Archivo

Estudio pretende revelar todos los secretos del cerebro

EE. UU. liderará proyecto para desentrañar los misterios de este órgano. Participará Rodolfo Llinás.

notitle
23 de febrero 2013 , 06:33 p.m.

El cerebro siempre ha sido uno de los más grandes misterios del mundo científico.

Lo fue antes para los egipcios, que se lo sacaban a sus muertos porque creían que no les servía para nada en el más allá, y lo sigue siendo ahora. Tanto, que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció esta semana la puesta en marcha del más ambicioso proyecto para construir el mapa exacto de este órgano, con el objetivo de conocerlo en toda su extensión.

Durante diez años, tal como se hizo con el Proyecto del Genoma Humano, en 1990, el Gobierno de Estados Unidos liderará un trabajo con la participación de empresas privadas, agencias estatales, universidades y grupos de científicos de todo el mundo que pretende develar los secretos inmersos en los 100.000 millones de neuronas encerradas en el kilo y medio de cerebro que tienen todos los humanos.

Tres mil millones de dólares, a razón de 300 millones por año, será el monto total de la inversión que, en el 2023, deberá reflejarse en un mapa que permita saber cómo es, qué hace, cómo se puede dañar y qué potenciales tiene cada microgramo del relieve de esta masa gelatinosa.

“Cada dólar que invertimos para mapear el genoma humano le devolvió 140 a nuestra economía”, dijo el presidente Obama en su discurso del estado de la Unión la semana pasada, a la par que citaba la investigación del cerebro como un ejemplo de inversión de su gobierno en las “mejores ideas”. Y acotó que se trata de una tarea similar.

“Hoy –dijo el mandatario– nuestros científicos pueden mapear el cerebro para descubrir respuestas contra la enfermedad de Alzheimer; también, con su conocimiento, se podrán desarrollar fármacos o métodos para regenerar estructuras dañadas o incluso para elaborar nuevos materiales que permitan hacer baterías más potentes”.

Más con aire de científico que de estadista, Obama enfatizó, con mucho entusiasmo, en que “no es hora de desperdiciar acciones que, a través de la ciencia y la innovación, puedan crear puestos de trabajo y promover el desarrollo”.

Pero esta cartografía va más allá de curar enfermedades.

El neurofisiólogo colombiano Rodolfo Llinás Riascos, uno de los científicos que desarrollarán semejante tarea, manifiesta que se trata de adentrarse profundamente en el conocimiento del órgano que rige la evolución y el desarrollo humanos.

“Desde la aparición del cerebro –señala el científico– la estructura evolutiva de la humanidad ha sido diferente, porque esta responsabilidad dejó de ser de los genes para ser asumida por la actividad de este órgano. Él es el eje de todo”.

Dura sentencia la del neurocientífico, si se tiene en cuenta que hasta el 2005, cuando la revista Science publicó un estudio de la Universidad de Chicago que sugería lo contrario, se creyó que con la aparición del Homo sapiens la evolución del cerebro había cesado. Es decir, que el cerebro humano había alcanzado el máximo de sus posibilidades.

Humanos y chimpancés

Según algunos cálculos, la historia cambiante del cerebro se remonta a cinco millones de años atrás, justo al momento en que seres humanos y chimpancés separaron sus caminos en forma definitiva.

“Desde que fue asumida por el cerebro, la evolución humana ha sido veloz, casi instantánea”, ratifica Llinás, que además manifiesta euforia cuando dice que a expensas de los genes el hombre jamás adaptó su cuerpo para volar, pero que por acción del cerebro hoy es capaz de levantarse del suelo, de viajar de un lado para otro por el aire, gracias a la tecnología que el mismo órgano permite desarrollar.

Paradójicamente, esas mismas tecnologías que se crean desde el cerebro hoy están a la mano para que sea posible observar y adquirir una comprensión más completa de él. Tanto, que en junio pasado la revista Neuron publicó el trabajo de seis científicos que se adelantaron al proyecto de Obama al proponer una serie de métodos para hacer mapas del cerebro humano. Uno de ellos, a través de moléculas que actúan como sensores que miden la actividad de cada neurona sin invadir el tejido cerebral. “Es como utilizar un ADN sintético en el que se deposita la actividad cerebral”, decía la revista.

Aunque los detalles del proyecto “mapa cerebral” no son conocidos, se sabe que sus alcances podrían sobrepasar incluso a los del Genoma Humano.

