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Declinaciones minero-energéticas

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08 de mayo 2013 , 04:04 p.m.

Superados de alguna manera los temas calientes de la paz sin impunidad y de la respuesta diplomática a los feroces insultos proferidos por el presidente de la República de Venezuela, Nicolás Maduro, contra el expresidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, concentrémonos en la suerte de la economía colombiana, ahora cuando el auge minero-energético sufre su primera e inquietante declinación a través del juego de los mercados.

Conjuradas las perspectivas de inflación, los ojos al fin se volvieron a la elevada desocupación de la fuerza de trabajo y a la necesidad de ver cómo se moviliza la masa de dos millones trescientos mil desocupados y cómo se mejora la precaria situación de los subempleados, mediante la remoción de las circunstancias que impiden su integración a la normalidad laboral y a la sociedad de consumo con la plenitud de sus servicios básicos. Conforta que los rectores supremos de la moneda se inclinen, actualmente, a la búsqueda de una salida racional y humana a la desventura en que tantos compatriotas se hallan atrapados. El reconocimiento franco del problema abre las puertas a su ordenada solución institucional.

Con motivo del lanzamiento del libro Diez años de revaluación, de Mauricio Cabrera Galvis, al cual no pude asistir por limitaciones pasajeras de salud, el doctor Carlos Gustavo Cano, miembro muy destacado de la junta directiva del Emisor, formuló en esa ceremonia sesudas y documentadas reflexiones sobre el caso cambiario.

Con la advertencia de que “una bonanza no debe confundirse con una bendición”, observó que el sector minero-energético llegó a representar el 8 por ciento del Producto Interno Bruto, a generar más del 40 por ciento de los ingresos de la balanza de pagos y más del 70 por ciento de las exportaciones, con tan solo 220.000 empleos directos. Ahí, con su desaliento a otras actividades, ellas sí promotoras de ocupación, a través de las repercusiones cambiarias, nació la ‘enfermedad holandesa’, que, de pronto, desaparece por sustracción de materia.

La dinámica de las exportaciones totales se desplomó, a su juicio, al incrementarse en apenas 5,7 por ciento con relación al 2011, en contraste con el 44,1 por ciento del año precedente. En el 2012 sumaron 60.667 millones de dólares. Se pregunta el autor del estudio si puede esfumarse el boom minero-energético, y se responde: “Es posible”.

Los precios del petróleo están en caída. Lo mismo los del oro, el carbón, el níquel. Y el café, por el desplome de su productividad, muy por debajo de la de Brasil, Honduras y Costa Rica, en forma que su participación en el mercado mundial pasó del 16 por ciento al triste 6 por ciento.

En su concepto, “una tasa de cambio real inferior a su nivel de equilibrio lesiona la producción de bienes y servicios transables. En primer término a la que compite con importaciones, y, en seguida, a la que se exporta. Hace apenas un año –asevera– el peso era sin duda la moneda más apreciada de la región. Hoy no se podría decir lo mismo, al menos en parte, gracias a la intervención cambiaria del Banco de la República”. Habiendo sido insuficiente, se interroga si algo más hace falta. Claro que sí: la intervención directa en el mercado y en el movimiento de capitales especulativos, que, lejos de haber sido desalentado, ha recibido franco estímulo.

La conclusión es la de que el auge minero-energético no es permanente, a juzgar por sus primeros reveses, y de que es menester atender a otros frentes, perjudicados por su impacto en la tasa de cambio: el de la industria, la agricultura y la construcción, con su idoneidad para absorber mano de obra, cuya esterilización se traduce en pobreza, miseria y desazón social. Hay que apresurarse a delinear y preparar alternativas.