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Wagner en Bogotá

En julio, primera presentación en el país de 'Tannhäuser', en el bicentenario de su compositor.

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30 de abril 2013 , 07:03 p.m.

Es la historia de Gustavo Dudamel, el venezolano de 32 años que hoy dirige las mejores orquestas, que fue elegido por revistas y organizaciones como una de las personas más influyentes del mundo, que ha sido galardonado con premios y doctorados honoríficos y que se ha convertido en un ícono cultural de nuestra era; pero también es la historia de un país que decidió apostarle a escribir un capítulo de innovación social al son de la música.

Gustavo Dudamel es hijo de la música: su padre tocaba trombón para su orquesta de salsa, y su madre hacía parte de una coral del Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela en Barquisimeto. Él mismo ingresó al Sistema con apenas 3 años, dejándose cautivar por el violín. Hoy asegura que el director que sepa tocar violín controla el 70% de su orquesta. Recibió una enseñanza típica de los barrios de Venezuela, donde se mezclan el folclor del joropo, la música caribeña, los boleros y los corridos prohibidos con la tradición de música clásica de El Sistema. Hoy, la señora Solange de Dudamel se enorgullece de haber dado lecciones de pluralidad a su hijo y que puede haber diálogo armónico entre los que parecen contrarios.

Desde muy temprano, sus padres decidieron apoyar e impulsar su interés por la música, sin distinciones de género. "Escuchaba la orquesta de música popular, pero también escuchaba la culta. Su mamá lo llevaba a los conciertos (…) ahí hubo esa mezcla de lo clásico y lo popular… te puedo hablar como músico y no como papá: Gustavo tiene una energía especial, es un director de música académica extremadamente latino…", cuenta su padre, Óscar Honorio en el libro ‘Gustavo Dudamel: la sinfonía del barrio’, del autor venezolano José Pulido.

Su primer papel como director fue antes de cumplir 10 años, y sucedió casi por accidente. Un día de ensayo, el director de la orquesta infantil a la que pertenecía se demoró más de la cuenta. Gustavo dejó el violín en su silla y tomó posesión de la batuta. Y empezó a imitar los movimientos que había seguido durante su corta formación musical. La orquesta lo siguió y sonó bien: nacía un director. "En la historia del arte no había visto la perfección y estética al dirigir a los 9 años", declaró Luis Jiménez, el director cuyo retraso causó el surgimiento de un genio.

Muy pronto la carrera de Gustavo tomó un paso vertiginoso: a los 13 años hizo la primera gira internacional tocando el violín en el Kennedy Center de Washington, y a los 16 fue seleccionado por José Antonio Abreu, fundador de El Sistema, como el director de la Orquesta Juvenil de Venezuela. Fue ganador del Concurso de Directores de Bamberg a los 23 años, se le asignó la Dirección de la Sinfónica de Gottenburg (Suecia), y con 25 aceptó ser artista exclusivo de la Deutsche Gramophon. Se convirtió en el director musical de la Filarmónica de Los Ángeles a los 26... Y promete no disminuir su intensidad: en el 2012 dirigió las 9 sinfonías de Mahler en Los Ángeles y Caracas, 5 óperas en diferentes países, promovió una temporada de conciertos gratuitos al aire libre en Venezuela, abrió el Festival de Londres, presentó el Festival Transcultural Américas y Americanos y llevó a la Sinfónica Simón Bolívar de gira por Europa.

Hoy se le considera uno de los directores más talentosos de la historia de la música. Para Peter Gelb, gerente de la Metropolitan Opera, la carrera del venezolano es solo comparable con la de Leonard Bernstein: el norteamericano también debutó como director de la Filarmónica de Nueva York antes de los 25 años. 50 años después Dudamel, con la misma edad, subía al mismo podio.

Con todo, proyecta una sencillez conmovedora. Asegura que lo único que lo diferencia del niño que tomó un violín por primera vez es una experiencia "que implica madurez humana y humildad". Durante su discurso de aceptación del premio Músico del 2013 en Los Ángeles en diciembre, aseguró: "Por encima de la música está la humildad. Un director sin su orquesta no es nada". Este sentido social de cooperación entre las jerarquías, en el cual las diferencias existen, pero solo para interactuar a favor de la armonía y la belleza, fue la visión que tuvo Abreu al fundar El Sistema a finales de los setenta.