Ralph Greenspan, director asociado del Instituto Kavli para el Cerebro y la Mente de la Universidad de California, en San Diego, manifiesta que “entre otras cosas esperamos comprender cómo actúa el cerebro de manera normal y en cada enfermedad, no solo para buscar terapias contra estas, también para adquirir las bases que permitan desarrollar estructuras artificiales similares al mismo cerebro por fuera del cuerpo; es algo maravilloso”.

Parece ciencia ficción, si se tiene en cuenta que los mismos griegos en la antigüedad no tenían claro si la mente estaba en el cerebro o en el corazón y que René Descartes, en el siglo XVII, partidario de la existencia separada de cuerpo y mente, tenía la creencia de que la segunda se alojaba en la glándula pineal.

Sea como sea, lo que hoy plantea el presidente Obama no es más que la progresión de las primeras hipótesis que sobre el cerebro y sus funciones se iniciaron con Alcmeón de Crotona, que propuso, por allá en el siglo VI a. C., que el cerebro era el centro donde las sensaciones se hacían conscientes.

Hoy, la iniciativa de mapear el cerebro tiene la dimensión de una política de Estado, que será organizada por la Oficina de Política Científica y Tecnológica de los Estados Unidos, con la participación de todos los institutos nacionales de salud, la Fundación Nacional de la Ciencia, la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa, al igual que muchas organizaciones privadas, como Howard Hughes Medical Institute, Chevy Chase y el Instituto Allen para las Ciencias del Cerebro, de Seattle, sin dejar de lado a Google, Microsoft, Qualcomm y cientos de científicos de todo el mundo.

Es apenas entendible la dimensión de este proyecto: en el cerebro convergen la evolución biológica, la social, del conocimiento, la tecnológica, la económica y la política; “entender las propiedades cerebrales permite entender al hombre y su cultura”, decía el padre de la teoría neuronal, Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906.

Aunque hay que reconocer que los avances en bioquímica, informática, neuroimágenes y neuropsicología han permitido plantear teorías que intentan explicar las funciones del cerebro y la emergencia de la mente, no todo está zanjado.

Si bien es cierto que hoy se pueden comprender la capacidad de este órgano y sus proyecciones, hay temas que aún son etéreos, como la existencia de la consciencia en un ser cualquiera.

Todos los avances apenas logran rasguñar superficialmente la inmensidad que suponen la mente humana, la adquisición de conocimientos, la toma de decisiones, los efectos y las propias motivaciones.

Estas limitaciones le dan más valor al proyecto “mapa cerebral”, que Llinás resume en su intención en dos componentes principales: optimizar el entendimiento del sistema nervioso para beneficio de la medicina, la biología y la educación, y entender cómo funciona para proyectarlo como herramienta del desarrollo tecnológico y cultural de toda la humanidad.

Llinás opina que Colombia tiene que ser parte de esta revolución cerebral. “Los colombianos –insiste– son inteligentes y muy talentosos, pero muchas veces se estancan porque no se ayudan”.

El neurocientífico enfatiza en que es necesario entender qué procesos simples de estímulo, como la educación, son fundamentales para modular positivamente los cerebros y lograr así cambios trascendentales.

Como miembro de este equipo, recomienda al Gobierno aprovechar este ímpetu para que lidere acciones oficiales y privadas que canalicen recursos a través del proyecto en beneficio de todo el país.

Y mientras el presidente Obama presenta oficialmente su proyecto (en marzo), se espera que al finalizar esta década sus resultados honren a los antecesores de este proceso, como el ya mencionado Alcmeón de Crotona, que inició el estudio; Hipócrates, que sentó la inteligencia en este órgano; Herófilo de Calcedonia, que describió su anatomía; Franz Joseph Gall, que relacionó las capacidades mentales con zonas específicas del cerebro; Guillaume Duchenne, que diferenció las funciones de los hemisferios cerebrales; Paul Broca, que describió los centros que controlan el lenguaje; Hanna Damásio, pionera en el uso de imágenes; Alfred Binet, con sus estudios sobre la inteligencia, y el mismo Rodolfo Llinás, con sus investigaciones de fisiología e inteligencia artificial.

Todos ellos esperarían que en el 2023 los beneficios de esta tarea vayan más allá de multiplicar un dólar por 140.

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO