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No son de aquí, ni son de allá

"Los nómadas no pertenecen a ningún lado, el universo es su límite".

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20 de febrero 2013 , 07:09 p.m.

Hace tres millones seiscientos mil años que los humanoides estamos dejando rastros en la Tierra. Desde la fantasiosa Prehistoria, hombres y mujeres oriundos de África dan inicio a sus travesías, extensas en el espacio y en el tiempo, que finalmente terminan por alcanzar casi todas las regiones del planeta.

Salen en busca de recursos, entre praderas y montañas, glaciares y selvas, oasis y estepas, tal vez huyendo de animales feroces o de climas inhóspitos. Domestican bestias que los acompañan, les sirven de alimento o como medio de transporte. Cazan, recogen, pescan, se vuelven hábiles artesanos y comerciantes, todos oficios que les permiten sobrevivir mientras continúan un viaje sin bitácora constante.

Los nómadas no pertenecen a ningún lado, el universo es su límite, hasta cuando aparece la agricultura y, con ella, las cercas, la propiedad privada, los asentamientos, las fronteras y los ejércitos para defenderlas.

El hombre se detiene entonces, se sedentariza, comienza a cultivar, cosechar y preservar sus frutos; a criar, acumular y proteger. Lo que viene después, ya lo sabemos: puntos y rayas en las cartografías.

Pero aún existen cuarenta millones de nómadas sempiternos diseminados por los cinco continentes, aparte de los viajeros naturales y las desafortunadas víctimas del desplazamiento forzado, del que Colombia es campeón.

Son los nukak makú, tuaregs, chichimecas, saharauis, gitanos, pehuenches, wayúus, beduinos... Siempre migrantes, cargan con ellos unos preceptos de convivencia con la naturaleza y solidaridad ante la adversidad, perpetuados en una poderosa tradición oral y musical. Son tribus de otra parte, acorraladas por el mundo moderno, cada vez más inciertas, más cerca de un ignoto más allá