El poder revolucionario (léase: con la capacidad de hacer cambios significativos en los esquemas sociales) del Programa de Orquestas de Venezuela ha sido reconocido por muchos: Eduardo Mata, quien fuera director de la Sinfónica de Dallas, dice que "tiene el potencial de cambiar el perfil sociológico de países como Venezuela, Colombia, Perú o México". Hoy El Sistema acoge a más de 265 mil niños y jóvenes. Está conformado por núcleos en 286 ciudades y pueblos de todos los Estados. Cuenta con 24 orquestas estatales, 285 sinfónicas y genera alrededor de 5.600 empleos directos. La comunidad beneficiada puede empezar desde los 2 años, y sus programas dedican espacios a más de 1.500 niños con discapacidades. De acuerdo con cálculos del propio Abreu, en los próximos años se llegará al medio millón de integrantes, y en 10 a un millón. Esto, si el ritmo de su expansión logra mantenerse y el Estado continúa financiando el 90% de sus costos administrativos e inversiones.

Dudamel ha aprovechado muchas ocasiones para reconocer que, si no fuera por este, muchos jóvenes de su país estarían sumidos en adicciones nocivas, haciendo parte del crimen o viviendo bajo la sombra de una vida lejos del arte.

Abreu y Dudamel son unos embajadores constantes. Los primeros ecos de El Sistema ya han empezado a sonar. En California, el Youth Orchestra de Los Ángeles (YOLA) atiende a jóvenes con desventajas socioeconómicas y los vincula al programa de formación musical desde muy temprano; por su parte, Escocia ya cuenta con Big Noice, una orquesta juvenil inspirada en la metodología venezolana.

La transformación que propone el programa de Orquestas de Venezuela no es solo para cada uno de los músicos. El Sistema, asegura Abreu, tiene el potencial de "convertir una masa en un pueblo", un grupo capaz de vivir en armonía porque conoce y ha sabido expresar valores superiores y más duraderos que la vida de los individuos. Las aspiraciones de Abreu están marcando un verdadero hito en la historia del arte: "Estamos pasando del arte de lujo de minorías para minorías a una expresión de mayorías para mayorías". Por esto, el lema de El Sistema sigue siendo "tocar y luchar".

Quizás por su formación en El Sistema, Dudamel se siente parte de un solo continente sonoro que no conoce radicalismos sino hermandad en la diferencia: por eso, y siendo uno de los estandartes de la música clásica, ha trabajado con figuras de géneros como bachata, merengue, pop latino, salsa: Rubén Blades, Juan Luis Guerra, Eddie Palmieri, Juanes, Calle 13. Muchos de ellos tomaron parte en el Festival América y los Americanos: proyecto con el que Dudamel aseguró dar un paso firme hacia la integración de América. "Buscamos atacar nociones anticuadas y clasistas de la cultura de élite frente a la cultura popular", dijo en una entrevista a Los Ángeles Times.

Sin importar si se trata de un concierto sinfónico o de un ensamble para tocar música llanera, el poder sublime de la música, la capacidad de estremecer corazones en un grupo, sin importar su proveniencia, destino o formación, depende de un sujeto que con su cabeza, manos y gestos reúne los esfuerzos de un colectivo para llevar un cuerpo total al mundo exterior.

Dudamel lo hace con contundencia y profesionalismo. Ostenta una trayectoria profesional que solo pocas personas son capaces de reunir a su edad; pero sigue aplicando la consigna de "tocar y luchar" como en el primer ensayo. Dice querer devolver a El Sistema todo lo que recibió en su formación: haberle dado una oportunidad en medio de las condiciones adversas de los barrios marginales de un país latinoamericano.

Colombia lo ha recibido en ocasiones anteriores. En 2010 dirigió la Orquesta Simón Bolívar y orquestas profesionales colombianas para celebrar tres acuerdos entre Venezuela y Colombia que restablecieron las relaciones binacionales. En el 2011 dirigió la séptima sinfonía de Mahler en el teatro Santo Domingo, entre otras visitas menos documentadas por la prensa nacional. Aseguró que en nuestro país hay proyectos similares en marcha, pero que la burocracia y la corrupción han sido un gran obstáculo.

En la próxima temporada de la Ópera de Colombia en julio veremos por primera vez una ópera de Wagner, de la mano del más notable de los directores de orquesta del momento. Pero también nos visitan la voluntad y la tenacidad de José Antonio Abreu; con él llega la formación de un músico que supo llevar el mensaje de trabajo en equipo al mundo catapultando el poder de la música como ente unificador.

Por: Robert Max Steenkist