Salud

¿El sexo afecta el rendimiento deportivo?

Expertos explican las consecuencias de tener relaciones antes de las competencias.

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Se ha confirmado que el ejercicio, por la vía de la testosterona, aumenta de manera significativa las ganas, tanto en hombres como en mujeres.

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Ilustración: Gio

21 de agosto 2016 , 03:52 p.m.

“Como esto es un deporte de fuerza, pongo la mente en blanco, pero también voy pensando en algo de sexo, porque eso aumenta la capacidad de la testosterona”, dijo el pesista colombiano y medallista olímpico Óscar Albeiro Figueroa, al referirse a las claves de las que echa mano para lucirse en competencia.

Aunque un hombre de 33 años, sano y además deportista, como Figueroa, no necesita estar en competencia para pensar en sexo –simplemente porque los señores como él siempre están pensando en eso–, las palabras del medallista nos dan la excusa para analizar el mito de que los polvos tienen un efecto negativo en los competidores de alto rendimiento.

En los Juegos Olímpicos de Río esta creencia se quedó sin piso con la sola decisión de los dirigentes de dejar a disposición de los deportistas de la villa olímpica 450.000 condones (350.000 masculinos y 100.000 femeninos). Y si en las justas participaron 10.000 atletas, una cuenta rápida nos dice que a cada deportista le corresponderían unas 45 encamadas. Si la cifra se proyecta a 20 días, nos da una media de 2 faenas diarias por deportista. Nada del otro mundo, a decir verdad, en una población de jóvenes físicamente sobresalientes, reunidos en el mismo espacio y con el estímulo perverso de ser los protagonistas de un evento único, y para muchos de ellos irrepetible.

Pero vuelvo a la creencia de que catre y deporte no suman medallas, pues el asunto ha tenido incluso respaldo científico. Un estudio de 1975, publicado en ‘Journal of the American College Health Association’, concluyó que “los atletas llegan dóciles, como gatitos, después de haber tenido relaciones sexuales la noche anterior a un juego”.

Aquello de erradicar la actividad infraumbilical de los estadios se remonta a la antigua Grecia, donde se creía que el prosaico semen venía del cerebro y que además era una especie de “sustancia divina”, razón por la cual regarla por ahí, sin ton, ni son, producía desequilibrios mentales y una debilidad tremenda en el cuerpo.

La idea que saltó campante de siglo en siglo, al punto de que en el XIX una norma del ejército gringo les sugería a los soldados no desperdiciar el valioso fluido en tiempo de batallas.

“Conservación espermática” se llamaba a esa aburrida abstinencia que se convirtió en una exigencia hecha por muchos entrenadores porque, según la creencia, eso se traducía en una agresividad que podría ser de utilidad en algunos deportes. Idea que, sin mayor sustento, se mantiene hasta nuestros días.

Para la muestra está lo que dijo el técnico de la selección mexicana de fútbol en el pasado mundial, Miguel el ‘Piojo’ Herrera: si un jugador no puede prescindir del sexo por 20 días, no merece llamarse futbolista profesional.

Lo cierto es que a todo esto le ha faltado ciencia y le ha sobrado especulación. Hace unos años la investigación titulada ‘College coaches, attitudes toward pregame sex’, publicada en ‘The Journal of Sex Research’, mostró que cuatro de cada 10 entrenadores en EE. UU. no tenían ni la más remota idea de si dedicarse al aquello la noche anterior afectaba el rendimiento de sus deportistas; y lo más llamativo: solo el 9 por ciento dijeron que lo disminuía.

El recelo que aún despiertan los polvos en las pistas se fundamenta en la premisa de que estos requieren un esfuerzo que deja desgonzados, cansados y con sueño a los deportistas.

Para mí, son bobadas. Y otros análisis se han encargado de derribar esos conceptos. Por ejemplo, hoy se sabe que una faena bajo las sábanas consume entre una y cinco calorías por minuto; es decir que en un ‘rapidito’ sin mayores aspavientos podrían gastarse entre 60 y 300 calorías; algo sencillamente poco y que derrumba lo del excesivo consumo de una energía que no se puede recuperar en pocas horas.

Por otro lado, resulta que nuestro dorado Figueroa no está tan desfasado en aquello de los beneficios de la testosterona, porque también se ha demostrado que las encamadas regulares y con gusto aumentan la cantidad de esta hormona, que, dicho sea de paso, sí mejora el rendimiento muscular. Nuestro levantador de pesas sí se equivoca en aquello de que él logra aumentar los niveles de dicha hormona a punta de pensamientos con contenido sexual. No, campeón, la cosa es en el catre, así que ya sabe... Para la próxima.

En el mismo sentido se ha confirmado que el ejercicio, por la vía de la testosterona, aumenta de manera significativa las ganas, tanto en hombres como en mujeres, condición que, tal vez, fue el motivador para que la brasileña Ingrid Olivera extendiera su disciplina de clavados hasta la cama del remero Pedro Gonçalves, la noche anterior a su debut en Río de Janeiro, por lo que se discutió su expulsión de los aposentos olímpicos.

Según José Moncada y Yamileth Chacón, dos investigadores de Costa Rica que se dieron a la tarea de revisar cientos de estudios al respecto, nada indica que los polvos y el deporte no sean antagónicos.

Así que bienvenidas sean las encamadas de los deportistas. Y no olviden usar los condones, que, así tengan impresos los anillos olímpicos, no son para llevarlos de suvenir. El sexo sin protección, que no se les olvide, los puede sacar de la competencia, e incluso de vida. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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