Viajar

36 horas a bordo del MSC Seaside, un crucero de ensueño

Allí, los viajeros tienen la posibilidad de convertirse en protagonistas de una historia glamurosa.

Crucero

El buque pesa 153.516 toneladas.

Foto:

Natalia Noguera

31 de enero 2018 , 09:15 p.m.

Ese día de diciembre, el vuelo que partía de Bogotá hacia Miami se retrasó. En medio del estrés generado por la posibilidad de perderme la inauguración del crucero MSC Seaside, aprendí la regla de oro: nunca tomar el vuelo para embarcar el mismo día que zarpa el barco. Tuve la suerte de llegar a tiempo.

El puerto de Miami (PortMiami) fue escogido como el mejor de Estados Unidos por la revista especializada Porthole Cruise. Allí tuvo lugar el evento de bautizo del MSC Seaside, un buque de 153.516 toneladas con capacidad para más de 5.119 huéspedes y que forma parte de la empresa italiana MSC Cruises. Y allí estuve a las 7:30 de la noche, justo cuando se inició el evento.

La inauguración de un crucero es un momento clave para el futuro de la nave: se presentan sus virtudes, se destacan las fortalezas y se entrega el buque al mar. Con la presentación del actor Mario López, el MSC Seaside se mostró como el barco que siempre sigue al sol. Sus itinerarios recorren el Caribe oriental y occidental, y cada viaje tiene una duración de ocho días y siete noches. Así será por un año.

Aquella noche, el puerto de Miami convocó a agentes de viajes, periodistas, tripulantes y viajeros. En la ceremonia participaron el alcalde de Miami-Dade, Carlos A. Giménez; el jugador de fútbol americano Dan Marino y el chef y personalidad de televisión Joe Bastianich. Fue un despliegue por todo lo alto y se puso el listón aún más arriba con la presentación de tres megaestrellas: Ricky Martin, Andrea Bocelli y un coro de niños de su fundación, así como la abuela del MSC Seaside, Sofía Loren (luego, como un rumor, supe que la diva italiana creció en el mismo barrio que Giani Onorato, el presidente de MSC Cruises).

Con pirotecnia y un baño de champán terminó la presentación. Listos para abordar.

* * *

Mi única referencia del mundo de los cruceros era el Titanic. Nunca había estado a bordo de uno. Pero bastó entrar a la recepción y ver una cristalina estructura de tres pisos tras una barra de bar para que el recuerdo fabricado por Hollywood se desvaneciera. Se trataba del atrio, un espacio abierto en medio del barco.

Mi cabina estaba ubicada en el piso 13. Tenía un balcón con vista al mar, baño privado, un televisor –que nunca encendí–, una cama doble con un colchón muy cómodo y un sofá cama. Era solo un poco más pequeña que el apartamento en donde vivo. Desde el balcón y con el sonido ambiental del mar, tuve la sensación de que no necesitaba nada más. Si pudiera, me quedaría hasta el hartazgo, pensé.

Era mi segundo día en el crucero después de la noche de inauguración y tenía que aprovecharlo al máximo, pues estaría solo una noche más. El barco estaba encallado en el puerto, y los edificios de Miami se divisaban en el horizonte. A una temperatura de 25 grados, el mar en calma soportaba el peso del crucero, que para la mañana estaba lleno de vida: los restaurantes en pleno funcionamiento, la piscina con varios nadadores y la zona de entretenimiento a toda marcha.

En un recorrido por algunos de sus 450.000 metros cuadrados descubrí las bondades del MSC Seaside, una apuesta moderna y elegante que ofrece entretenimiento adulto e infantil. Este buque tiene 2.066 cabinas y 20 pisos, de los cuales 15 son dedicados a los huéspedes. Tiene restaurantes como Ocean Cay, dedicado a comida de mar (imperdible la langosta); el Bistrot la Bohème, de cocina francesa; el Butcher’s Cut, dedicado a los amantes de la carne, y el destacado Asian Food Market, una apuesta con menú asiático diseñado por el chef Roy Yamaguchi. También, dos restaurantes bufé que ofrecen entre sus opciones desde pizza y perros calientes hasta comida mediterránea, con jamón y verduras.

