Archivo

Asunto embarazoso

notitle
15 de febrero 2013 , 07:04 p.m.

Uno de los libros más populares y más polémicos del momento en Estados Unidos, escrito por el periodista Jonathan Last, sostiene que de todos los males que la sociedad norteamericana enfrenta en este momento: desempleo, déficit fiscal, polarización política, no hay ninguno peor que la caída de la tasa de fecundidad.

El número de hijos que cada mujer tiene en el curso de su vida ha ido declinando de manera sostenida, y desde la década de los 70 se mantiene sistemáticamente por debajo de los 2,1 que se requerirían para que la población se mantenga.

En promedio, la tasa de fecundidad en este país es de 1,93. Entre mujeres de raza blanca y con educación superior, la cifra se acerca más a 1,6. "Estados Unidos tiene su propia política del hijo único", dice Last, en una referencia irónica a la rigidez demográfica prescrita por el Partido Comunista en China.

Para quienes crecimos con la certeza de que veríamos un planeta arruinado por la superpoblación, parece descabellado creerle a un profeta del desastre que vaticina exactamente lo contrario. Pero el autor del libro presenta cifras que son difíciles de ignorar, como, por ejemplo, que el 97 por ciento de toda la población mundial vive en países en donde la tasa de fecundidad va en retroceso. Naturalmente esa lista incluye a Colombia, en donde el número de hijos por mujer cayó de manera dramática en un lapso relativamente corto: de 7 en 1965 a 2,1 el año pasado.

Un mundo con menos gente es más fácil de alimentar y pone menos presión sobre los recursos naturales. Eso suena bien, pero no es lo que argumenta Jonathan Last, quien cita un ejemplo tras otro de países en los que una vez que la demografía empezó a cambiar, la economía se fue por el desagüe.

El ejemplo más obvio y uno que tuve la oportunidad de vivir de cerca es Japón, en donde la tasa de fertilidad es inferior a 1,3 hijos por mujer. El país asiático ya es el lugar del planeta con más gente por encima de 65 años y menos habitantes por debajo de los 15. Es un país de viejos, y de seguir así, para mediados de este siglo ya habrá perdido a un cuarto de su población. La crisis demográfica ha estado acompañada por una decadencia económica que ninguna disposición gubernamental ha sido capaz de revertir. El consenso entre los economistas es que la caída de la tasa de fecundidad no es problemática cuando se compensa con un flujo permanente de inmigrantes, pero no es lo que sucede en Japón, que insiste en mantener cerradas sus puertas a los extranjeros.

El problema con la contracción demográfica es que la gente mayor ahorra más y gasta menos, es poco propensa a arriesgar y no es precisamente una fuente de creatividad e inventiva. Cuando hay más retirados que individuos en edad de trabajar, el sistema pensional colapsa y los recursos que deberían ser empleados en otras áreas se acaban yendo en gastos médicos.

La evidencia parece demasiado fuerte para negarla, pero en realidad no es tan simple. Como dije al comienzo, el libro de Jonathan Last ha sido polémico porque, detrás de su irrebatible razonamiento estadístico, está la defensa de una ideología conservadora según la cual el papel de las mujeres es tener hijos, y los avances en materia de planificación familiar y legislación a favor del aborto están llevando al planeta al abismo.

El debate es importante y no debería ser secuestrado con fines religiosos, pero es el sabor que queda al leer los -en apariencia bien fundamentados- argumentos del autor. Esto no es muy distinto de lo que ha sucedido con el tema del cambio climático, que, en contra de toda la evidencia científica, ha sido adoptado con orgullo como bandera ideológica por la derecha recalcitrante.
No deja de sorprender tanto oscurantismo en esta era de la iluminación.