Salud

La noche y la mañana espantan los buenos polvos / Sexo con Esther

Según el médico Peter Platz, las mejores horas son las 9:00 a.m. y las 4:00 p.m. ¿Por qué?

Sexo con Esther

Las horas del día influyen de manera significativa en el éxito o disgusto que dejan las faenas en la cama.

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123RF

09 de abril 2017 , 01:41 a.m.

La noche es el peor momento para el sexo placentero, porque el cansancio acumulado del día, la llenura de la cena y el efecto del ritmo circadiano mandan las ganas bajo el catre y las reemplazan por una ganas infinitas de dormir al punto que el aquello pasa a ser un mero trámite.

En nosotras, dicen los estudios, las horas nocturnas nos elevan la melatonina –la hormona del sueño– y a pesar de que nos hace sentir más románticas, nos baja la excitación al piso; por su parte a ellos, la noche, los relaja tanto que les resulta más atractivo dar la espalda y entregarse a roncar.

Con estos conceptos, recogidos de sus investigaciones, el médico alemán Peter Platz, especialista en sexualidad y biorritmo, intenta convencer al mundo de que las horas del día influyen de manera significativa en el éxito o disgusto que dejan las faenas en la cama.

Cualquiera pensaría que si la noche no es aliada del placer bajo las sábanas, la mañana, por las razones contrarias, garantizaría apoteósicos orgasmos con gemidos y volteadas de ojo.

Sin embargo, esto, de acuerdo con el sabio Platz, no se cumple, porque al despertar nuestro cuerpo –lleno de hormona del sueño– no está del todo dispuesto, en contraste con el de los señores que tienen sus hormonas sexuales en vigencia plena.

En esas condiciones, la cama matutina es el escenario de una asimetría de ganas en la que ellos quieren desordenar las sabanas y echársenos encima, mientras nosotras lo único que queremos es seguir durmiendo. Así, valga decir, ninguno disfruta y de paso, flaquea la promocionada delicia del sexo mañanero.

Sin embargo, si se continúa en la cama y se esperan las nueve de la mañana, según el investigador, se llega a un nivel único de coincidencia en la buena disposición de la dotación necesaria para el jaleo, tanto en ellos como en nosotras, que los polvos a esa hora son desproporcionadamente deliciosos. Todo por cuenta de los altos niveles de endorfinas (las hormonas del bienestar), un cuerpo descansado, una mente más despejada y unas ganas acumuladas.

Pero no es la única hora del gusto. Al parecer, a las cuatro de la tarde armonizan de nuevo los cosquilleos en el departamento inferior del cuerpo y “las mujeres son capaces de tener un encuentro largo, intenso y efectivo y los hombres están listos para tener sexo lento y cuidadoso, pero también con mucho vigor”, afirma Peter Platz.

Aunque siempre he dicho que la hora del sexo es la que las ganas pidan, no sobra conocer –con intención curiosa– este tipo de itinerario sexual; lo que no me impide pensar que si una pareja se dedica al placer mientras el resto del mundo trabaja, es porque el deseo está en su punto y así es más fácil alcanzar orgasmos de los de grito y rasguño, resultados que, a partir del mismo nivel de deseo, podrían obtenerse, incluso, a la una de la tarde después del almuerzo.

Todo esto para reiterar que los polvos hay que gastarlos cuando se presentan y que los mejores son los que se echan sin horario. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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