Crucero

Barra de bar del atrio con tragos para todos los gustos.

Foto:

Natalia Noguera

En el piso 16 está la piscina rodeada por sillas para tomar el sol. Comparte espacio con una tarima, donde hay a veces animadores que invitan a bailar y seguir sus coreografías. Hay un bar que ofrece cocteles muy caribeños, una tienda de helados italianos y unas mesas dispuestas para hidratarse, charlar un rato o descansar. Junto a la piscina está también la discoteca South Beach, que cada noche se entrega a la fiesta con ritmos latinos. En la noche, un grupo de colombianos dominaba la pista al son de salsa y reguetón.

Pero mi parte preferida, en donde pasé el resto de la tarde, fue en el último piso del barco. Hay tres deslizadores de agua, incluido uno en el que es posible competir para ver quién desciende más rápido. Los más arriesgados pueden lanzarse de la tirolesa que sobrevuela la piscina; desde allí se ve una panorámica del mar. Me divertí como si fuera niña, perdí la cuenta del número de veces que me lancé por los toboganes.

Pensé en mi hermano. Si él o alguno de mis conocidos gamers (quienes se dedican a los menesteres de las consolas de videojuegos) hubieran estado conmigo, buena parte de su tiempo lo habrían invertido en la zona de entretenimiento. El MSC Seaside tiene un simulador de Fórmula 1 y dos líneas para jugar bolos.

Para otro tipo de viajeros, los que prefieren las apuestas, está el casino. Tiene el estilo más clásico de Las Vegas: un tapete de estampado retro, las máquinas tragamonedas, las mesas de apuestas y –cómo no– un bar en el centro del casino.

Estoy segura de que vi lo que más pude. Pero mantuve algunas zonas inexploradas, como los seis salones de niños y el Metropolitan Theater, que tiene disponibles siete espectáculos, repartidos entre shows de comedia, de magia, musicales y representaciones teatrales. Como en casi todos los viajes, prometo volver.

* * *

En mi última noche, la fiesta estaba a la orden. En el atrio, una banda de músicos canadienses tocaba canciones conocidas como Dancing Queen, de Abba. Su público tarareaba coros y lucía vestidos de fiesta, esmóquines y trajes de gala. Al frente, en un bar de champán, unos y otros pedían cocteles o champán puro.

En otra parte del crucero, la fiesta era menos clásica y más latina. La discoteca estaba a reventar, y los vestidos de gala se recogían para el baile. Zapatos de mujeres regados por el suelo. Hombres con corbatas sin nudos. En cada salón había una fiesta distinta: desde el Gran Gatsby hasta los clásicos norteamericanos. Tuve entonces la certeza de que esto es el viaje: la posibilidad de ser uno mismo en un ambiente prestado, ajeno, y construir una experiencia nueva.

La magia de un crucero está en que inventa un mundo particular para cada navegante. El MSC Seaside regala a los viajeros la posibilidad de convertirse en protagonistas de una historia glamurosa, en la que nada les hace falta, en la que pueden descansar y disfrutar de sus múltiples opciones de entretenimiento.

El MSC Yatch Club, un área privada

Quienes contratan para quedarse en alguna de las 86 cabinas disponibles tienen derecho a usar todas las instalaciones del crucero, desde el lujo y tranquilidad de una zona apartada, con un mayordomo a su disposición las 24 horas. En los pasillos prima el silencio: está prohibida la algarabía. Las cabinas son más grandes que las del resto del barco. Hay una piscina privada y dos áreas de masajes en la zona exclusiva de spa. Los miembros de este club tienen acceso a un restaurante de 630 metros cuadrados.

Si usted va

Los colombianos necesitan visa para entrar a Estados Unidos.

El idioma oficial del crucero es inglés, pero varios miembros de la tripulación hablan español.

Recomendado reservar con varios meses de anticipación. No solo por precio, sino porque hay planes disponibles desde octubre del 2018.

Hay planes desde 794 dólares.

Nunca viaje el mismo día que embarca. Es preferible que pase una noche cerca del puerto y al día siguiente aborde el crucero.

NATALIA NOGUERA ÁLVAREZ*
En Twitter: @marttina_a
* Invitación de MSC Cruises

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