fin me obligó a preguntarle por quién sentía esa nostalgia. Alicia es mi hermana, la misionera de la madre Laura. Desde que estábamos jóvenes no nos vemos. Me dijo. Es evidente que le hacía falta.

Por qué Alicia no le enviaba una carta a mamá que la quería tanto. Por qué no la llamaba por teléfono si era tan fácil. Tanto me lo pregunté que acabé por pensar que el cuento de la misionera era una mentira blanca de mi madre para no herirme en el despertar de la vida cuando el corazón es aún una víscera tierna. Tal vez Alicia era una descarriada. Me decía mi mente dada a los retorcimientos. Hasta que mamá pareció habituarse a la ausencia. Muy afanada en el cuidado de su montón de hijos para pensar en una casquivana. Y yo también me olvidé de Alicia.

Hasta una noche de 1967, cuando al llegar a casa encontré revuelta la mesa del comedor todavía vestida, anturios en un florero y mustio el aire del recibo cansado de efusiones. Alicia había vuelto. Y había un revuelo de felicidad raro en una familia de melancólicos como la mía.

Mis hermanos estaban impresionados con esa mujer venida de la nada y el olvido, de quien quizás ellos también habían pensado a solas que era una mujer de costumbres pérfidas. Se atropellaban acordándose de cómo había celebrado un simple radio de pilas como un milagro, de su humildad al pedirles unas velas empezadas de la cocina (ustedes no saben el tesoro que es un cabo de vela allá donde vivo, había dicho) y también de la perversión que había contado, cuando en una misión con unas compañeras hallaron unas cabezas descompuestas debajo de las piedras del fogón de un rancho de camino. Y de su historia de amor. Una historia inesperada en una que había sido incapaz de enviarle una carta de consuelo a una hermana que suspiraba por ella: el padre Ulcué, un curita al que mataron por bueno en ese páramo de indios, nadie sabe quién, fue la persona que más quiso en esta vida fuera de Jesucristo.

Me dolió perderme la única visita de Alicia a mamá al cabo de treinta años. Agotadas las historias nos fuimos a dormir. Y Alicia volvió a disolverse entre los otros vicios de la memoria hasta 1992, cuando reapareció sin avisar. La comunidad había resuelto jubilarla. Sus hijos sentimos que mamá se hubiera muerto sin volver a verla. Y asumimos como un deber filial ir una peregrinación a saludarla en el convento modesto en esa comuna abandonada en los cerros occidentales de la ciudad.

Entonces la vi por primera vez. Y ahora la evoco a sus 95 años como una niña diminuta, del tamaño de una muñeca, seca como un zurriago, y vivaz, bajando las escaleras de la clausura a saltitos de dicha. Y entiendo como una enseñanza la alegría que irradiaba, la de quien llevó la vida que quiso en el bien que eligió.

Cuesta decirlo. Pero primero está la verdad. Mamá nunca quiso bien a la madre Laura por causa de Alicia. Le pareció, dijo, una mujer orgullosa cuando la conoció. Y jamás le perdonó del todo que hubiera obligado a unas huérfanas a hipotecar el único bien que tenían, su casa, para la dote de Alicia, para pagar el peaje que le permitió entrar en lo que un virginal burócrata del Opus Dei llamó estos días cómicamente la autopista de la santidad. Pero lo peor fue que le prohibiera escribirle una simple boleta a su hermana menor que suspiraba por ella. Mamá pensaba que la madre Laura era demasiado inflexible. Y que en eso no había sido justa.

Eduardo Escobar