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Editorial: El infierno vaticano

19 de febrero 2013 , 07:18 p.m.

A medida que se filtra más información sobre las luchas internas en el Vaticano, se explica mejor por qué renunció Benedicto XVI. De acuerdo con informes de vaticanólogos de distintas pelambres, desde hace más de seis años Roma es escenario de una sorda batalla entre los partidarios del cardenal Angelo Sodano, conocidos como "los diplomáticos" o transparentes, y los del cardenal Tarcisio Bertone, amigos del secreto y el oscurantismo. Es una típica lucha de poderes que ha provocado renuncias en el Banco Vaticano, pulsos por el control de oficinas e instituciones como el hospital San Rafael de Milán y, lo peor de todo, el afloramiento, mediante traición de un funcionario laico, de los documentos reservados del que se llamó 'Vatileaks'.

Desde hace muchos siglos, el Vaticano ha presenciado toda suerte de guerras y enfrentamientos. En el siglo III, el papa Hipólito fue desterrado a Cerdeña; Dióscoro murió en circunstancias extrañas a las tres semanas de asumir el papado en el 530; siete años después, Silverio fue derrocado y lo sucedió el antipapa Virgilio; Felipe sólo reinó unas pocas horas en 768 antes de que lo confinaran a un convento. En realidad, no era infrecuente que hubiera simultáneamente un papa legítimo y un antipapa que le disputaba la silla de san Pedro. En 1415 renunció Gregorio VII y en 1492 subió Alejandro VI, el famoso César Borja o Borgia, que fue tan libertino y amante de las riquezas como sabio en materia dogmática.

Los escándalos del papado no cesan. Aún subsisten dudas sobre el fallecimiento de Albino Luciani, Juan Pablo I, que murió en 1978 tras 33 días en el trono. Algunos historiadores afirman que fue envenenado, versión que hizo popular la película El padrino III.

Hollywood aparte, la guerra que se libra actualmente en el Vaticano es real y dura. Y, además de dura, duradera. La renuncia de Benedicto es su más dramática manifestación. Pero en el porvenir inmediato aguarda la elección del nuevo pontífice y allí seguirá el enfrentamiento entre los capelos rojos. Quizás la manera de evitar que el próximo papa viva en un pequeño infierno es que no represente a ninguno de los grupos contendores, sino a un sector ajeno a ellos. Ello precipitaría lo que los prelados italianos menos desean: un papa extranjero, el tercero en serie desde Juan Pablo II.

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