Salud

Polvos libres de pecado / Sexo con Esther

Sepan creyentes que el sexo oral y otras prácticas no empujan la condena de quienes lo practican.

Sexo con Esther

El único pecado que rodea a los buenos polvos es no cumplir con ellos cuando toca.

Foto:

123RF

09 de septiembre 2017 , 10:07 p.m.

El placer sexual es un regalo de Dios, según se infiere por las escrituras que orientan a algunos creyentes. Basta ver, por ejemplo, que el Génesis en su capítulo segundo asegura ya que al instalar a Adán y Eva en el paraíso, Dios les dijo que tendrían que llegar a ser “una sola carne”.

Con esto, palabras más, palabras menos, les advertía que ya entrados en gastos, podrían disfrutar del aquello para que la noble tarea de poblar la tierra no les resultara, además de pesada, totalmente aburrida.

Ahora, el asunto no para ahí, tanto que la misma Biblia le abre una puerta al –para algunos proscrito desde esas toldas– placer en el catre. Pues, una visita corta al capítulo quinto del libro de los Proverbios se encarga de exaltarlo cuando les recomienda a los señores regocijarse con la esposa de la juventud y que “sus propios pechos te embriaguen a todo tiempo y que con su amor estés en un éxtasis”.

Y aunque el tono bíblico, con el respeto debido, se me antoja excesivamente machista, lo cierto es que en un pasaje de los Corintios (7:3) trata de atenuar esa tendencia y sentencia que “el esposo debe satisfacer las necesidades sexuales de su esposa”, con lo que sin dar más vueltas se interpreta que Dios quiere que las señoras la pasen bien en la cama, para lo cual refuerza las sabias premisas de que la idea no es satisfacer los deseo propios, sino los de la pareja y que “hay más felicidad en dar que en recibir”. (Hechos 20:35).

Ahora, es claro que la Biblia no dice exactamente lo que se pude hacer bajo las sábanas y menos lo que se prohíbe, pero sí esboza algunos principios que no se pueden que dejar fuera de la alcoba a la hora de enfrentar en estas faenas. De ellos, valga decir, llama la atención el que insiste en que en todo esto debe imperar el “consentimiento mutuo”.

De hecho, el “no os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos en la oración; y volved a juntarnos en uno” (Corintios 7:5) deja en firme que todo lo que atañe a la sexualidad debe partir de acuerdos serios e inviolables entre las partes y que el resto es milonga.

Y en ese contexto, no se necesita mayor erudición para entender y concluir que esta muestra de pasajes –para muchos sagrados– respetan el llamado libre albedrío y que cualquier cosa que en la que se involucre el departamento inferior del cuerpo tiene la bendición suprema, siempre y cuando se parta de la mutua aceptación de los involucrados. Punto.

Y justo aquí quería llegar, simplemente, para decirles a los creyentes que el sexo oral y otras prácticas no empujan la condena de quienes lo practican y que por ese lado pueden estar tranquilos en estos tiempos de visitas de alto nivel.

Todo para decir que el único pecado que rodea a los buenos polvos es no cumplir con ellos cuando toca. El resto son lecturas mal interpretadas. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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