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Tributo al heroísmo anónimo

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09 de febrero 2013 , 08:18 p.m.

Con 24 años de edad, más de cuatro de servicio en la Policía y una carrera promisoria, el patrullero Jairo Alberto Díaz Vergara ofrendó su vida el pasado 27 de enero cuando atendía un llamado de la comunidad, ante la supuesta presencia de hombres armados en los cerros tutelares del nororiente de Bogotá, en una zona donde confluyen diversos factores asociados a la delincuencia.

Su misteriosa desaparición, que inicialmente Medicina Legal atribuye a una caída accidental, concentró la atención de los medios y del país. Hoy se afirma, además, que su cuerpo fue arrastrado por una corriente de agua y encontrado nueve días después en la desembocadura de una quebrada.

El dictamen de Medicina Legal sobre las causas de la muerte del patrullero Díaz no ha dado tranquilidad a la familia ni certidumbre total a la opinión pública, pues ha crecido una ola de especulaciones y de preguntas que habrá que esclarecer con la ayuda de los técnicos forenses y las autoridades judiciales.

Detrás de la historia de este joven policía, quien además de su desempeño en un CAI apadrinaba a 20 niños con discapacidad de la Fundación Fevidi, emerge el drama de los acertijos que a diario rondan los despachos judiciales en torno a la muerte de miles de colombianos. En el caso de Bogotá, de acuerdo con los datos suministrados por el Observatorio de Seguridad y divulgados por la Cámara de Comercio, el año pasado en el 74 por ciento de los homicidios no fue posible contar con información suficiente sobre las circunstancias que rodearon los hechos.

Entre tanto, el sacrificio de Díaz, que le duele al país entero, obliga a una reflexión sobre los miles de héroes anónimos que a diario entregan su vida cumpliendo con el deber. En algunos casos, como en este, su obra trascendió la función básica policial y logró llegar al corazón de un puñado de niños que lo recordarán cariñosamente como ‘Jairucho’, el policía salvador.

Registrar que en Colombia muere un policía cada 36 horas produce una gran impotencia y frustración que habrá que transformar en una energía que no permita alimentar odios y resentimientos, pero que al mismo tiempo signifique volver sobre el valor fundamental de la vida, como permanentemente lo señalamos desde estas páginas.

Ante la muerte de nuestros compatriotas, la respuesta mínima es asegurar que no haya impunidad, que aparezca la verdad y que los familiares de las víctimas reciban un trato digno. Llegará el día en que el nombre de tantos colombianos sacrificados por la violencia se exalte por encima de la calificación de los victimarios. ‘Los Pascuales’, ‘los Luisitos’, ‘los Pablos’, ‘los Rastrojos’, ‘los Urabeños’ y este sinfín de alias que nos mantienen intoxicados de dolor deben dar paso a la revelación de historias de miles de ciudadanos que con verdadera vocación de servicio procuran transformar la realidad trágica de poblaciones vulnerables.

La movilización ciudadana y el sentimiento solidario son, sin duda, una fórmula eficaz para cerrarle espacio al delito. Proteger la vida no puede considerarse un asunto reservado a las instituciones del Estado; cada uno de nosotros tiene el deber de crear espacios de entendimiento y de convivencia pacífica.

La historia del patrullero Jairo Alberto Díaz Vergara habrá que instalarla como un hito de encuentro entre la comunidad y una institución como la Policía Nacional, que sabe bien que la única razón de su existencia es el servicio a la ciudadanía. A Daniel, el gran amigo de ‘Jairucho’, le expresamos que no queda solo, una familia de policías lo seguirá protegiendo.

General Óscar Naranjo