Archivo

El otro carnaval de Rio: los 'bate-bolas' de los suburbios

No solo el sambódromo aloja la fiesta carioca. Existen otros desfiles de gran riqueza cultural.

notitle
11 de febrero 2013 , 11:28 a.m.

Un show pirotécnico en una humilde cancha de fútbol y algunos disparos imprevistos inauguran oficialmente el carnaval de la ‘Turma do Indio’ en un suburbio de Rio de Janeiro: 170 enmascarados con el mismo disfraz fluorescente de arlequín corren y gritan, para miedo y deleite de la población. Son los "bate-bolas" o "clovis", todos hombres o niños, la mayoría de entre 15 y 45 años, que consideran que la Turma do Indio, del barrio de Guadalupe, en la zona norte, es su "familia". (Vea aquí la galería: El otro carnaval)

Aunque asustan un poco a los habitantes con sus himnos funk ensordecedores, sus saltos y gritos, desfilan siempre con temas "mimosos": este año es el osito Winnie Pooh. Mientras las grandes escuelas de samba reciben millones de dólares de patrocinios empresariales y del juego clandestino para financiar sus lujosos desfiles en el sambódromo, estos carnavales populares, que no gozan prácticamente de ninguna difusión pero están arraigados en la tradición, sobreviven gracias al esfuerzo de los modestos habitantes de los suburbios.

Treinta metros de sueños

Sudando y tomando cerveza sin parar, visten disfraces que les cubren de pies a cabeza y que pueden costar más de mil dólares, una fortuna para cualquier habitante del barrio: calzas de lycra en parches de colores flúorescentes, un traje naranja hasta medio muslo, de enormes mangas y hasta 30 metros de raso, bordeado de miles de plumas. Una máscara con gran tocado de plumas multicolor les tapa el rostro, llevan guantes, sostienen en una mano una sombrillita con Pooh bañado en brillantina que suben y bajan sin parar, y en la otra, un gran osito Pooh de peluche. "Aprovechamos el carnaval para encontrar una chica, besarla en la boca y regalarle el osito", explica con picardía Robinson Jones, un abuelo de apenas 36 años. Unas 70 chicas, las ‘Gatinhas do Indio’, acompañan al grupo con disfraces asociados, más sexys -medias de red y minifaldas- pero menos sofisticados.

El arte de la diversión

"El carnaval para la gente de aquí es una cultura, el arte de la diversión. Atraemos cada año a más de mil personas. Y no tengo patrocinio de nadie, el gobierno sólo financia a las escuelas de samba", dice Marcelo Rodrigues, de 44 años, jefe del grupo, antes de salir a escena, mientras distribuye los disfraces en su casa. La antigua tradición del ‘bate-bolas’ o ‘clovis’ -derivado de la palabra ‘clown’ (payaso)- gana fuerza en los suburbios de la zona norte y oeste de Rio de Janeiro, y permanece relativamente oculta.

Los bate-bolas "son seductores, y al mismo tiempo, aterradores. En las salidas a uno se le paran los pelos de punta. Hay barullo, hay conmoción, es algo gutural, primario, arrebatador", explica Aline Pereira, investigadora de cultura y arte popular de la Universidad de Rio de Janeiro (UERJ), que hace muchos años los estudia. La salida del grupo a las calles es bastante improvisada y su hora y lugar se transmite boca a boca. Hay diferentes tipos de bate-bolas: algunos son 'bexiga' (vejiga), y salen con una gran pelota atada a una cuerda que golpean contra el suelo, haciendo el mayor ruido posible -antiguamente era con una vejiga de vaca-, otros como la Turma do Indio salen con sombrillas y otros con banderas.

"El año entero Guadalupe espera este momento. La Turma do Indio tiene 25 años, y todo comenzó con una familia. Son muy unidos", opina Dulce Farias, una vecina de 70 años que aprovecha la ocasión para vender pasteles de camarones en la calle. Esto no impidió que un integrante lanzara varios disparos con un arma de fuego al cielo al final del show pirotécnico, asustando a los vecinos. "Fue la euforia. A veces no podemos controlar todo. Lo vi, le pedí que parara", se justifica Douglas da Silveira, uno de los organizadores.

Los ‘clovis’ recorrerán el lunes otros barrios en autobuses alquilados, y para el recuerdo quedará la salida del carnaval 2013 el domingo en la noche. “Es una emoción muy grande, es como salir en el estadio Maracaná con 200.000 personas", se regocija Claudio Luiz, un entrenador de fútbol de 40 años, antes de la dispersión por las calles de Guadalupe para seguir la fiesta.