Viajar

Viaje por las mejores bodegas de vino de la Ribera del Duero

Esta región española invita al enoturismo, para aprender, probar y beber.

Ribera del Duero

La región de la Ribera del Duero cuenta con 300 bodegas y 22.000 hectáreas sembradas.

Foto:

José Ignacio Berdón

18 de abril 2018 , 10:42 p.m.

“Nueve meses de invierno y tres de infierno”. “Tenemos dos estaciones: la de invierno y la del tren”. Así, con humor, hablan del clima en Valladolid y, en general, en la región de la Ribera del Duero, al norte de España. El frío y el viento son constantes en esta zona tapizada de viñedos, y ceden durante el verano (julio y agosto) cuando el termómetro se trepa hasta los insufribles 40 grados centígrados.

Pero es precisamente este inclemente clima uno de los elementos que nutre a la uva insignia de la zona: tempranillo. El contraste de la temperatura, que puede llegar a los 25 grados en el día y bajar a unos 5 en la noche, favorece la maduración de los racimos, potencia su grado alcohólico, el color, los taninos y una acidez equilibrada que hacen que los vinos que han hecho famosa a Ribera del Duero sean tranquilos, potentes y agradables.

Los suelos también aportan lo suyo. Compuestos mayoritariamente por arcilla, grava y arena, tienen un drenaje natural que agrega mineralidad a esta bebida.

“La región es una meseta que tiene capas, que van de los 700 metros de altura sobre el nivel del mar a los 1.000, la atraviesa un río y tiene un valle. Así, tenemos 32 tipos de suelos con diferentes altitudes, estratos y temperaturas”, explica Augusto Alonso González, director técnico del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, que cubre cuatro provincias (Valladolid, Soria, Burgos y Segovia) a lo largo y ancho de 116 kilómetros.

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Las 300 bodegas de la zona producen cerca de un millón de botellas de vino tempranillo al año.

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José Ignacio Berdón

Esta variedad les permite a las 300 bodegas de vino que hay en la zona hacer lo suyo para diferenciar sus vinos, ya sean crianza (dos años de edad con 12 meses de barrica de roble), reserva (tres años de edad, con mínimo 12 meses en barrica) y gran reserva (cinco años de envejecimiento entre barrica y botella). También están el roble (más joven), y los cosecha, que se salen de lo establecido por el Consejo Regulador, gracias a la experimentación, innovación y un poco de riesgo.

Esto y más es lo que uno puede aprender en una visita, pues la mayoría de bodegas tienen las puertas abiertas para que el público conozca, aprenda, pruebe y beba. Así que un buen plan es, si está en Madrid, tomar un carro, tren o bus, vía Valladolid, la ciudad más grande la región.

En dos horas se llega allí, y un poco más allá, a Aranda del Duero y Peñafiel, que sirven de base para un recorrido por el mundo del vino y poblaciones medievales con pequeños y vigilantes castillos en lo alto, y restaurantes donde comer el plato típico por excelencia: el lechazo, cordero alimentado con leche y asado a la brasa (que se hace con sarmiento –ramas– de la vid que se podan en invierno).

Elija la bodega, reserve su visita que puede durar entre hora y media y dos, para ver el viñedo y el proceso y hacer una cata de vinos por un costo que empieza en 10 euros. Algunas tienen su propio hotel y restaurante.

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Las personas pueden visitar las bodegas, conocer los viñedos y el proceso de elaboración del vino y hacer una cata.

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José Ignacio Berdón

“En un viñedo que tiene hotel escogimos un plan de fin de semana que incluía sesión de spa, cena y visita a la bodega. También fuimos a otras dos, comimos lechazo e hicimos un curso de cata de vinos”, comenta Alejandro Baena, un colombiano radicado en Madrid.

Cada casa, además de conocer sus vinos (varios de ellos se ofrecen en restaurantes y tiendas especializadas en Colombia) tiene una historia para contar. Por ejemplo, Torremilanos es un buen exponente de una tendencia en la viticultura: los vinos biodinámicos.

“Es volver a la agricultura antes de la tecnología, donde todos, hombre, animales y plantas, conviven armónicamente”, dice Ricardo Peñalba, que introdujo en su viñedo esta filosofía que respeta los ciclos de la naturaleza y el calendario lunar y astral en la producción, donde todo se hace de manera orgánica y sustentable.

En Viña Mayor le dirán con orgullo que Almudena Alberca es su enóloga y directora técnica, primera mujer en ocupar ese cargo en la región, quien tiene la tarea de hacer vinos de autor. Y podrá ver un par de ‘huevos’ grandísimos negros, son unas barricas de hormigón con las que están experimentando la fermentación del vino como se hacía hace años.

En Pesquera, una de las más antiguas, le mostrarán el lagar original donde Alejandro Fernández, su fundador, comenzó a hacer sus vinos, con la misma técnica que utilizaban en el siglo XVI. “Arrancó la remolacha y los cereales para volver a la siembra de la vid en los años 60. Él vio el potencial de estas tierras para producir vinos de calidad”, cuentan en la bodega.

En Garmón, una bodega boutique, hacen gala de su variedad de barricas francesas y de cómo eligen qué uva, tomadas de microfundios con terrenos muy arcillosos, debe ir cada una, según los acentos de la madera y los vinos que quieren crear, cuenta el jefe de bodega, Pedro Atón.

Vizcarra es una casa para visitar en Mambrilla de Castrejón y sorprenderse con el contraste: todo el proceso de elaboración y crianza de sus vinos se realiza por gravedad (con un proceso muy tecnificado), pero al tiempo está rodeada por un pueblo fantasma de casas muy pequeñas que en realidad son la entrada a las cuevas donde hace años la gente almacenaba sus vinos. Un submundo encantador.

Ese entramado subterráneo se vive de otra manera en la bodega Protos, la primera que se creó en la región en 1927 por una cooperativa: cuenta con dos kilómetros de túneles transversales y longitudinales para almacenar las barricas, debajo de una montaña coronada por un castillo. Esta antigua instalación lleva a una moderna construcción diseñada por el estudio de arquitectura Rogers Stirk Harbour, de Richard Rogers, premio Priztker de arquitectura.

La historia se pasea por la finca de Prado del Rey: la reina Isabel la Católica fue su dueña y Felipe III se quedaba allí en días de caza. Sin embargo, el espíritu pionero e innovador es el que reina en este siglo: conjugan la tradición y los avances tecnológicos para explorar técnicas y procesos. Por ejemplo, fermentar en grandes jarrones de barro como en la época antigua.

Y en Pago de los Capellanes, el arte, la arquitectura y el vino están entrelazados para una experiencia estética totalmente placentera.

Un poco de historia

Aunque a la zona llegó el cultivo de la vid de la mano de los fenicios hace más de 2.000 años y los romanos la estimularon, la invasión musulmana arrasó prácticamente con todas las vides de la región. Pero esta resurgió cuando regresaron los cristianos, que necesitaban vino para la misa; entonces los conventos iniciaron su propia producción. La gente también hacía lo suyo: una pequeña parcela y una cueva para guardar el vino. Con la Guerra Civil española, la región quedó un poco aislada y muchos tumbaron la vid para cultivar trigo y remolacha. Pero desde 1975 se empezó a hablar del potencial de los vinos de la zona, y si bien se sembraban varios tipos de uva, sobre todo para hacer claretes, se decidió que la tempranillo sería su bandera. Unos años después se buscó la denominación de origen de vinos de la Ribera del Duero.

NATALIA DÍAZ BROCHET
@ndiazbrochet
* Invitación del Consejo Regulador de la Ribera del Duero

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