Viajar

Lorica (Córdoba), una tierra de aguas y amores

Recorrido por la gastronomía, la historia y los parajes del cálido pueblo cordobés.

Loríca, Córdoba

El mote de queso es uno de los platos típicos, además del guiso de gallina.

Foto:

Óscar Berrocal / EL TIEMPO

19 de julio 2017 , 11:30 p.m.

“El olvido corre más rápido que la historia”, recuerda Adriano Ríos Sossa junto a uno de sus enormes murales a orillas del Sinú, con los que ha querido embellecer a Lorica y, de paso, invitar a la reflexión y la memoria.

Y señala en su obra de más de mil piezas, en relieve y cerámica horneada, al campesino con el sombrero vueltiao, los letreros de las antiguas fábricas de jabones y gaseosas que aquí funcionaban, los indígenas zenúes –más anfibios que humanos–, escritores como Manuel Zapata Olivella –quien exaltó como nadie la identidad negra colombiana– y hasta una nave, la Damasco, que este artista colocó tan cerca del río
que parece fuera a salir navegando.

Porque sí, este Pueblo Patrimonio de Colombia fue hasta 1950 el puerto fluvial más importante de la zona, por el que corría la actividad mercantil de la región y donde hasta acuatizaban hidroaviones de la compañía Scadta que entraban y sacaban la carga.

¿Y qué pasó?, pregunto al profesor Nicolás Corena: “Aparecieron las primeras carreteras troncales, se creó el departamento de Córdoba –en el que fuimos incluidos–, Montería nos ganó la capital y el río dejó de ser lo que era”. Y de eso, hagan cuentas, tampoco hace tanto.

Todo llegó por el Sinú –que nace en Antioquia y encuentra el mar en San Bernardo del Viento–, al que los loriqueros han vuelto a mirar desde que se construyó, con apoyo de Fontur y el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, el nuevo malecón que reemplazó la vetusta muralla, revitalizó un espacio más que abandonado y al que se viene a pasear y ver caer la tarde. El mismo río que he conocido hace solo unas horas y que ya me tiene embrujada.

Así es. Todo llegó por aquí: las primeras partituras musicales traídas desde Europa de polcas y valses. El bombardino, el saxofón, la trompeta y otros instrumentos musicales. Los automóviles, los repuestos industriales y hasta el béisbol, que enseñaron a jugar a los vecinos los capitanes de los barcos. La modernidad, para ser más exactos.Para pasear por Lorica hay que adelantarse al sol o esperar a que baje, porque aquí no da tregua y, como dicen por aquí, mejor “cogerla suave”.

Una ruta nutrida

Hay mucho que ver: el parque Bolívar; la iglesia, de tres naves, columnas republicanas, un reloj donado por la colonia siria y unas campanas que fueron traídas desde Lisboa; los edificios González, La Isla –de Diego Martínez Camargo, uno de empresarios más importantes–, el Teresita Corrales con sus arcos republicanos, el de los Caraballo, la casa de Doña Gabriela Martínez, la de Félix Manzur, el club. También, el antiguo palacio municipal o de las treces columnas –construido con la ayuda de los presos–, la plaza de la Cruz, la Casa de la Cultura, el puente del 20 de Julio, el obelisco y la casa Afife Matuk, con la decoración que le dio su nuevo propietario y ese jacuzzi mirando al río en el que pasaría toda una tarde.

Anochece, y pasamos a saludar a Doña Chamm de Jattin, que me habla en el árabe que no ha olvidado. En 1963 llegó del Líbano a Lorica por amor, ya casada, y jamás regreso a su país. Sigue aquí, con su sonrisa infinita y su elegancia imperturbable, sentada en la mecedora a la entrada de su casa, recibiendo las visitas y junto a su inseparable Fanny, que la cuida como a la niña de sus ojos desde hace más de treinta años y le cocina arroz de almendras, tabule, tajín, sfihas, repollitos, parritas y berenjenas con nueces, platillos sazonados con especias que venden en el mercado, como ella le enseñó porque jamás antes esta sinuana había probado estos platos. Sabores de otro lado que ya también son de este y esa es la magia.

Sí, en Lorica hay mucho apellido árabe, arquitectura de inspiración, negocios y también gastronomía, pero esta no es fácil encontrarla porque se cocina puertas adentro, en las casas. Yo tuve la suerte de que me la prepararan, porque hubiera sido de locos irme sin probarla.

La Antigua y Señorial Santa Cruz de Lorica, como la llamó hacia 1776 Antonio de la Torre y Miranda, su fundador o, mejor dicho, refundador porque un asentamiento aquí ya existía, pero no me atrevo a dar fechas porque sé que hay nuevos estudios en marcha y no quiero meterme en camisa de once varas. La ‘Venecia del Sinú’ también la nombraron, porque todo lo que la rodea es agua en forma de río, ciénaga o caño.

Antes de llegar a este rincón de Córdoba al norte del país, alguien me habló del bocachico sinuano, el que “se come frito, se come asado, se come en viuda y en salpicón. Y en sancocho, con ñame y yuca, plátano verde y buen limón”, escribió a ritmo de porro el maestro Tiburcio Romero, otro loriquero de pro.

Siguiendo los consejos, y para desayunar, devoro uno bien frito en fogón de leña, más que delicioso y de la Ciénaga Grande, que no de cualquier parte, que me prepara Jairo Berna en su puesto del mercado público, bien de interés cultural y visita más que obligada. El Ranchón, lo llaman, construido en 1929 en rojo y ocre, a donde deben llegar a probar el mote de queso, el guiso de gallina, el arroz de fríjol, el revoltillo de pescado y el sancocho de bocachico, claro, al que se le echa zumo de coco, y por eso queda tan suave.

La gastronomía en Lorica sabe a gloria divina. Centrémonos en las mesas de fritos y los quibbes, las carimañolas, empanadas de harina, de maíz, de huevo; papas rellenas que preparan mujeres como las hermanas Elodia y Mari, las ‘Negras’ Perea, que llevan desde 1976 fritando estas delicias en la antigua calle del teatro Marta de Lorica. Pregunten por ellas, y de paso prueban el jugo de níspero en leche del puestico de al lado. Otro clásico.

Dejen tiempo para compartir con los vecinos y saborear sus expresiones espontáneas, porque, como he leído, si “hay algo que se respira en Lorica es jerga, léxico, palabra y lenguaje”. También, para acercarse hasta El Carito y probar la chicha; a Cotocá Arriba, donde la gente de Econbiba dirige con pasión y acierto un programa de ecoturismo comunitario –los acompañé en una jornada de liberación de tortugas de río–, y a San Sebastián a ver artesanías de enea. Y si regresan por carretera, por favor, paren en Tuchín, busquen a don Marcial Montalvo, maestro de maestros en la elaboración del sombrero vueltiao, y que les cuente lo que sabe, que es mucho, de este símbolo por excelencia de Colombia y los colombianos. Buen viaje.

TOYA VIUDES 
Especial para EL TIEMPO
La autora escribe en colombiadeuna.com.
Instagram: @colombiadeuna

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA