Salud

Jaqueline Chávez podría ser la enfermera más valiente de Colombia

Por medio del cuidado de sus pacientes hace su propio proceso de sanación de un agresivo cáncer.

Enfermera

Jaqueline es enfermera hace dos décadas. Hoy está en la unidad de cuidados intensivos neonatal del Instituto Roosevelt, en Bogotá.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

18 de mayo 2018 , 11:21 a.m.

Mi nombre es Jaqueline Chávez. Soy enfermera, primero que todo. También soy paciente con cáncer metastásico, viuda y mamá de dos hijas. Soy tantas cosas al tiempo que doy gracias a Dios por darme fuerzas para estar hoy, a mis 47 años, contando una historia que tuvo un giro radical el 24 de diciembre del 2010.

Ese día, mientras todas las familias se preparaban para Nochebuena, yo empecé con dolor y picadas insoportables al lado derecho del abdomen. Quería pensar primero en mis hijas por ser una fecha especial y aguantarme, pero no pude. Me fui para la clínica, y en ese momento el doctor me puso sobre aviso de que debían operarme de inmediato porque tenía una masa compleja. Era imperioso extraerla.

Dos semanas más tarde, mi hija mayor, llena de valentía, fue a recoger los resultados de los exámenes y se dio cuenta de que me habían diagnosticado un cáncer de ovario supremamente agresivo. Pero primero lo primero. Voy a contarles un poco de mí.

Enfermera de vocación
Enfermera

Jaqueline es una de los 61.954 profesionales que ejercen la enfermería en Colombia.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

Mi amor por la enfermería comenzó desde pequeña. Me gustaba siempre hacerles curaciones a mis amiguitos del colegio cuando ellos se caían. Luego realicé mis estudios en la Universidad Javeriana, y hoy trabajo en la unidad de cuidados intensivos neonatal del Instituto Roosevelt, en Bogotá.

Llevo más de 20 años enamorada de esta labor. Es una pasión que ni el cáncer ha mermado. Esa enfermedad, por el contrario, me ha hecho ser una enfermera mucho más cercana con mis pacientes, sensibilizarme con su dolor porque yo, más que nadie, sé de qué se trata. Los bebés y los niños hacen que yo separe las situaciones; ellos no entienden por lo que yo paso, pero me motivan porque son pacientes muy pequeños que necesitan de nuestra atención, ayuda y amor.

El secreto está en ponerle el corazón a todo lo que uno hace y darles un valor agregado a las cosas. Yo no limito mi profesión a la función de ser una enfermera, a mí me gusta ir más allá. Si yo puedo ayudar a una mamá de otra manera, lo hago: organizar un servicio, conseguir onces de un cuidador que no ha desayunado e, incluso, sentarme a hablar con ellos para conocerlos. ¡Esto en definitiva alimenta el alma!

Una larga historia de cáncer

Ahora volvamos a la historia de mi enfermedad. Es preciso confesar que 20 miembros de mi familia materna han tenido cáncer y varios de ellos han fallecido, entre ellos mi madre, a quien perdí hace cuatro años por cáncer de cuello uterino. Lastimosamente, el cáncer de ovario no se detecta por medio de una citología, y en mi caso todos los exámenes de rutina que me había practicado salían normales.

Después de las intervenciones quirúrgicas y las quimioterapias me sané y estuve tres años con la enfermedad controlada. Sin embargo, el oncólogo que me ha tratado desde el inicio notó que había cambios significativos en los resultados y que el cáncer se había reactivado, haciendo metástasis en ganglios linfáticos –agregados celulares que apoyan el sistema inmunológico del cuerpo–, y desde allí lucho de nuevo contra una enfermedad que no me hace pensar en la muerte, sino en convertirme en un profesional mucho más humano y consciente.

He tenido que luchar incluso con la pérdida de mi esposo, Raúl Flórez, quien murió en mayo del 2008, a los 35 años. Llevábamos 17 años juntos, nos conocimos cuando ambos teníamos menos de 20 y vivimos un romance muy bonito y significativo para mí. Verlo morir tan joven ha sido de las pruebas más difíciles que he tenido en la vida.

Su partida fue muy dura, y recuerdo que ese día me senté en la capilla del hospital y le agradecí a Dios por haberme dado la oportunidad de disfrutar mi vida a su lado y por haberme dado dos hijas. Hoy, María Alejandra tiene 25 años y es practicante de psicología y Laura Juliana, de 15 años, va en cuarto de bachillerato.

Confieso que he tenido momentos muy difíciles en mi enfermedad, y en este camino quedamos las tres. María Alejandra, al ser una persona más madura, me dice: “Mami, si tú sientes en algún momento que ya no puedes, que no tienes fuerzas, quiero que estés tranquila, y no es necesario que te sacrifiques más por nosotras”. Ellas tienen la conciencia de que, en algún momento, si es la voluntad de Dios, mamá no va a poder seguir.

El año pasado tuve el momento más complicado: me salió una masa en el músculo del glúteo derecho que se complicó, su tamaño aumentó a tal punto que me comprometió el nervio ciático, causándome un dolor muy fuerte y limitante. Aparte de todo, también hice un linfedema debido a que no tengo los ganglios de la pierna derecha, los cuales drenan el líquido linfático, y, sumado a todo, hice un trombo en la vena femoral, aumentando la inflamación y el dolor. Llegó un punto en el que pensé: Señor, no puedo más, el dolor ya es difícil de controlar ¡Por favor, ayúdame!

Luego de cinco radioterapias, a Dios gracias, la inflamación logró bajar y pude regresar a trabajar.

En el momento del turno que se requiera mi apoyo como enfermera, corro y ayudo. El dolor lo olvido, lo inhibo por completo

Un mal pronóstico

De los cuatro médicos que hasta el momento me han tratado, solo uno me ha dicho que tengo esperanza de vida; de resto, ya me han solicitado que pida incapacidad permanente porque no se puede hacer nada más.

Yo pienso que ellos, como médicos, tienen razón; yo tengo una enfermedad muy avanzada, una masa grande en el glúteo, tengo un tratamiento de quimioterapia vía oral, que es paliativa, y una afectación en los ganglios del abdomen que va en aumento. Desde el punto de vista médico, en cualquier momento me puedo complicar, y hasta ahí llegué. Pero, desde el punto de vista espiritual, eso lo decide Dios. Hasta que él me dé fuerzas, yo me voy a parar y voy a seguir luchando.

Hace un mes volví a trabajar al Instituto Roosevelt, luego de una incapacidad de cuatro meses, y ese día lloré de felicidad. Lloré porque me pude volver a colocar mi uniforme, porque volví a mi sitio de trabajo, ahí le dije a mi coordinador: ‘¡A mí me encanta, este es mi mundo!’. Sentí nuevamente los pitos de la UCI neonatal, el llanto de los bebés; realmente, ¡esta es mi vida!

Considero muy importante aferrarse a la vida, creer en un ser superior y en sí mismo, no desconocer el papel que otros tienen en nuestras vidas y agradecer sinceramente cada gesto que una persona tiene con nosotros. Para mí, la enfermedad no ha sido un obstáculo sino un punto de partida, creo que la esperanza y la fe pueden definir el irse o el quedarse batallando.

JAQUELINE CHÁVEZ*
Especial para EL TIEMPO

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA