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'No queremos enterrar más niños': habitantes de comuna 13 de Medellín

Doloroso fue el último adiós de los dos pequeños de 11 años que fueron raptados y asesinados.

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21 de febrero 2013 , 09:17 a.m.

Un golpe seco y con ambas manos sobre el ataúd de su hijo fue la despedida de Beatriz Muñoz, quien sin pensarlo reventó el vidrio sobre el cadáver del pequeño y sobresaltó a todos los asistentes del sepelio.

“¡Ay no hijo, Ay no amor, ¿Cómo te volvieron?”, gritaba a todo pulmón la mujer entre lágrimas.

El llanto de los familiares, de los dos pequeños que el sábado fueron raptados y el domingo encontrados asesinados en Belén Aguas Frías, se escuchaba en todos los rincones del Cementerio de San Javier.

Allí también se sentía el temor y el miedo. “¡Parce, vinieron manes del otro barrio!”, le dijo una joven preocupada a otra, quienes de inmediato se salieron de la aglomeración buscando avisarles a familiares y amigos.

La angustia fue tanta, que líderes comunitarios con un megáfono aclamaban a la policía para que entraran al Cementerio, pero solo dos policías ingresaron y se sentía la desprotección en el lugar.

'Rápido, pal’ bus'

Cuando terminaron de poner la lápida de las tumbas en las que quedaron enterrados los dos pequeños, se escuchaban gritos: “Pal’ bus, rápido, rápido. Pal’ bus”, los familiares y vecinos de los niños obedecían la orden, ya que de esta forma regresarían, sin problema, a su barrio Nuevos Conquistadores.
El afán no era en vano, muchos de los que habían asistido traspasaron por lo menos dos fronteras invisibles: La del Salado y la de San Javier. Temían por sus vidas.
Otros no se atrevieron a pasar del sector de la arenera y muchos se quedaron en el comedor de Nuevos Conquistadores, donde fueron velados durante dos días los menores.

Aplausos y banderas

Líderes comunitarios se encargaron de que la despedida de los dos menores de 11 años fuera un acto simbólico para pedir la paz.

En la marcha fúnebre, unos 20 niños llevaban bombas blancas, detrás cargaban los ataúdes e iban cientos de personas con banderas que las agitaban durante el recorrido, de unas cinco cuadras, antes de llegar a la iglesia El Salado.

“Que no tengamos que enterrar más niños”, repetía el hombre del megáfono. “Que nos dejen llevar los pequeños a la guardería”, era otro de los pedidos.
“Que se acabe la violencia”, gritaban todos.

Y con aplausos la comunidad los despidió. Nadie entendía por qué estos dos pequeños habían tenido un final tan cruel.

Lina Marcela Gallego
Redactora Diario MÍO
Medellín