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Cuando ser madre es un dolor sin final

La ausencia, el no tener respuesta, se convirtió en una forma de vida para estas mujeres.

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10 de mayo 2013 , 08:39 p.m.

 Florinda, Tránsito, Julia, mujeres comunes y corrientes, madres de familia como usted o como yo, carecen de características particulares que las hagan distintas a las demás.

Solo una tragedia en sus vidas las marca, las tiñe de amargura, la misma tragedia que me llevó un día a conocerlas y a escuchar sus historias, relatos que ahora escribo porque son absurdos, pero ciertos, cuentos en los que no hace falta la ficción porque son tristemente reales.

Tres madres de familia que dieron a luz a sus hijos e hijas con dolor, pero el dolor espiritual de su ausencia ha sido mucho peor que el dolor físico de traerlos al mundo. Ninguna de ellas conocía la palabra secuestro. El día que la conocieron se les convirtió en su sombra. Pese a la ausencia de sus hijos e hijas, ellas debieron continuar sus vidas. Ellas caminan, comen, viven, ríen, lloran y sueñan, aunque ellos no regresaron. Las tres tienen un mismo sueño: abrazar a sus hijos e hijas, hablar con ellos, despertarse de la pesadilla que empezó el día en que salieron de casa y no volvieron.

En estas historias la vida no es el sueño, es la pesadilla la que se vuelve una realidad cotidiana. Una realidad que vive Colombia. En homenaje a estas mujeres y a todas las que recibimos la bendición de ser madres, sus historias.

‘Desde hace 17 años vivo para buscar a Yulie’

“En 1996 a ella la desaparecieron saliendo del colegio. Todo este tiempo la he buscado y ninguna autoridad me da pistas de ella. Parece que un ovni se la hubiera llevado y hoy estoy peor que al principio”, dice Florinda Farfán, madre soltera, de unos 50 años. Los últimos 10 los ha dedicado a buscar a su hija, Yulie Yesenia Chacón Farfán.

Ella desapareció cuando tenía 11 años de edad, en el barrio Suba de Bogotá, el 20 de febrero de 1996. No dejó rastro, al igual que Nini Johanna Moncada Correa, Andrea García López, Johanna Alexandra Hernández Bello y María Yolanda Perdomo Pinilla, del mismo barrio, desaparecidas en similares situaciones, entre 1995 y 1997. Florinda ese día, después de despedir a su hija rumbo al colegio dándole la bendición, tomó rumbo a su trabajo, en el centro de Bogotá. Ella, mujer guerrera y trabajadora; su hija, una adolescente juiciosa y buena estudiante.

Han transcurrido ya 17 años y Florinda recuerda esa mañana con horror, como si fuera ayer.

Yulie recibió ese día todas sus clases normalmente. Cursaba quinto grado de primaria y era sobresaliente. A la hora de recreo, se comió la merienda que su mamá le había preparado. Luego entró a una previa de matemáticas, en la que le fue muy bien.

Salió del colegio Calasanz acompañada de sus dos mejores amigas y compañeras. Las tres caminaron juntas hasta doblar la esquina, donde se despidieron y cada una cogió rumbo a su casa. A Yulie le tocaba caminar tres cuadras más.

¿Caminó solo una, quizá dos? Nunca se supo. A su casa nunca llegó.

Se rumora en la vecindad que la vieron subirse a un carro rojo. Su mamá aún la espera. Conserva su habitación idéntica a como ella la dejó: su cama tendida, sus muñecos de peluche, su armario muy bien organizado.

Florinda no entiende por qué el caso de desaparición de su hija se conoce en el argot jurídico como ‘secuestro simple’. “¿Simple? ¿Por qué simple, si esa tragedia truncó mi vida, mis sueños, la vida de mi hija, sus sueños?”, se pregunta. Simple, le contestan, porque nunca recibió petición alguna a cambio de la libertad de su hija. Jamás ningún grupo armado se atribuyó el hecho ni la llamó para pedirle algo a cambio. Simplemente, se la tragó la tierra.

Daniel se fue un día a clases a la U y no regresó

Julia Buriticá vive en El Espinal con una espina clavada en el corazón: su hijo se perdió en el trayecto entre la casa y la universidad.

“Mi hijo Daniel estaba estudiando Ingeniería de Sistemas en la Universidad Javeriana, un día se fue a clases y no regresó. Fue terrible, yo lo buscaba de día y de noche por la calle, ponía carteles, pasaba todo el tiempo fuera buscando la más mínima pista de Daniel hasta que un día mis otros dos hijos me dijeron ‘mamá, y nosotros qué’. Fue cuando comprendí que ellos me necesitaban, pero desde ese día ningún miembro de nuestra familia es feliz”.

Julia es de pocas palabras y poco efusiva. Daniel Alfonso era su hijo mayor. Vivía en Bogotá cuando su hijo desapareció, ahora vive en Tolima y visita la capital solo cuando tiene que hacer alguna diligencia relacionada con la búsqueda.

Su hijo desapareció el 4 de octubre de 2004, cuando tenía 20 años de edad. Ella a veces piensa que Daniel fue reclutado por la guerrilla, otras veces piensa que lo reclutaron los paramilitares o la delincuencia urbana. Nueve años después de los hechos, ella ya no sabe qué pensar. En toda la búsqueda y en todas sus diligencias entre Fiscalía, País Libre, Policía, Ejército, DAS y cuanta entidad ha visitado buscando a Daniel, su esposo, don Leandro la acompaña.

Siempre a su lado, permanece en silencio. Solo una vez se le escucha decir una frase que expresa su agonía como padre: “Una vez un detective me dijo: ‘Pídale a Dios que a su hijo lo tengan la guerrilla o los paramilitares’ ”. No le entendí, pero cuando salió en televisión lo de los ‘falsos positivos’, entendí”.

A las salas frías de Medicina Legal doña Julia va una vez cada dos meses. Se toma el tiempo necesario para mirar con cuidado los últimos reportes y saber si el cadáver de su hijo ha llegado.

También saca tiempo para venir con cierta frecuencia desde Ibagué hasta el búnker de la Fiscalía, en Bogotá. En esta entidad, ella tiene ahora puestas todas sus esperanzas. Asiste así mismo a reuniones a las que la invitan fundaciones privadas de derechos humanos y reuniones de empresas que trabajan en el tema de memoria histórica de secuestro en Colombia. Todas estas sesiones son para esta madre como “vitamina para el alma”, dice, pues las aprovecha para hacer lo que más pueda en búsqueda de Daniel. Piensa que es mejor no olvidarse de su hijo ni aislarse.

En cambio, a don Leandro le da intranquilidad asistir a estas reuniones, pues él quisiera que alguien de una vez por todas le ayude a encontrar a su hijo. No es tan fácil. Doña Julia lo anima a seguir asistiendo a las reuniones, aunque, al concluir su paso por Bogotá, de nuevo cojan la carretera de regreso a El Espinal sin Daniel, con las manos vacías, llenos únicamente de interrogantes sin respuesta.

‘La secuestraron porque no les quise vender mi finca’

“Yo se quiénes mataron a mi hija. Un hombre fue condenado solo por este caso, pagó condena pero nunca confesó dónde la enterraron… No es posible que pida beneficios, se comprometa a colaborar y no lo haga. Tengo la esperanza de saber de mi hija (Leidy Johanna Robayo Villamil), así esté muerta”.

Tránsito Villamil, oriunda de Carmen de Carupa (Cundinamarca), municipio cercano a Ubaté, es campesina, su figura es menuda y su hablar angustioso. Durante muchos años vivió en Simijaca (Cundinamarca), pero lleva ya varios viviendo en Bogotá. Es madre de cinco hijas y abuela de diez nietos.

Con su esposo tuvo cinco hijas pero con el tiempo él se fue a vivir solo a una finca ubicada en los Llanos Orientales. Tránsito quedó viviendo con sus cinco hijas en la vereda Pantano, finca Betenía en límites entre Cundinamarca y Boyacá. Leidy Johanna estudiaba en el Colegio San Cayetano y fue secuestrada cuando tenía diez años de edad, en Simijaca, el 19 de agosto de 1994. Eran los días cuando el narcotráfico llegó a Simijaca, procedente del Valle. En ese entonces Tránsito tenía 46 años de edad. Ya su esposo la había abandonado y sus tres hijas mayores estudiaban en Bogotá.

La noche que llegaron a su casa en su finca la amordazaron a ella, a su penúltima hija y se llevaron a Leidy Johanna. También amordazaron a su empleada y al hijo de esta. Los secuestradores le dejaron una carta. Vendrían luego varias cartas y varios casetes, pidiéndole dinero a cambio de la libertad de su hija menor. Tránsito recuerda que la última comida de su hija fue chocolate de chúcura y croquetas de mazorca con cuajada y mantequilla. Los culpables del plagio querían que ella cediera en la venta de la finca y que además les diera dinero. Querían que les vendiera la finca en 165 millones de pesos y querían además 25 millones a cambio de la libertad de la niña. Era un negocio redondo. Pero no lograron ni una cosa ni la otra”.

El culpable de la desaparición de Leidy Johanna ya pagó condena por su delito, estuvo seis años preso, pero por haber reconocido ser el autor del delito y por haberse acogido a la sentencia anticipada no tuvo la obligación de dar detalles de lo sucedido. Ya está libre. Tránsito quisiera conocer dónde están los restos de su hija. “El motivo del secuestro, más que la plata fue el querer presionarme y venganza por no haberles vendido la finca”, dice.

Tránsito tiene claro hoy que los culpables del secuestro de su hija fueron narcotraficantes, aunque al principio ellos se identificaban como perteneciente al frente 22 de las Farc. Ella mantiene la esperanza de que su hija esté viva. Mientras no tenga los restos de ella, cotejados y confirmados y les dé santa sepultura, no va a creer que ella murió.

“Lo ideal es que ahora quienes imparten justicia piensen más en la víctima y no tanto en el secuestrador. Antes, todo el tiempo, todos los gobiernos, pensaban en cómo capturar y castigar al culpable. Y eso está bien. Pero, ¿dónde está la ayuda a la víctima, a su familia?”.

VIVIANA ESGUERRA VILLAMIZAR*
Especial para EL TIEMPO
*Periodista especializada en el tema de secuestro