Religión

Francisco, el papa que ‘sacude las aguas’

La vida del sumo pontífice ha estado marcada por su trabajo por los menos favorecidos.

Vida del Papa Francisco

Francisco cumplió cuatro años en el Vaticano.

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Andreas Solaro / AFP

03 de septiembre 2017 , 04:44 a.m.

‘Hacer lío’, ‘quilombo’, ‘sacudir las aguas’ son tres expresiones que en Argentina se asocian a un nombre pronunciado a boca llena: el papa Francisco.

Están en la voz de los vendedores ambulantes que las usan para conseguir ventas en los trenes que van al sur: “A ver niños, hagan lío, que ya lo dijo Francisco –dice el vendedor en la estación de Liniers, en una Buenos Aires pobre y más parecida a otra ciudad latinoamericana–. Pídanle a sus papás que les compren estos caramelos, hagan lío, hagan lío”, jugando con las palabras que pronunció el Papa en Río de Janeiro.

El sumo pontífice está en la política diaria, en la televisión –donde aún se discute si es de tendencia kirchnerista, peronista o si se reunió dos segundos menos con el presidente Mauricio Macri que con la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, como si él no representara ya una figura política de peso internacional– o en las villas donde hay cientos de personas que fueron confirmadas o bautizadas por el entonces padre Jorge.

En Buenos Aires, nadie esconde el orgullo de tener Papa argentino, se lo apropian y es tan argentino como el lapicero o el colectivo que dicen haber inventado aquí. Pero tampoco ocultan el desconcierto por no haber sido visitados, algo que también, cómo no, en la tierra del debate ha generado encarnizadas discusiones.

Que si no viene es para no inmiscuirse en la política; que hay otros países con más urgencias que Argentina; que si viene es en el 2018 tras la contienda electoral que se avecina.

Con todo, el papa Francisco no escapa al debate en un país donde la dualidad –ser de Boca o River, kirchnerista o macrista, preferir a Soda Stereo o a Los Redonditos de Ricota– es parte del ADN, y del papa Francisco se habla como si fuera un conocido que les pertenece a todos.

Pero ¿quién fue Francisco antes de ser el Papa? ¿Quién es Bergoglio, el padre Jorge, el tío o, para quienes trabajan en las villas, el jefe? ¿Quién era y cómo ese antes puede explicar sus gestos y actos del papado que ya cumple cuatro años?

Inmigración y política

La historia del papa Francisco comienza, si se quiere, en un barco. Como muchos de los argentinos, viene de una familia de inmigrantes.

Sus abuelos y su padre arribaron al puerto de Buenos Aires en 1929 desde la zona de Piamonte, en Italia, y más adelante, sus padres se instalaron en el barrio Flores, donde nació el pequeño Bergoglio el 17 de diciembre de 1936.

En ese mismo barrio de clase media es donde hay paredes que dicen: “Esta es la Comuna del Papa”; “el Papa es de Flores” y se ubica la iglesia en la que un 21 de septiembre, el día de la primavera, el joven Bergoglio tuvo su llamado vocacional. Esa historia inmigrante es la que, según le dijo a EL TIEMPO su sobrino José Ignacio Bergoglio, lo hizo privilegiar en el 2013 la visita a Lampedusa, lugar al que llegan refugiados que huyen de la guerra en Siria.

Al papa Francisco su pasado lo conecta con una de las crisis más graves que enfrenta Europa: la llegada de cientos de miles de inmigrantes a las playas griegas o a Italia, y que ha implicado exigencias normativas y políticas para los Estados de la Unión Europea en un momento en que abundan los nacionalismos.

“Hay algo que no funciona en la Unión Europea, se necesita creatividad. Se necesita una nueva Unión”, dijo el sumo pontífice tras su viaje a Armenia.

Su historia permite también entender su postura más universalista frente a la migración, con respuestas como la que dio en la Universidad Rome Tre a Nour Essa, una joven refugiada siria que él ‘adoptó’ y llevó a Roma desde Lesbos, Grecia. “La migración no es un peligro, es un reto para crecer”, dijo. Essa no fue la única siria que viajó con el Papa de Lesbos a Roma. En esa oportunidad, él se llevó a vivir al Vaticano a dos familias musulmanas refugiadas e hizo un llamado a los países a integrar a los migrantes a la sociedad.

La integración de su familia a Argentina llevó al papa Francisco a crecer en un barrio de clase media al que llamaban ‘de las casitas baratas’, donde jugaba en la plaza Herminia Brumana antes de sumergirse en los libros de teología y de química, que ocuparon su tiempo de juventud.

El hoy jerarca de la Iglesia católica creció en un ambiente político dominado por el movimiento peronista, que apostaba por la justicia social y la ampliación de los derechos de los trabajadores, otra de las consignas que se le escuchan en estos años de papado, como la que pronunció a su paso por Génova, donde criticó que “el sistema político favorezca al que especula y no al que invierte y cree en el trabajo”.

