Salud

El deporte, una alternativa que salvó a Álvaro Sandoval de la insulina

Una sentencia le cambió la vida: estaba al borde de la diabetes por el sobrepeso y el sedentarismo.

Álvaro Sandoval

Sandoval, periodista de profesión, entrena tres o cuatro veces a la semana y lleva una dieta saludable.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

10 de noviembre 2017 , 04:50 a.m.

A finales de septiembre del 2011, la médica de la EPS me envió a hacerme exámenes de rutina. Con 129 kilos de peso para mi era normal no solo una visita periódica al laboratorio clínico, sino que en los resultados aparecieran triglicéridos o colesterol con indicadores altos, y que eso condujera al respectivo jalón de orejas del profesional médico de turno, sumado a una remisión con el especialista en nutrición a la que nunca asistía.

Por años la escena se repitió una y otra vez; sin embargo, en esta ocasión un nuevo factor entró en juego: el azúcar en mi sangre estaba tres veces por encima de lo normal.

Sin haberle presentado los resultados a la médica ya sabía que la situación era para asustarse, pues provengo de una familia de tíos y primos con diabetes. Como suele decir mi primo Guillermo (el doctor): “la familia nos condenó”.

El escenario era muy sencillo: riesgo de diabetes alto y un glucómetro y una jeringa con insulina a la vuelta de la esquina, de por vida.

Cuando ingresé al consultorio la médica revisó los resultados me miró y me preguntó: “¿cuántos hijos tiene?”.

Dos, le respondí; una niña de 5 años y un niño de casi dos. Enseguida ella dijo algo que me cambió para siempre: “si usted sigue con esta vida no va a llegar a la primera comunión de su hija”.

Siempre he creído que toda gran decisión en la vida está motivada por una fuerza arrolladora que la impulsa. En mi caso, ese empujón llegó de repente y por mi ‘lado flaco’: mis hijos, mi hogar. Salí del consultorio devastado por la sentencia de la médica –a la que por cierto nunca volví a ver–, pero decidido a hacer algo.

De inmediato llamé a la médica Andrea Calderón, que por años me había atendido en la EPS con medicina complementaria, pero a la que nunca tomé tan en serio como debía.

Lo que estaba sucediendo era consecuencia de una dieta sin control en la que los antojos eran una ‘recompensa diaria’
, sumada a años de sedentarismo en los que no hice otra cosa que moverme entre mi casa y la oficina.

Álvaro Sandoval

Álvaro muestra una de las tantas medallas que atesora en su casa.

Foto:

Archivo particular

La cuenta de cobro

Calderón ya no trabajaba en la EPS en la que estoy afiliado, pero la situación bien ameritaba pagar una consulta privada. Al día siguiente estaba sentado frente a ella y por supuesto su reacción no fue menor, en especial, con tantos años de conocernos: “¡Ayyy Alvaro, qué pasó! ¡Te lo dije, tenías que cuidarte! ¡Esto es delicado!”.

Y como es normal en ella, con su tremenda franqueza me dijo: “hay dos caminos, el primero es empezar a inyectarte insulina para normalizar el azúcar y el segundo es hacerme caso”.

No había mucho que pensar. Ese mismo día empezamos un tratamiento con acupuntura, sueros, malteadas, gotas y muchas otras cosas que hoy ya no recuerdo. Todo esto, acompañado de una estricta dieta con solo una harina al día y cero azúcar. Este último criterio ha cambiado un poco en los últimos años, excepto por la gaseosa que llevo sin probar desde el 2011.

Por supuesto, la situación exigía un esfuerzo mayor, había que dar un ‘golpe sobre la mesa’ de mi vida y al día siguiente me metí a un gimnasio. Pagué la inscripción anual, mientras la recepcionista seguro pensaba en su interior que no pasaría de la primera semana. Pero se quedó con los crespos hechos porque durante ese año fui hasta seis veces por semana.

Durante el primer mes de tratamiento nos vimos con la médica cada semana y el esfuerzo dio sus frutos: 40 días después del examen que desató esta tormenta los niveles de azúcar en la sangre reportaron normalidad y hasta el momento eso no ha cambiado, por no hablar de otros resultados como triglicéridos, colesterol, ácido úrico y la hemoglobina glicosilada.

Superado el primer año en el gimnasio, pagué el segundo, pero esta vez no aguanté sino tres meses. Me cansé de verme correr en el espejo frente a la banda y decidí hacerlo en la calle sin imaginarme lo duro que es el asfalto.

Álvaro Sandoval

En el 2007, en Segovia (España), cuando pesaba 120 kilos.

Foto:

Archivo particular

Disciplina, la clave

La idea es entrenar entre tres y cuatro veces por semana. Martes y jueves me levanto a las 4 de la mañana y a las 4:20 ya estoy en la calle para correr de 5 a 10 kilómetros, y los sábados y domingos la cita es a las 6 a. m. e intento recorrer de 12 a 15 kilómetros.

A esta rutina se suma una alimentación donde intento controlar el consumo de harinas y restrinjo al mínimo el azúcar, sin que eso quiera decir que no me derrita ante una tartaleta de arequipe. Eso sí, la idea es que si un día me excedo, en los siguientes me controlo.

Tan solo unos meses después de rodar por las calles de mi barrio me inscribí para participar en mi primera competencia, una 10K (10 kilómetros) y allí fui consciente de lo mucho que quería hacer esto por el resto de mi vida; encima, para mediados del 2013 había bajado a 92 kilos. Con esos kilos de menos no solo se impactaron positivamente mis niveles de azúcar, sino que desaparecieron los insoportables dolores de cabeza con que me levantaba cada mañana fruto de la apnea del sueño. Y atrás también quedó la respiración agitaba con cada paso de prisa que daba o el sudor en la frente y el cuello producto de mover toda esa humanidad.

A la primera 10K –en 2013– se sumaron otras cinco ese año (van 19). Luego vinieron las carreras de 15K (van 5) y las de 21K (van 3), en total más de 7.000 kilómetros desde que llevo el registro.

Como es normal, en este camino se han presentado altibajos, unas veces por falta de disciplina y otras por lesiones que me han impedido –por meses– salir de madrugada a correr kilómetros, y eso ha repercutido un poco en el peso, porque no hay nada más ingrato que el ejercicio.

No obstante, la voluntad de avanzar se mantiene porque está claro que no quiero volver a pasar por lo sucedido. Por el contrario, estoy convencido de que este camino me tiene retos mayores como el de correr una gran maratón; un deseo y un reto pendiente.

A propósito, mi hija hizo su primera comunión hace dos años y dos meses… y ya pronto será la de mi hijo.

(Álvaro 1 - Médica 0).

ÁLVARO SANDOVAL
​Para EL TIEMPO
​Twitter: @sandovalalvaro

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