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En tierra derecha

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12 de mayo 2013 , 11:17 p.m.

El gobierno de Santos entra en su tercio final. Después de tres años en el poder empieza la tierra derecha. Y no va a ser fácil. Los opositores han desatado una campaña temprana –casi desde el inicio– para cuestionar y tergiversar la herencia de su administración. La razón es muy sencilla. Esta es la primera vez que hay una real batalla electoral entre un gobierno que busca la reelección y la oposición. El segundo mandato que recibió el presidente Uribe fue más parecido a una coronación que a una justa democrática. No hubo contradictores –con todo respeto por los que intentaron– ni opositores, ni necesidad de defender un legado.

Santos tiene una realidad política y electoral muy distinta. Como corresponde, y es normal en los países con reelección, le va a tocar sudar la camiseta si quiere un segundo mandato. Los que creen que el hombre está perdido –dado que no tiene las ventajas de Uribe en su momento– se equivocan, porque están comparando este proceso con un momento que no tiene nada que ver con la realidad actual.

Santos tiene mucho que mostrar y mucho que argumentar para recibir la bendición de los electores. Aunque con el paso del tiempo mucha gente idealiza a Uribe, la verdad es que los problemas que heredó el actual gobierno eran realmente serios. Tuvo que poner la casa en orden en muchos frentes, como por ejemplo la infraestructura –que durante ocho años fue un ejercicio en politiquería– y hacer reformas como la de regalías, por tanto tiempo aplazadas.

La obsesión monotemática de Uribe con la seguridad dejó de lado las necesidades y las aspiraciones de un país herido por la violencia y la criminalidad. Las víctimas para Uribe nunca realmente fueron una prioridad. Le tocó a Santos pasar las leyes que –de verdad– garantizaran el derecho a la reparación y, más importante aún, a la restitución de tierras. Sin duda, eso no da muchos votos pero era indispensable. Este país estaba urgido de una agenda progresista, incluyente y de reconciliación.

En materia de seguridad ha habido progresos innegables en cuanto al desmantelamiento de las cúpulas del terrorismo y las bandas criminales. Las cosas que siempre soñó Uribe lograr las ha alcanzado este gobierno sin aspavientos ni alharaca. Uribe sentencia a toda hora que el país se sumió otra vez en el caos, cuando el fortalecimiento del Estado de derecho y de las Fuerzas Armadas es evidente y continúa incluso en el contexto del proceso de paz. Porque ahora que Santos avanza en los diálogos en La Habana, los mismos que intentó Uribe y a pesar de sus esfuerzos nunca pudo concretar, este camino le parece inaceptable a la oposición.

En materia de desempleo los indicadores han mostrado mejoría desde la llegada de Santos. Sin duda, la economía creció durante Uribe, animada por los descuentos y exenciones innecesarios a las multinacionales y a los más ricos, pero no generó empleo real, sostenible y formal. La reforma tributaria de este gobierno ya está teniendo un impacto estructural en la flexibilización laboral y en creación de puestos de trabajo. La pobreza extrema ha descendido como nunca en la historia de Colombia –algo que tampoco da muchos votos– sin necesidad de andar repartiendo cheques, al por menor, como lo hacía Uribe en los consejos comunitarios.

Santos ha creado una cultura del respeto al contrario, a la oposición, ha dignificado la controversia. Todas estas cosas son menos visibles que la perorata de la seguridad de Uribe, pero francamente mucho más importantes. Los electores en su fuero interno saben que es así.

Díctum. A Clara López, con quien di los primeros pasos en la política, le mando toda mi solidaridad y reconocimiento. A las madres, en su mes, toda mi admiración y respeto.

GABRIEL SILVA LUJÁN