Salud

En silla de ruedas, Francisco Sanclemente le da triunfos al país

Quedó en silla de ruedas por un daño en la médula espinal. Hoy es un glorioso deportista.

Fernando Sanclemente

A sus 30 años, este vallecaucano es un deportista de alto rendimiento, ganador de maratones dentro y fuera de Colombia.

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BBVA

19 de abril 2018 , 11:31 p.m.

Los guayos de fútbol estaban tan viejos que me tocaba embetunarlos todos los días y a veces envolverles en la punta un pedazo de esparadrapo para que mis dedos no se asomaran. En ocasiones, cuando pateaba el balón, el dedo gordo dolía tanto que me hacía brincar, pero luego, cuando me ponía unas medias gruesas, el dolor menguaba. Sin embargo, al final del día el dedo gordo estaba más gordo.

Era arquero de la Selección Valle de Fútbol. Eso es un orgullo, para mí y para cualquier joven de 17 años. Significa estar entre los mejores del departamento para competir en los Juegos Nacionales. Lo era más para mí, un muchacho con tantos sueños que no me cabían en la cabeza. Siempre que caminaba desde mi casa hasta las canchas de entreno en la ciudad donde nací y crecí, Buga, me imaginaba tapando en el fútbol profesional.

Yo salía temprano para un supermercado donde empacaba remesas, y a veces tenía que cargar bultos de arroz y de papa en camiones, e ir con un conductor a entregar pedidos en diferentes lugares. También hacía mandados, muchos de ellos a mi mamá, y trabajaba en ocasiones vendiendo cosas. Era la forma como podía colaborar en la casa, donde, junto a mi abuela, a mi madre y a mis hermanas, vivía con nosotros la necesidad.

Aquellos años, entre el 2000 y el 2006, fueron muy buenos para mí en lo deportivo. Yo quería ser deportista, y lo logré. No como futbolista, porque algo ocurrió. No fui deportista con mis piernas, pero sí con mis manos. El viernes 14 de julio del 2006 salí en la mañana de la casa, fui a trabajar y luego a entrenar. A eso de las seis de la tarde llegué a casa, y de un momento a otro sentí un dolor terrible en las piernas y en la espalda, me fui hacia la cama para recostarme. Y cuando intenté ponerme de pie me desmayé. Abrí los ojos no sé cuánto tiempo después, y allí estaba mi madre, con los ojos tan hinchados que parecía que hubieran llorado durante días. También vi a un médico al lado de la cama, y noté que mis piernas estaban cubiertas con una cobija; entonces las destapé para ver si aún estaban allí, porque ya no las sentía. El médico me dijo que tenía un cuadro viral y que debían llevarme a un hospital para realizar varios exámenes; pero no fue al hospital de Buga adonde me llevaron, sino a la Clínica Rafael Uribe de Cali.

Mamá se fue conmigo y me acompañó durante cinco días, durante los cuales me hicieron todo tipo de exámenes. Pensaba: ¿todo esto por una virosis? ¡Yo no sabía nada de eso! Era un muchacho de apenas diecisiete años con ganas de vivir y con el sueño de ser futbolista. Al quinto día, en la mañana, entraron varias personas a mi cubículo. Un médico, dos doctoras más, una enfermera y mi madre.

“Francisco, tienes un daño gravísimo en la médula, y por eso tu vida ya no va a ser la misma. No podrás volver a jugar fútbol porque tendrás que andar en una silla de ruedas”, me dijo el médico sin vacilaciones. Hubo un silencio total, y sentí escalofrío. La primera persona que vino a mi mente fue mi hija, que estaba próxima a nacer.

No había pensamientos, sino preguntas: ¿por qué?, ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora que me habían ido a ver jugar los directivos del Once Caldas?, ¿por qué ahora que al fin íbamos a jugar unos Juegos Nacionales fuera del Valle? Y mi hija: ¿cómo haría para cargarla?, ¿adónde la saco a pasear si no puedo caminar? El médico le explicó a mi madre lo que pasaba. “Se llama mielitis”, le dijo. Es una inflamación de la médula espinal que compromete la movilidad de las personas, inflama algunos órganos vitales y, si se vuelve repetitiva, puede derivar en una esclerosis múltiple. De allí me sacaron para la unidad de cuidados intensivos porque el hígado, el corazón y otros órganos estaban comprometidos. La meta de los médicos era curarme de la mielitis, aunque no podían hacer nada para que volviera a caminar.

Nunca imaginé que quedaría en una silla de ruedas, pero tampoco nunca pensé que una silla me convertiría en un ser valiente. Nunca creí que el dolor se transformaría en fortaleza. Entiendo que las personas, cuando quedamos en esta condición, nos sentimos muy mal. Pero siempre habrá un impulso para no ser derrotado por las circunstancias, y ese impulso debe salir de adentro de nosotros. Aunque no podemos cambiar las circunstancias, sí podemos tomar decisiones. O nos sentamos a llorar o nos levantamos a luchar.

