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Editorial: El futuro de Bogotá

09 de mayo 2013 , 07:44 p.m.

La Alcaldía de Bogotá ha radicado para estudio del Concejo el proyecto de acuerdo de revisión excepcional del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), un documento que traza los lineamientos generales de cómo ha de construirse la ciudad de los próximos lustros.

El documento, que, según palabras del propio gobierno, se ha discutido en distintos escenarios, es un compendio de 500 artículos que abarcan todo lo relacionado con el crecimiento futuro de la capital –centro ampliado, densificación, áreas de reserva, uso del suelo–, la movilidad, la adaptación al cambio climático, la articulación con el área rural y la disminución de normas para hacer más ágiles los trámites.

Cada ítem merece más que estas pocas líneas. Sin embargo, a la luz de la discusión que ya suscitan varios de sus postulados, vale la pena resaltar algunos que deberían concentrar la atención de los debates y que, más que poner a la defensiva a la Administración, contribuirían a mejorar el POT.

El momento resulta oportuno, por ejemplo, para dar una mirada profunda al concepto de densificación, que defiende la Alcaldía y que contempla como eje de desarrollo el centro ampliado. En ese gran cuadrante de 11.000 hectáreas pretende concentrar el crecimiento de la ciudad y desestimular la edificabilidad en sus bordes, garantizar acceso a servicios y empleo, mejor la calidad de vida y reducir la segregación.

Pero no se puede ser absolutista. Bogotá ya figura entre las ciudades más densas del mundo; el debate no puede satanizar crecimientos donde la dinámica de la ciudad lo exige. Hay expertos que concluyen que la propuesta del centro ampliado implicaría intervenir el 60 por ciento de ese territorio, con densificaciones en altura contraproducentes, que terminarían por ‘desbaratar’ ese mismo centro. Incluso, en el ámbito internacional se plantea hoy una discusión sobre cómo la excesiva densidad estaría derivando en problemas de convivencia.

En la misma línea, el POT debe dejar claras las condiciones del borde norte de Bogotá, la única oportunidad que –a juicio de los entendidos– podría quedarle a la ciudad para desarrollarse con el orden que pocas veces ha tenido. La reserva forestal, que la Alcaldía defiende con ahínco, brilla por la falta de información sobre lo que significa, la manera como se piensa proteger, el costo que implica y quién lo asume.

Por otra parte, la filigrana que rodea el esquema para la construcción de vivienda se ha prestado para múltiples interpretaciones, que terminaron por producir un mal clima en el sector, clave en la generación de empleo e impulso de la economía.

Pero quizás el tema que más toca la fibra del ciudadano es lo que se esboza en el POT referente a la mezcla de usos del suelo. La Secretaría de Planeación la concibe como la posibilidad de que se pueda tener una combinación de industria y comercio de bajo impacto en áreas residenciales. Todas las alarmas se encienden ante este escenario, pues barrios enteros sucumbieron en el pasado con la llegada de EPS, bares, restaurantes y moteles disfrazados.
Administraciones anteriores han jugado a que el Concejo no se pronuncie sobre el POT y tener el camino libre para expedirlo por decreto. Mala cosa. Por las consecuencias que tal actitud pueda generar, el cabildo tiene la obligación de hacer un debate de altura, técnico, consecuente con las nuevas realidades y desafíos que le esperan a la ciudad, antes de girar un cheque en blanco en materia tan delicada.