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En el apartidismo

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22 de febrero 2013 , 04:46 p.m.

No es que el país esté en otra campaña electoral; siempre lo está, porque sus partidos son maquinarias electorales y la política casi se reduce a formas por las cuales el monopolio bipartidista del Estado se reelige desde el Estado, verificando el los mismos con las mismas de uno de los pocos políticos de ese mecanismo que lo haya denunciado. Se suma ahora que la reelección convierta al funcionario en candidato. Las elecciones son aquí el gran certificado de democracia, cuando está comprobado que sin partidos modernos lo uno no equivale a lo otro, como se ve hoy por ejemplo en la primavera árabe.

Recurso de la técnica reeleccionista ha sido polarizar por medio de divisiones artificiales del mismo oficialismo, antes por sectarismo banderista ya descaecido, después por enfrentamientos personalistas y grupistas más que de fondo. Sin que sea toda suya la responsabilidad, la hegemonía frentenacionalista ha asfixiado alternativas de verdad, al costo de que no solo clientelismo y nepotismo sino sobre todo la estructura nacional sigan casi que intactos. Ha habido excepciones de oposición como Gaitán, la Anapo o movimientos independientes y contestatarios como los verdes o de izquierda, sobre todo en Bogotá, diluidos al poco tiempo por división, fallas administrativas, por corrupción también, sin que se hayan consolidado expresiones viables de la realidad nacional profunda, la política entonces sin sujeto adecuado de representación y participación.

La disyuntiva de izquierda y derecha aclaraba la política luego de la guerra. El panorama mundial carece hoy de esa nitidez de guerra fría entre capitalismo y socialismo, entre librecambismo e intervencionismo, detrás de lo cual había además de geopolítica concepciones tanto antagónicas como viables. En Latinoamérica aún hay ese rezago pero desvirtuado por tintes tradicionales caudillista, populista y asistencialista, para muchos anacrónicos en la globalidad, la ambigüedad llevando a alineamientos más sobre asuntos concretos que ideológicos, sin arraigo parámetros que delimiten facciones de reacción y progreso.

Son entonces características objetivas las que determinan la vida pública, hoy por ejemplo urgencias efecto de violencia, descomposición, desigualdad, marginalidad. En todo caso, aunque su realización se preste a desacuerdo y no haya partidos con credibilidad para defenderlos, hay siempre principios sobre bien común que orientan en disyuntivas como entre público y privado, en exigencias reales y no solo formales de democracia, en derechos humanos. Paradójicamente la degeneración política y la ausencia consiguiente de intermediación posibilitan criterios y agrupación independiente ante puntos concretos como ahora en el país ante el conflicto y su solución, y otros sobre los cuales la ciudadanía sin partidos distingue de todas maneras entre reacción y progreso.