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Fecha de vencimiento

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11 de febrero 2013 , 12:16 p.m.

Estuve unos cuantos minutos contemplando la calavera de Ricardo tercero, el último rey de la casa inglesa de York. Se parece -por no decir que es idéntica- a la calavera que tantas veces tuve en mis manos y que varias veces me acompañó en el escritorio durante esos semestres en los que estudié anatomía.

Y se parece a las calaveras que he visto desde mi infancia en los museos de ciencias naturales a los que me llevaron los profesores del colegio y a los que he ido después por cuenta propia. Se parece a todas -por no decir que es idéntica-, con la excepción de alguna que me perturbó el sueño varias noches por la singularidad de que se trataba de una calavera con abundante pelo.

Sí, aquella calavera que apareció la semana pasada en todos los periódicos del mundo se parece a las de Lenguazaque y Moniquirá, a las de Melgar y Capitanejo. Y supongo que más parecida resulta a las de Bournemouth o Newcastle, tan cercanas de la tierra donde murió quien la llevaba sobre sus hombros.

Y si se tiene en cuenta que Ricardo tercero murió hace más de 500 años, y que todas las calaveras se parecen, sobre todo si no tienen pelo, podría uno sospechar que es la de otro. La de cualquiera con más de cinco centímetros de frente. O de frontal. Pero los investigadores de la Universidad de Leicester han dicho que, más allá de toda duda razonable, se trata de los restos de aquel monarca después del cual reinaron los Tudor. Y a ellos les creo: a los investigadores universitarios serios y dedicados.

De manera que sí, que por parecida que resulte a tantas que he visto, se trata de la calavera de ese rey al que Shakespeare dibujó como un tirano abominable. Y me pregunto, entonces, de qué le sirvieron tanto poder, tantas riquezas y tanto desdén si vino a aparecer en el suelo embarrado de un parqueadero.

Es corto, sin duda, el paso por este mundo. De hecho, el de Ricardo tercero solo duró 32 años. Y, cumplida esa fecha de vencimiento que no conocemos -a menos que el pelo no se desprenda de la calavera-, terminaremos tan desnudos, tan solos y tan parecidos a los demás mortales, que no cuentan los honores ni los títulos ganados o usurpados, de nada valen las tierras ni el oro conseguidos.

Quizás solo valga el recuerdo de unos pocos, y más nos valdría que el que guarden de nosotros no se parezca al de este rey que comprendió muy tarde que más vale un caballo en el momento justo que una corona mal habida.

fquiroz64@gmail.com