Salud

‘Permiso para quejarse’, un libro que reivindica el dolor

El neurólogo español Jordi Montero aborda historias sobre el sufrimiento de sus pacientes.

Tratamiento del dolor

En su libro, Jordi Montero insiste en la necesidad de escuchar a los pacientes, de adentrarse en sus historias emocionales.

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123RF

04 de febrero 2018 , 10:00 p.m.

Por el consultorio del neurólogo español Jordi Montero han pasado miles de pacientes, la mayoría de ellos, con dolores innombrables. Montero, de 67 años, es uno de los referentes actuales del tratamiento y el estudio del dolor en España.

Algunos de sus títulos: doctor especialista en neurología y neurofisiología, durante más de cuarenta años ha combinado su actividad clínica con la docencia y la investigación. Su labor en el Hospital Universitario de Bellvitge, el Institut Dexeus y la Clínica Tres Torres se ha centrado en la creación y promoción de unidades de neurofisiología, enfermedades neuromusculares y diagnóstico de pacientes con dolor crónico.

Y es autor de varios libros en los que aborda el dolor como eje central. Su nuevo libro, de editorial Planeta, se llama: ‘Permiso para quejarse’. Y es eso: una invitación a expresarse y a entender cómo el dolor está relacionado con las emociones. Reproducimos un fragmento de la obra.

***

Todavía no había cumplido los treinta años, pero la expresión de su rostro era el de una persona vieja, no por la edad, sino porque había perdido toda esperanza. De complexión grande y unos ojos asustadizos, llevaba un brazo en cabestrillo, y se había sentado delante de mí como si, en lugar de su médico, fuera un profesor que pudiera castigarla. Agarraba un bolso grande de mimbre con su mano libre, y se mordía el labio inferior a la espera de que le diera permiso para hablar.

–¿Qué la trae por aquí?

Karen acudía a mi consulta porque sufría un dolor crónico en el brazo y la mano, que le había comportado cambios en sus movimientos, y también en el color, la temperatura y el volumen de esa extremidad.

–¿Lo ve?, me dijo alargando la mano.

Examiné la mano hinchada y su aspecto no era el mejor. Al tacto se notaba que estaba fría y también sudorosa; y además, presentaba una tonalidad pálida que en algunas zonas se volvía rojiza.

–Sí, lo veo.

Abrió el bolso y extrajo su expediente. El colega que me la remitió no me había explicado en profundidad el caso, de modo que le eché un vistazo a la voluminosa documentación, que parecía una novela de terror.

El dolor se había manifestado tres años atrás a raíz de una intervención quirúrgica para extirpar un quiste benigno en la axila. Al principio se había limitado a la zona operada, la axila, pero no había tardado en extenderse por todo el brazo, y había llegado hasta la mano. Y su intensidad había ido en aumento hasta el punto que ahora tenía dificultades para llevar a cabo su vida diaria.

–¿El dolor desaparece cuando duerme?, pregunté.

-Sí, en efecto.

Más allá de unas radiografías que demostraban que sufría osteoporosis (para nada causante de su dolor), ninguna de las múltiples pruebas mostraba nada anormal. Ante un cuadro complejo como este, de la multitud de profesionales que la habían examinado, solo dos habían intentado un diagnóstico. El primero, un eminente reumatólogo, había establecido que sufría una distrofia simpática refleja, enfermedad que había quedado anticuada y cuyo tratamiento se había demostrado ineficaz. Algo más competente, un especialista de una unidad de dolor lo había definido como dolor regional complejo de tipo 1… Pero lo cierto es que sus tratamientos –que incluían potentes analgésicos, infiltraciones de anestésicos en sus nervios simpáticos (bloqueos) o sofisticados métodos de fisioterapia– habían resultado ineficaces.

–Más allá del dolor, ¿usted cómo se encuentra?

–Bien.

Bastaba ver su aspecto desolado para saber que no estaba bien, y tenía serias sospechas de que su malestar estaba relacionado con problemas emocionales; así que insistí con algo de dureza.

–¿Bien? ¿Es la persona que había soñado ser cuando era niña?

–La verdad, estoy muy sola.

Su actitud corporal había cambiado por completo. Ya no estaba replegada en sí misma, como si se protegiera de un posible daño, sino que se había inclinado sobre la mesa, y gesticulaba casi con desesperación, como si nadara para salvarse de un naufragio.

Había tenido una adolescencia más que difícil. A los doce años, a su madre le habían diagnosticado un terrible cáncer de pulmón y murió en menos de dos meses. Al duelo y la tristeza tuvo que sumar la sensación de verse abandonada por su padre. Hasta entonces había sido su madre quien se había ocupado de ella. Por el contrario, su padre era un hombre ya mayor, de casi setenta años, y se sentía incapaz de tratar con una niña preadolescente.

–Me sentí muy abandonada.

A partir de los dieciséis años, la relación con su padre se había complicado. Harta de tener que soportar a un hombre pasivo, que no solo no la ayudaba sino que además pretendía que le hiciera de madre (lavar la ropa, hacer la comida, limpiar la casa), habían empezado las discusiones, a veces terribles. Dos años más tarde, cuando cumplió la mayoría de edad, lejos de calmarse, la situación en casa era insostenible: los gritos se habían convertido en amenazas, incluso, en insultos.

Karen decidió marcharse de casa. Aunque de niña había sido una estudiante no excelente, pero sí notable, su capacidad de concentración había desaparecido después de la muerte de su madre. Le costaba entender las explicaciones de los profesores y, cuando llegaba a casa, se sentía incapaz de sentarse a hacer los deberes. Con los años, y en parte debido a la tensión con su padre, el problema se fue agravando y, después de suspender dos veces el mismo curso (tercero), había dejado los estudios.

