Salud

Así se vive la sexualidad cuando se es mujer y se tiene VIH

Una argentina y una colombiana relatan cómo viven su sexualidad al llevar una amenaza de muerte.

El placer que no se acaba con el VIH

Mariana Iácono, líder argentina contra el VIH.

Foto:

José Nico

01 de diciembre 2017 , 02:27 p.m.

"Levanten la mano todas las que han tenido que interrumpir un orgasmo porque en el momento exacto, cuando estaban a punto de llegar, el VIH apareció en la mente como un rayo fulminante”, pidió micrófono en mano, con tono de exigencia, la argentina Mariana Iácono a un auditorio lleno de mujeres latinoamericanas portadoras del virus.

Ocurrió hace pocas semanas en Costa Rica, en un evento en el que se abordaron la realidad y los retos de las mujeres que padecen esta enfermedad, cuyo día mundial se conmemora este viernes primero de diciembre.

Hubo un instante –solo un instante– de duda. Luego, tantas manos arriba como rostros de indignación. Después, una respuesta contundente de Mariana:
“Basta de autoestigmas, volvamos a la práctica del placer”. Siguieron aplausos, vítores y puños arriba.

En un receso, minutos después, Mariana, de 35 años, y Ligia, colombiana de 51, coincidieron en decir que el VIH no mata el deseo ni las ganas de caricias o de un beso apasionado que incite al placer y erice la piel. Este virus, que es una carga eterna para sus pacientes y puede llevar a la muerte, no es el fin de la sexualidad, ni de los orgasmos ni del gozar, recordaron.

Ambas, con discurso empoderado y cabeza en alto, aseguraron desde ese hotel en Costa Rica que ya superaron aquel tiempo en el cual una relación era un llamado al temor. Y que hoy aman. Que hoy hacen el amor.

Son mujeres portadoras, de edades y nacionalidades distintas e historias únicas.

Miran a los ojos, convencidas de que reclamar sus derechos sexuales y reproductivos no es un favor que les deban hacer. Y aseguran que su enfermedad, hoy en día menos letal gracias a los tratamientos antirretrovirales, no las exime de ser personas.



Pero, como nada con el VIH es un camino de rosas, vienen los tropiezos, los rechazos y las explicaciones. Creerse sin derecho a sentir por culpa del estigma, la discriminación, e incluso la autodiscriminación de la que hablaba Mariana. Y es que el VIH, a pesar de que hoy

Ligia: un ultimátum

“Después de que me diagnosticaron, en 1994, pensé que en la vida iba a volver a tener una relación sexual”, admite Ligia, la mayor de las protagonistas de esta historia. Tiene 51 años y es colombiana, pero pide no dar más detalles de su identidad. Basta con saber que es una mujer como cualquier otra, y apunta que es madre y doblemente exesposa, pero aclara que el VIH, por raro que parezca, no le costó ninguna de sus dos relaciones.

Con orgullo revela que es activista de los pacientes como ella en Colombia, donde para el 2015 había más de 61.000 personas afectadas, según la Cuenta de Alto Costo. De ese total, el 30 por ciento son mujeres.

Con menos orgullo relata que fue su primer esposo, el único hombre de su vida hasta entonces, quien murió por una tuberculosis un año después de separarse, el que la contagió cuando ella tenía 25 años, media vida atrás. “Pensaba que el VIH era un problema de homosexuales y de putas, que a una mujer casada nunca le pasaría. Yo, además, nunca usaba condón porque no sabía y porque quería tener hijos”, dice.

Ligia es la cara de otra época del VIH. De unos años en los que este mal era sinónimo de muerte, mitos, ignorancia, rezago científico y falta de tratamientos. Ella lo acepta. Le faltaban educación, conocimiento y empoderamiento para entender de enfermedades de transmisión sexual y de métodos de prevención.

Aprendió a las malas, a la fuerza –acepta–, cuando se vio con el diagnóstico en las manos, una enfermedad sin cura en el cuerpo y millones de preguntas en la cabeza. “En esa época, los psicólogos solo decían que yo me iba a morir. Y cuando contaba el diagnóstico a las personas, eran más las que se iban que las que se quedaban”.

Por supuesto, en ese momento el amor y el sexo no eran una opción. “Al principio uno creía que no podía volver a tener relaciones sexuales porque el sexo se relaciona inevitablemente con la muerte, sobre todo en ese momento en el que no había tratamientos”, continúa.

Dos años después de saber cuál era su diagnóstico conoció a un hombre que llegó a su vida para avivarle el corazón. “Me enamoró, pero por más de un año me alejé y me negué a tener algo con él por temor, hasta que me dio un ultimátum”. Una sentencia que le cambió la vida.

“Yo no puedo seguir así”, le advirtió él.

“Yo tampoco, pero esto se tiene que acabar porque no te quiero hacer daño”, respondió ella.

“¿Y es que acaso por qué me vas a hacer daño? ¿Tienes sida o qué?”, replico él.
Tras un breve silencio, sorprendida, acorralada, motivada por la voz del corazón de la que hablan los románticos, Ligia le dijo que sí, que era portadora de VIH, que ya estaba tomando medicamentos y temía contagiarlo.

“Fue una sorpresa que esa persona me respondiera que no le interesaba eso, que quería tener una relación seria conmigo. Yo nunca me imaginé que alguien me fuera a aceptar así. Y ahí comprendí que uno es el primero que se empieza a discriminar”, manifiesta.

En esa relación, lejos de sentirse discriminada, estuvo más de 12 años, y de allí salió su hijo, hoy mayor de edad. Ni él ni su esposo se contagiaron, aclara Ligia, y explica que todo se debe a la adherencia que ha tenido al tratamiento, que ha permitido mantener el virus en niveles indetectables, como dormido y escondido en algún lugar de su cuerpo.

Mariana: una reivindicación

“Muchas veces me tocó dar talleres de educación sexual desnuda, en una cama, tratando de explicarle al otro todo lo que implica tener VIH, las posibilidades y los riesgos, cuando lo que yo quería era estar en otro plano. Hasta que un día dije ‘no más’ y comencé a hacer uso de mi derecho a la confidencialidad (a guardar silencio de su situación con responsabilidad) y a poner mi sexualidad y mi placer por delante de todo”.

Antes de empezar ese relato, Mariana Iácono aclara que ya no es una jovencita. Que tiene 35 años y no los veintitantos que suelen adjudicarle. Pero, más allá de la edad, la madurez de su tono, la fuerza de sus argumentos y su propia historia de vida denotan que no es una niña. Que le ha tocado vivir. Y que ha aprendido.

Cuenta que hoy lleva década y media siendo portadora de VIH. Que es defensora de la causa a nivel internacional, que le gusta ser voz de mujeres que no han llegado a visibilizarse y que tiene un novio brasilero con quien decidió tener sexo sin condón.

Ellos son una pareja serodiscordante, es decir que él no vive con el virus. Pero llegar a ese nivel de intimidad fue una decisión argumentada, según explica, en la que la carga viral de ella, producto de la adherencia al tratamiento, es indetectable.

“Me infecté a los 19, en medio de una relación de violencia de género, donde no podía escoger usar condón. Tuve mi diagnóstico a los 20. Tardé un año en volver a tener relaciones sexuales y muchos años más en volver a sentir placer”, relata.

“A las mujeres nos enseñan desde pequeñas que tenemos que complacer a los hombres. Y con un diagnóstico positivo sentimos una doble obligación de complacer ya la condena de que no podemos estar con el hombre que queramos, sino solo con los que nos acepten, solo cuando ellos quieran”, sigue.

Mariana es una cara fuerte de las mujeres con VIH en América Latina. En el diálogo en Costa Rica sobresalió por su actitud contestataria, por hablar duro. Por reclamar. Pero al mismo tiempo por repartir abrazos. Por ver en las demás su propia historia.
Su testimonio, valga decirlo, ha calado en los medios de comunicación en su país, que se asombraron porque una mujer saliera a las portadas, con rostro y nombre, a plantear una forma sincera y responsable de vivir la sexualidad. A declarar que, con las medidas necesarias, el placer, el sexo oral, la lactancia y la maternidad no son asuntos vetados de una mujer infectada.

Que la vida para una mujer no se acaba con el VIH.

El día mundial contra el VIH

Este viernes, como cada 1.° de diciembre, el mundo conmemora el día en el cual se llama la atención sobre el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Según los datos revelados esta semana por Onusida, cada 17 segundos una persona en el mundo se infecta de un virus que ha dejado hasta ahora 35 millones de muertos. Entre los adultos, el ritmo de nuevas infecciones en el planeta apenas disminuyó en los últimos años y pasó de 1,9 millones en 2010 a 1,7 millones en 2016. África sigue concentrando la mayor parte de nuevos casos, dos de cada tres.

¿Qué precauciones y límites deben tener las personas con VIH en las relaciones sexuales?

Isidoro Prudente, médico especialista en patología clínica de la Universidad de la
República del Uruguay y especialista en inmunología clínica del Hospital Durand, en
Buenos Aires, advierte que lo más importante es que una persona viviendo con VIH debe estar en tratamiento antirretroviral y mantenerse adherente a este, para asegurar una respuesta favorable a la terapia y lograr tener una carga viral indetectable, disminuyendo así las posibilidades de generar resistencia al virus y de transmitirlo a otras personas.

Asimismo, es altamente recomendable el uso de mecanismos de barrera como el preservativo; incluso, en parejas donde ambos sean VIH positivo, debido al riesgo de transmitir resistencias u otras enfermedades de transmisión sexual (hepatitis, sífilis, etc.). Si se trata de una pareja serodiscordante, es decir, aquella en la cual uno de sus integrantes es seropositivo y el otro es negativo, existe la opción de brindar tratamiento de profilaxis preexposición a quien no está infectado, para prevenir su contagio.

RONNY SUÁREZ*
@ronnysuarez_
Enviado especial EL TIEMPO
Por invitación de IWC Latina y Hivos.

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