Sin embargo, y a pesar de haber surgido en medio de ese movimiento de “nacionalismo continental católico, el Papa no es un liberal”, afirma Austen Ivereigh, autor de la biografía ‘El gran reformador: Francisco, el retrato de un Papa radical’.

“Bergoglio era una combinación de dos cualidades que raramente se encuentran juntas en una generación. Tenía el genio político de un líder carismático y la santidad profética de un santo”, escribió Ivereigh en el libro.

El contexto de la Iglesia

Antes de ser el padre Jorge, como le gustaba que lo llamaran, Bergoglio fue técnico químico y trabajó en un laboratorio. Pero la decisión sacerdotal estaba tomada y en 1969 se ordenó en la Compañía de Jesús, lo que también le dio una perspectiva del mundo desde el movimiento jesuita, cuyas bases –“acompañar, discernir, integrar”– aún están presentes en sus palabras.

Sin embargo, su salud fue una primera prueba a esa vocación. A los 21 años, sufrió de una neumonía y le fue extirpado parcialmente el pulmón derecho.

El sacerdocio de Bergoglio, quien llegó a ser el Provincial de la Compañía de Jesús, avanzó en el contexto de una Iglesia argentina divida entre una cúpula conservadora y otra que llamaba al trabajo con los más pobres.

Así, desde los años 60 la Iglesia trabajaba en las villas miseria (barrios pobres), y en los 70 varios sacerdotes fueron a vivir en ellas, con las comunidades.

Bergoglio dio un apoyo nuevo a los curas villeros y buscó a sacerdotes que estaban por la opción de los pobres

Algunos como el padre Carlos Mugica, asesinado en 1971, o el padre José ‘Pepe’ di Paola, inauguraron lo que hoy se conoce como los curas villeros.

“Siendo arzobispo, Bergoglio dio un apoyo nuevo a los curas villeros y buscó a sacerdotes que estaban por la opción de los pobres. Fue un trabajo vinculado a buscar soluciones a los problemas habitacionales, de agua, a partir de un reconocimiento de los valores que guarda la religiosidad popular”, explica a este diario el padre Charly Oliveiro, cura de la villa 21-24, en Buenos Aires.

En este barrio lo recuerdan bien. Bergoglio llegaba en el colectivo 70, visitaba enfermos y conversaba con la gente. En una cartelera ya ajada por el tiempo, se ve una foto donde un grupo de niños posa orgulloso junto con el padre Jorge. Ya siendo Papa, algunos de ellos lo visitaron en Roma. De esa visita, el padre Charly recuerda algo que revela una vez más al papa Francisco, en sus gestos. “Estaba feliz y hablaron una hora y media. Nosotros íbamos con el pasaje pagado, pero no teníamos plata para nada más. Así que al final se me acerca y me dice: ‘¿Tienen plata?’. Y yo le dije: ‘La verdad no, padre’. Me dice: ‘Vení, acompáñame’, y de camino a su habitación me da dinero para los chicos durante el viaje”.

“En el camino le dije: ‘Padre, estuvo bien en América Latina’. Y me dice: ‘¡Uy!, no sabés qué bocanada de aire fue para mí. Son muchas dificultades, esto no lo busqué, yo hago lo que debo hacer y lo que mi conciencia me dice que hay que hacer’. Me gustó tanto verlo así entregado, más allá de las dificultades que pudiera encontrar. Era la persona elegida”, cuenta el padre Oliveiro, que trabaja temas de adicción a drogas, otro de los asuntos que preocupan al Papa.

Y aunque hay un consenso general de que el trabajo de Bergoglio le permitía ser el elegido, hay quienes consideran que su actitud calificada de tibia durante la dictadura militar argentina es el lunar en su historia.

Sombra de dictadura

Entre 1976 y 1983 miles de argentinos fueron secuestrados y desaparecidos por los militares.

Bajo torturas, que se infligían en la sede de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), muchas mujeres dieron a luz a hijos que fueron robados por miembros de las fuerzas armadas.

Las detenciones y vejámenes llegaron también a varios sacerdotes y misioneros que trabajaban en los barrios.

En el 2010, el diario ‘Página 12’ publicó testimonios de personas que señalaban que Bergoglio, entonces jefe de los jesuitas, había retirado el apoyo a los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes fueron detenidos por los militares y llevados a la Esma durante cinco meses.

Por ese caso, Bergoglio fue llamado como testigo en la causa. Su imagen, en un estrado improvisado en el Arzobispado de Buenos Aires hasta donde se trasladó el tribunal, dando sus datos de identificación y nacimiento mientras las cámaras lo grababan, es inédita para un Papa.

