Salud

Celos, ese sentimiento que puede terminar muy mal

Inseguridad, baja autoestima y desequilibrio en sustancias cerebrales: un cóctel peligroso.

¿Qué pasa por la cabeza de una persona celosa?Inseguridad, baja autoestima y desequilibró en sustancias cerebrales están detrás de este sentimiento que pude ser destructivo.
Celos, ese sentimiento que puede terminar muy mal

123rf

26 de julio 2018 , 11:20 a.m.

Los celos pueden llegar a ser el sentimiento más destructivo, dice Sandra Herrera, psicóloga clínica de la Universidad de Salamanca. Y suelen despertarse cuando alguien piensa que un rival amenaza una relación, y eso va –dice la experta– desde creer que la pareja tiene un amante hasta sufrir porque un amigo entabla una nueva amistad.

El problema es que este sentir “desencadena miedo, inseguridad e ira, y en los casos extremos puede desfilarse por la violencia y afectar de manera negativa la salud de quienes los padecen”, asegura Herrera. Por eso, añade, se torna imperioso conocerlos e identificar algunos de sus rasgos con el objeto de atenuarlos y prevenir complicaciones.

Aunque genéricamente se ha dicho que los celos son una condición normal e, incluso, una reacción justificada, la psiquiatra Marcela Alzate, expresidenta de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, insiste en que cuando los celos se convierten en un comportamiento obsesivo que altera las relaciones de quienes los padecen, se cae en el campo de un trastorno que tiene un curso y una fisiopatología específicos, que han sido descritos.

La conclusión es simple: el cerebro se anticipa a la realidad y elabora una maqueta falsa que, en el caso del celoso,
la toma como única
y válida

Dolor y estrés

Según un estudio reseñado en la publicación científica Frontier in Ecology and Evolution, dirigido por la investigadora Karen Bales –el primer análisis realizado con un modelo de primate monógamo sobre la neurobiología de los celos–, este sentimiento genera mayor actividad cerebral en áreas asociadas con el dolor social y la vinculación con la pareja.

Bales y su equipo recurrieron a los monos titíes cobrizos, unos primates monógamos que se caracterizan por el apego que muestran a sus parejas, con comportamientos protectores y de angustia cuando se separan; además, los machos muestran celos muy parecidos a los de los humanos e incluso retienen físicamente a su pareja para que no interactúe con un macho extraño.

Para evaluar este comportamiento, los investigadores indujeron ‘celos’ en estos machos, exponiéndolos a situaciones en que podían ver a su pareja con un macho desconocido, y se compararon las reacciones con un grupo de control.

Después de un tiempo se tomaron imágenes cerebrales y se midieron las sustancias un circulan en el cerebro y se consideran relacionadas con la formación de lazos afectivos, agresión, apareamiento y desafío social.

Los resultados mostraron que el cerebro de los monos celosos tenía mayor actividad en las áreas cingulada y septal, relacionadas con el dolor social y la memoria, la motivación y el estado de alerta, respectivamente. Por el lado de las hormonas, se encontraron altos niveles de cortisol (la sustancia del estrés) y la testosterona vinculada con la agresión y las competencias del apareamiento.

Con estos resultados se infiere –según el psiquiatra Rodrigo Córdoba, director del departamento de Psiquiatría de la Universidad El Rosario–, que la formación de lazos de pareja tiene relación funcional con la armonía social y la recompensa, mientras que el mantenimiento del vínculo está basado en refuerzos negativos que se despliegan para evitar el dolor de la separación.

El cerebro celoso

En palabras de la psicóloga Sandra Herrera, los celos son una reacción de alerta mediada por una serie de neurotransmisores que actúan sobre algunas partes del cerebro, pero que terminan afectando todos los órganos del cuerpo.

Estas partes del cerebro, responsables de las reacciones celotípicas, se encuentran por debajo de la corteza cerebral. “Y eso explica, de entrada, por qué muchas son irracionales”, dice la experta. Entre ellas están el hipotálamo, conectado con la amígdala, el hipocampo y los ganglios basales, que son la base de los recuerdos, las emociones y las percepciones.

Cuando estas estructuras se conectan en forma dinámica constituyen el sistema límbico, que también responde por el deseo, el enojo y la ira. Y estos tres componentes, para la psiquiatra Marcela Alzate, están relacionados directamente con el enamoramiento, el odio y los celos. “En otras palabras, el amor profundo y los celos se encuentran en las mismas estructuras”, remata.

Cuando las estructuras se conectan constituyen el sistema límbico, que responde por el deseo, el enojo y la ira. Estos tres componentes están relacionados con el enamoramiento, el odio y los celos

Lo cierto es que, para estos especialistas, todas las sensaciones de atracción, distancia o desamor frente a otra persona se guardan estructuralmente en ese llamado sistema límbico. Curiosamente, otras áreas aledañas relacionadas con los celos forman parte del complejo neurológico que determina el dolor físico.

El problema empieza –según Córdoba– cuando la corteza cerebral frontal se deja gobernar por el sistema límbico, “porque aquí el sistema nervioso permanece activado todo el tiempo, y basta un estímulo mínimo para que reaccione de manera exagerada e irracional”. Y agrega que, en el celoso, este estímulo puede entrar por cualquiera de los sentidos: con un olor, una imagen, una sensación, un sonido o, incluso, con los recuerdos, los pensamientos y hasta las creencias que tiene en su cabeza.

Es en este momento cuando la persona cae en un laberinto donde cualquier cosa o contradicción incrementa la sensación dolorosa. De ahí que sea prácticamente imposible discutir con un celoso. “Lo peor es que no hacerlo también aumenta la reacción, es como una trampa perversa”, insiste la psiquiatra Alzate.

La conclusión es simple: el cerebro se anticipa a la realidad y elabora una maqueta falsa que, en el caso del celoso, la toma como única y válida. “La persona arma su propia historia, y no hay quien la saque de ahí, y ese es el desfiladero hacia una enfermedad llamada celotipia o celos patológicos”, puntualiza la psicóloga Herrera.

La bioquímica del celoso

Todo lo antes descrito está modulado por sustancias como la dopamina, vinculada a los procesos afectivos. Y actúan como si mermara la parte inteligente del cerebro, para reducirle los frenos, la lógica y la congruencia a la persona. También hay otras sustancias como la oxitocina –la hormona del apego–, que está involucrada con las adicciones.

Caso especial merece la referencia de la serotonina, que soporta todos los procesos afectivos. Un desequilibrio de esta agudiza las sensaciones negativas en la mente del celoso.

También, valga decir, entran en juego la vasopresina, la anandamida y el óxido nitroso, que facilitan las reacciones exageradas del celoso, sobre las cuales el control voluntario no es posible.

Ahora, si bien lo anterior es el componente neurológico, también existen factores ambientales personales y epigenéticos que se confabulan para desencadenar el síndrome celotípico y, desde el plano psiquiátrico y psicológico, caen dentro del espectro de los delirios.

El psiquiatra Rodrigo Córdoba es enfático al considerar que los celos desairados son una enfermedad crónica que requiere intervención profesional y cuyo manejo depende de la severidad y la profundidad de cada caso.

“Aquí se pueden requerir medicamentos, psicoterapia individual y colectiva y seguimiento”, concluye.

¿Qué tan celoso es? 

Este test solo tiene valor orientador y no configura una prueba técnica de diagnóstico. Ha sido modificado y completado a partir de otras fuentes.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
ASESOR MÉDICO DE EL TIEMPO
@SaludET

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