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Caudillos, democracia y partidos

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28 de febrero 2013 , 04:45 p.m.

 '¿Para qué sirven los partidos?', preguntaba el exministro Rudolf Hommes en su última columna (EL TIEMPO, 22/2/2013).

El tema es fundamental para las democracias. Aquí y en la Patagonia. El momento en Colombia es además oportuno. Según el último Barómetro de las Américas, la confianza colombiana en sus partidos se ha venido al suelo. Las abiertas defensas recientes del caudillismo deben servir de advertencia sobre los serios riesgos que enfrenta el porvenir democrático sin partidos.

Algunos piensan que no tiene mayor sentido abordar el problema desde la teoría. Sería ejercicio de ingenuos. Hommes parece aceptar que, en principio, los partidos son parte central del funcionamiento de las democracias. Pero como en la práctica "la mayoría de los que operan en Colombia" no hacen lo que deberían estar haciendo en teoría, Hommes deja abierto el interrogante: ¿cómo pueden ser entonces tales partidos "garantes de la democracia"?

Comparto las preocupaciones de Hommes. Y el exministro hace bien en promover un debate que exige mayor y urgente atención. La discusión debe comenzar con aspectos básicos sobre el papel de los partidos en las democracias, a pesar del desprecio que algunos sientan hacia las teorías. No se trata de una simple disquisición abstracta. Aquí se nos ha propuesto el caudillismo como vía contra una democracia supuestamente "cerrada". Y se nos ha sugerido que los partidos fuertes son una barrera antidemocrática.

Importa, pues, tener claridad sobre algunas premisas elementales. Por ejemplo, las democracias funcionan mejor con partidos que sin ellos, por las mismas razones que Hommes recoge en su columna.

Eso lo parecen entender bien en Uruguay, donde, según el informe 2011 de Latinobarómetro, un 74 por ciento de la gente cree que "sin partidos políticos no puede haber democracia". En Colombia, solo el 47 por ciento lo cree así; hoy quizás menos. Estamos por debajo del promedio en Latinoamérica, al lado de Bolivia, y escasamente por encima de Panamá, Brasil y Ecuador.

Parecería, pues, que profesores de colegios y universidades, analistas de prensa y, claro está, líderes políticos tienen una tarea pedagógica pendiente: sociabilizar la noción de que "sin partidos no puede haber democracia". ¿O sí? ¿Cuál es la alternativa? ¿Dónde está el modelo por seguir?

Por décadas, sin embargo, el discurso intelectual que se impuso en nuestro medio fue el de la antipolítica, contra las mismas ideas de los partidos y la democracia representativa. La famosa defensa de la política de Bernard Crick no parece haber tenido mucho eco entre nosotros.

Aquí, la hostilidad contra el "parlamentarismo electoral" tiene viejo y acendrado pedigrí, asociado con su contracara: los afanes de la revolución. El abandono teórico de los partidos ha tenido, entonces, lamentables desenlaces prácticos.

Nada de lo dicho significa ser complacientes frente a la realidad de los partidos políticos colombianos. Mucho menos significa liberarlos de críticas ni de responsabilidades. Los principales responsables de la baja estima de los partidos no son los intelectuales sino los partidos y sus dirigentes.

Pero el debate sobre la reforma de los partidos tiene que comenzar por su básica apreciación como protagonistas de primer orden en la democracia. De Perogrullo, claro. Y tiene que darse, creo, sobre la base de algunos reconocimientos mínimos. En los términos provocadores planteados por Hommes, ninguno de los partidos que mencionó estaría cumpliendo alguna función democrática: ni nuevos, ni viejos, ni de izquierda, ni de derecha, ni verdes.

Así, no habría casi nada que reformar. La alternativa es volver a comenzar, con otro nuevo partido. O un caudillo bueno, antesala de la dictadura. O la revolución.

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