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Mamás sin manual / En consulta con Álex

Alexandra Pumarejo aconseja a los lectores de EL TIEMPO en diferentes aspectos de su vida personal.

07 de mayo 2013 , 04:22 p.m.

Me imagino que como se acerca el día de la madre, la otra noche tuve un sueño impresionante. Consistía en que tenía otro hijo, esta vez un hombre, que cuando salió de mi barriga, traía en la manito su propio ‘manual de instrucciones’.

No era cualquier manual de pacotilla; este tenía en la portada el nombre de mi hijo y era un instructivo meticuloso que detallaba paso a paso cómo manejar cada situación que se me podía presentar como madre, desde su nacimiento hasta el día de mi muerte. Estaba diseñado específicamente para nuestra relación mamá-hijo, contemplando la personalidad de él, la mía y todos los factores externos a nuestra relación que podrían de alguna manera afectarnos.

Incluso había un capítulo dedicado a cómo manejar inteligentemente nuestra relación si me divorciaba de su papá y me tocaba criarlo sola, pero también había otro que me enseñaba a negociar cuidadosamente cada decisión con padre. Eran páginas y páginas que describían de una manera muy sencilla qué debería hacer y decir si algún día mi hijo me gritaba “te odio”, si llegara borracho a los 14 años, si dejara a la novia embarazada, si le encontrara drogas en el cuarto, inclusive, me ayudaba a manejar mis emociones el día en que él se fuera de la casa y ya no quisiera venir a visitarme.

Este no era un instructivo de cómo criar un hijo “mediocre”, me orientaba para que fuera un hijo “ejemplar”, según los estándares de la sociedad: honesto, trabajador, bueno, generoso, inteligente, cariñoso, excelente amigo, gran deportista, novio y excelente marido, tal cual, el hijo de mis sueños.

Estaba en pleno grado de mi hijo como médico laureado de una prestigiosa universidad, cuando me despertó la vocecita de una niña. Era mi hija en la vida real, quien me preguntaba si podía dormir conmigo porque estaba teniendo pesadillas. Hasta ahí llegó mi sueño… Me despertó la realidad, me despertó mi maravillosa hija de 10 años, quien definitivamente no vino con ningún tipo de manual, pero cuando le agarré la manito y la acosté conmigo me di cuenta que no la cambiaría por nada en el mundo.

Aunque muy pocas mujeres lo digamos en voz alta, nadie nos prepara para ser mamá y la gran mayoría vivimos muertas del susto de que alguien se dé cuenta que no sabemos muy bien lo que estamos haciendo. Muchas permanecemos en un constante estado de duda: “¿será que hice lo correcto”, “¿será que esto solo me pasa a mí?” A esto hay que sumarle el sentimiento de culpa que pareciera inherente a este rol.

Al igual que ustedes, yo tampoco sé cómo será mi hija en el futuro, no tengo un paso a paso establecido si en la adolescencia me mira feo y solo quiere estar con sus amigas, no tengo las palabras perfectas preparadas si me dice que no quiere estudiar nada. No he premeditado como voy a consolarla el día que le rompan el corazón. No, no tengo manual.

Pero aunque me cuestione a diario y tantas veces me equivoque, creo que Dios nos dio algo mucho más poderoso y sabio que un manual de instrucciones, nos dio una capacidad de amor por nuestros hijos, que es infinita e incondicional.

Pueda que no tengamos muy claro los discursos que debemos dar ni podamos prever todo lo que nos viene por delante, pero sí podemos estar seguras que ser mamás es la realidad y el privilegio más maravilloso del mundo. También debemos estar tranquilas que aunque cometamos errores, siempre vamos a hacer lo mejor que podamos con las herramientas que tenemos, porque eso es ser buena mamá. Ojalá entendamos que la maternidad es un regalo que nunca se debe tomar a la ligera. Somos responsables por esas personitas que trajimos al mundo, es nuestra obligación educarlas, darles buen ejemplo, pero ante todo amarlas, con manual o sin manual.

ALEXANDRA PUMAREJO