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Palabras para un niño

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03 de febrero 2013 , 08:12 p.m.

Querida Clara Rojas...

Escribo por cuarta vez sobre Emmanuel en esta página. La primera columna, titulada 'El niño incierto', quizás no llegó hasta ese cautiverio tuyo que todavía nos duele a todos y, más que nadie, a ti. Porque sé que no deja de doler, dudé si debía escribirte ahora, cuando los sentimientos vuelven a salir, desordenados, como saltan fotos, tarjeticas y dientes de leche de esas cajas secretas donde guardamos recuerdos las mamás.

Intenté buscar otro tema, y temas, ya sabes, nunca faltan. Pero, si persevero en busca de palabras, es porque me parece que aún las necesitas, que las necesitamos, para nombrar esa historia tuya, que es de todos. De tantos niños, niñas y familias, con caras, nombres y apellidos, víctimas de una guerra que no solo se ha librado, como quisiéramos creer, en la selva, sino en la intimidad de los hogares; en las historias que ocultamos o contamos a los hijos, en esa herencia de palabras que ellos cargarán en su memoria mientras vivan y después: en las heridas que no sabemos cuándo podrán cicatrizar.

La primera vez que hablé de tu "niño incierto", era un bebé y no sabía su nombre. Entre el ruido mediático que traían los periodistas de la selva, quise llamar la atención sobre un hecho que no entraba -y sigue sin entrar- en el discurso nacional: que hablábamos de un niño, no de un botín de guerra, pues sabía, quizás por pasarme la vida acompañando niños a crecer, que las palabras adultas son sus relatos iniciáticos. Que se nos va la vida intentando interpretar y reconstruir esos relatos que nos marcan al comienzo.

En nombre de esa responsabilidad que confieren las palabras, volví a escribir sobre tu hijo cuando esperábamos, un terrible fin de año, que los liberaran a los dos. Ante el estupor nacional, el Alto Comisionado leyó, junto al presidente Uribe y al ministro Santos, en rueda de prensa para el mundo, un informe de ICBF sobre ese niño, que entonces se llamaba Juan David. Ver a esos hombres revelar, en un campamento militar, qué comía, cómo eran sus heridas y hasta a qué horas iba al baño, me hizo exigir la confidencialidad que merecen los niños, especialmente en medio de la guerra. Luego volví a escribirle a Emmanuel, por fin con nombre propio, para decirle que necesitábamos olvidarlo. Para devolvértelo, simbólicamente, cuando volvía a ser solo tu hijo, con las tareas de la vida cotidiana, tan difíciles, tan fáciles y tan solitarias a la vez.

Hoy tu hijo vuelve a ser expuesto frente al mundo, en medio de debates mediáticos. Somos expertos en juzgar, especialmente, a quienes han sufrido más en esta guerra. Somos expertos en tomar partido y en cobrar inconsistencias. Y, porque soy mamá, sé que todas las tenemos, pero la diferencia es que las mías se dirimen entre casa. Las tuyas, en cambio, parecen de dominio público.

Como toda historia humana, la de Emmanuel es una mezcla entre lo público y lo privado, pero, en su caso, quizás porque sabes que las palabras son sanadoras y que repetir una historia ayuda a procesarla, has compartido una versión pública que ya no puedes acallar. Eso nos sucede, en mayor o menor grado, a todas las mamás; y son los hijos, sabiamente, quienes nos van poniendo límites, a medida que crecen. El tuyo no solo verá muchas películas como la que fue objeto de tutela, sino que leerá y escuchará fragmentos y versiones de su historia, contados en sordina o en voz alta, y no siempre estarás ahí para enmendar ni silenciar. Envuélvelo en palabras y deja que él vaya conquistando todos los días la suyas para hacerse y hacerte mil preguntas que irán cambiando con los años y que tú sabrás cómo contestar. Esas palabras armarán su propia narrativa y serán su coraza para afrontar y filtrar versiones, mejores y peores, de su historia. Hay una parte que todos conocemos, pero hay otros fragmentos, muchos otros, que son de ustedes dos. De nadie más.

Yolanda Reyes