Fernando Sanclemente

Francisco, al lado de su hija Alejandra, de 11 años de edad.

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Andrés Ramírez

Encontrar milagros

Gracias a Dios, en ese momento vino a mí una fuerza inexplicable, y me dije: si quiero ser un ejemplo para mi hija, tengo que superarme.

La enfermedad hizo que perdiera fuerza en todo el cuerpo, en las piernas totalmente y en los brazos parcialmente. La única manera que encontraba para ejercitarme era moverme sobre la cama como si fuera una rana, abriendo los brazos y tratando de hacerlo también con las piernas.

Luego de esforzarme en la cama, poco a poco comencé a ensayar en la silla; debía aprender la técnica adecuada para pasarme de la cama a la silla sin tanto esfuerzo.

Luego de graduarme en el colegio me matriculé para la carrera de administración, y todos los días tenía que salir de la casa hasta la universidad muy temprano, porque el camino era largo. La rutina era muy dinámica: de la casa a la universidad, luego a las terapias; una o dos veces en la semana, a control de la mielitis.

Antes que recuperar la fuerza y la movilidad en el cuerpo, me preocupé por recuperar el fuego en mi espíritu. En esa época experimenté muchos milagros. El nacimiento de mi hija, mi regreso a clases, el graduarme de secundaria, pero hubo un milagro improbable. Uno disfrazado de tragedia. Ese milagro fue la silla de ruedas. En ella aprendí a superar el miedo, me hice fuerte físicamente, superé barreras mentales, gané independencia y aprendí a pedir para dar.

Juan Carlos Yepes, el fisioterapeuta que me trataba cada semana, me dijo un día que yo debería volver al deporte y me invitó a participar en la Media Maratón de Bogotá. “Hágale, que yo lo apoyo con cien mil pesos. Yo también voy a participar”, me dijo. Eso fue algo desafiante para mí, porque hasta ese momento creía que el capítulo del deporte estaba cerrado para mí.

Ese día, luego de llegar a casa, pensé en la propuesta del fisioterapeuta. ‘¿Y por qué no compito?, ¿por qué no hacer realidad lo que no pudo ser? Todo lo que había soñado estaba en el deporte. ¡Nací para el deporte!, y ahora tengo la oportunidad de serlo, no con las piernas sino con las manos’, me dije. No fue una decisión que me costara mucho trabajo tomar.

Decidí que iba a competir y le saqué tiempo a la preparación física. Aumenté las terapias y el ejercicio, acomodé el tiempo en la universidad y me alimenté un poco mejor. Había que conseguir quinientos mil pesos para el viaje, y eso para mí era toda una fortuna. Se me ocurrió que para obtener ese dinero tenía que conseguir patrocinios, como los grandes deportistas. Y me fui en la silla de ruedas por varios negocios pregonando que iba a participar en la Media Maratón de Bogotá y que para hacerlo necesitaba patrocinios.

Los primeros patrocinios los pedí en tiendas de barrio, cacharrerías, panaderías y supermercados, lo cual resultó más provechoso por el lado de la venta de películas que por los patrocinios como tal. En todo caso, pude reunir el dinero para viajar a Bogotá. El día de la maratón me presenté con la inscripción, y me dieron un número.

El mío era el 24276, y fue la primera vez que me coloqué un número de competencia encima de la ropa. Estar en medio de una carrera en la que no conoces a nadie intimida mucho la primera vez. Los corredores parecían hechos de otro material, y sus sillas eran como carros de Fórmula 1. No fui con la intención de ganarle a nadie, fui a ganarles a mis propios miedos. Y creo que lo logré. No me importó llegar de último.

Han pasado varios años, y hoy soy un deportista paralímpico de alto rendimiento. Y tengo varios patrocinadores que creyeron en mí y en lo que represento para mi país. Estos son algunos de mis reconocimientos: soy el primer colombiano en terminar un IronMan 70.3 en silla de ruedas. Gané la Maratón de las Flores de Medellín (2013 y 2017; y la Media Maratón de Cali en los últimos tres años; también gané las maratones de Buenos Aires (2016); la de Miami (2017 y 2018) y la de Madrid (2017).

No me gustan las mecánicas porque la vida no es así. La vida es real, es como la gestionas en el instante, no hay que sacar un libro con los diez pasos para algo para superar una dificultad.

Por eso, este libro se llama El camino de un valiente, porque la vida es un camino, no
una guía de pasos. El camino es largo, tiene subidas y bajadas, pero ante todo es ancho, y en esa anchura están las cosas cotidianas, las que hay que agradecer. Tu pequeño universo está en ese camino. Tu manera de ser, tu mamá, tus logros, tus errores y defectos, tus anhelos, tus amigos, tus palabras y pensamientos.

RANCISCO SANCLEMENTE* - PARA EL TIEMPO
* Fragmento del libro ‘El camino de un valiente’´. Más información en: www.franciscosanclemente.com/

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