Sin una formación sólida, el único trabajo que había conseguido era de teleoperadora. No le gustaba, porque se pasaba el día atendiendo a clientes que se quejaban con razón, pero también con malos modos.

–Pero, ¿qué puedo hacer?

A pesar de que había venido sola a mi consulta, algo me dijo que tenía pareja (supongo que es la experiencia acumulada de miles de visitas durante años).

-¿Tiene pareja?

-Sí.

-¿Y no la ha acompañado?

Me aseguró que su marido era una buena persona, que habían conseguido tener una vida estable, pero todo aquello lo superaba. Trabajaba en un taller mecánico y se esforzaba por comprenderla, pero lo cierto es que su relación se había resentido por culpa de su dolor.

–Hace ya cinco años que empezó todo esto–, dijo ella a modo de disculpa.

Me explicó que, aunque el dolor se había agravado a raíz de la operación, desde dos años antes sufría frecuentes periodos de ansiedad, acompañados por dolores de cabeza y molestias cervicales. A raíz de estos dolores, había iniciado su viacrucis por las consultas de los médicos. Ninguno le había solucionado el problema, y su situación se agravó con la aparición del quiste en la axila. Su médico de cabecera la derivó a un cirujano a quien no conozco, pero que puedo suponer cómo pensaba. Si ninguna medicación surtía efecto, el último recurso era la operación. Convencida, se dejó someter a varias intervenciones con anestesia local, pero el dolor persistía.

Llegados a este punto de su historia, me confesó que había perdido la confianza en su cirujano, quien la trataba como si fuera culpable del dolor. Visto con perspectiva, tendría que haberse negado a someterse a una nueva operación, esta vez más agresiva (con ingreso hospitalario y anestesia general), pero no tenía a quién acudir, así que aceptó. No hubo complicación durante la intervención; pero, al despertar, el dolor seguía allí, con fuerzas renovadas.

Aunque eso no fue lo peor, sino el trato que recibió por parte del servicio médico. Llevados por una insensibilidad –que por desgracia es más frecuente de lo que nuestra profesión se puede permitir– médicos y enfermeras habían decidido que Karen era una exagerada, y que usaba su supuesto dolor para llamar la atención. Cada vez que se quejaba, recibía respuestas que no hacían más que indignarla.

“Tranquilízate, guapa”. “No habrá para tanto”. “A ver si te callas un rato”… eran algunas de las lindezas que tenía que oír.

–¡No me lo podía creer!, confesó Karen, con lágrimas de rabia.

Tres años después había dejado atrás al cirujano, pero el dolor y sus consecuencias no la habían abandonado, aunque ahora había entrado en los juzgados. Después de consultar con un abogado, decidió demandar al cirujano que la había operado y, además, había pedido la incapacidad laboral, ya que le era imposible volver al trabajo.

–¡No puedo más!, dijo al fin. ¿Usted me puede ayudar?

–Lo intentaré, al menos.

Le expliqué que, cuando estamos nerviosos, sudamos; y cuando estamos avergonzados, nos ponemos rojos como un tomate. Estas reacciones son inevitables y se ponen en marcha en los circuitos neuronales que están más allá de nuestra conciencia. Normalmente solo son molestas, pero en su caso habían sido trágicas. Lo más probable es que en la zona central del cerebro se hubiera puesto en marcha una ‘inflamación’ que no tenía una causa objetiva, sino que era un mecanismo de defensa para evitar que el brazo se moviera. Esta inflamación había causado un dolor que se había agravado a causa de la vigilancia y sensibilización constantes que había ejercido sobre una mano convertida en el centro de su vida.

–¿Todo ha ocurrido en mi cabeza? Asentí. Y ella, lista como un rayo, preguntó:

–¿Y la osteoporosis?, ¿también es inventada?

–La osteoporosis es la única enfermedad que usted sufre. A causa del tiempo que lleva con el brazo en cabestrillo, el calcio se ha movilizado mal, y le ha provocado este problema.

Este cuadro inicial, había que admitirlo, era lo bastante complejo como para que se escapara al examen de médicos que no están especializados en el funcionamiento del cerebro, y lo más fácil era diagnosticarle una enfermedad lo suficientemente brumosa como el llamado dolor regional complejo.

–Y si no tengo dolor regional complejo, ¿qué me ocurre?

–Usted está cabreada.

El dolor causado por su intervención había permanecido en su memoria, y se había visto reforzado por los sentimientos que se sitúan en las áreas límbicas. La muerte de su madre, el enfado con su padre, las malas condiciones laborales, la pasividad del marido y la ineficacia por momentos cruel de los médicos. Todo había despertado un sentimiento de gran intensidad –de agravio– y, con él, los circuitos de neuronas que refuerzan el significado de dolor.

Sin duda, el agravio, cuya organicidad cerebral está todavía por descubrir, tiene una clara relación con el dolor crónico. En nuestro idioma, agravio es un sinónimo de ‘estar dolido’, y a lo que nos referimos no es necesariamente un daño. Puede ser un recuerdo, una experiencia traumática.

Ninguno de los tratamientos a los que se había visto sometida Karen había sido necesario. Bastaba con sentarse con ella, darle confianza para hablar, y escuchar. Su historia nos daba el diagnóstico y también la posibilidad de un tratamiento alternativo que tiene más posibilidades de ser eficaz: reparar su pasado sentimental (...).

EL TIEMPO

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