“Ni Jalics ni Yorio me reprocharon nada –dijo Bergoglio aplomado–. Tal vez hubo algún comentario de Yorio de que quizá los había descuidado un poco, pero la palabra ‘entregado’ nunca estuvo”, explicó ante las preguntas de Luis Zamora, abogado querellante de la causa de la Esma.

Bergoglio recordó también que se reunió en dos oportunidades con Emilio Massera, el segundo de la dictadura, para pedir la liberación de los sacerdotes. “Mire, Massera, yo quiero que aparezcan”, se oye decir a Bergoglio en esa audiencia. “Fue una reunión muy fea y duró menos de diez minutos”.

Más allá de esas críticas, personas vinculadas a la lucha de derechos humanos en Argentina han sido categóricos en la defensa de Bergoglio. “El Papa no tenía vínculos con la dictadura”, ha dicho el nobel de paz Arturo Pérez Esquivel.

Estela de Carlotto, líder de las Abuelas de Plaza de Mayo, ha señalado: “Una parte de la jerarquía fue cómplice, pero de Bergoglio siempre escuchamos historias de que fue solidario con las víctimas”.

Ese momento, que, según Federico Wals, exsecretario de prensa de Bergoglio, fue uno de los más complejos y lo perseguiría hasta su papado aunque nunca hubiera existido una acusación contra él.

El populismo del Papa no tiene como propósito la popularidad, sino la proximidad

Quienes más conocen al papa Francisco cuentan que siempre, al terminar una carta, escribe con una letra diminuta: “Por favor, rece por mí”.

Lo ha hecho desde siempre, pero aún hoy, quizá porque sabe a lo que se enfrenta en el poder del Vaticano. Existe, de hecho, una red mundial de oración por él, con una web en la que se publica mensualmente ‘El video del Papa’ y él envía todo tipo de saludos y mensajes: para los artistas, los refugiados, el Super Bowl y los periodistas que, religiosos o no, han caído embrujados ante él.

Francisco no solo es uno de los papas más mediáticos de la historia (con 13 millones de seguidores en su cuenta de Twitter en español). También tiene actitudes bien conocidas: pagó personalmente su cuenta en el albergue donde se hospedó la noche del cónclave; no vive en el apartamento papal; ha lavado los pies de doce presos, entre muchos otros.

Pero esos gestos, que en Argentina no sorprenden, han hecho que también en el mundo haya quienes lo llamen populista.

“Es uno de los populistas más exitosos. El populismo del Papa no tiene como propósito la popularidad –algo que no necesita, pues es más popular que cualquier otro político–, sino la proximidad. Este es un pontífice al que le gusta acercarse”, escribió Austen Ivereigh en ‘The New York Times’. Oliveiro, el cura villero, tiene otra opinión. “Seguramente hay quienes quisieran un mensaje más ‘light’ que no implique tanto compromiso. Cuando él dice que el otro es un don; que no hay que levantar muros, ni dejar al otro morir en el Mediterráneo, ni meter más leyes que dificulten la inmigración; o cuando plantea cosas que tienen que ver con la fe cristiana, evidentemente da un mensaje que un sistema más centrado en el dinero no quiere escuchar. Cuanto más se entiende su mensaje, más se dividen las aguas”, agrega.

Pero para el papa Francisco, las aguas han sido turbulentas en muchos momentos. Primero, recibió el papado en medio de una crisis ocasionada por las revelaciones de los ‘Vatileaks’, que denunciaban los manejos corruptos del banco del Vaticano.

Y ha tenido como tema transversal en estos años los casos de pederastia de miembros de la Iglesia en el mundo (en Australia se investiga a 1.880 sacerdotes), que tocaron su más alto nivel cuando el cardenal George Pell, tesorero del Vaticano, fue señalado de abuso sexual de cinco personas en ese país.

Pell regresó a Australia para responder por estos cargos y su partida ha sido interpretada por los periodistas que cubren el Vaticano como un alivio para el Papa frente a una de sus principales polémicas de los últimos años: su posición sobre la comunión para los divorciados y los que se han vuelto a casar, que ha generado la oposición de cardenales como Pell.

Para algunos, la actitud de Francisco ante los casos de pederastia es tibia. Él ha tomado medidas como la creación de la Comisión para la Tutela de los Menores, integrada por víctimas de sacerdotes, que reclaman, sin embargo, una mano más firme contra los pedófilos.

“El sufrimiento, la historia y el dolor de los menores que fueron abusados sexualmente por sacerdotes es un pecado que nos avergüenza, porque eran personas que tenían a su cargo el cuidado de esos pequeños y han destrozado su dignidad”, escribió el papa Francisco en una carta dirigida a los obispos en la que los invitó a tener tolerancia cero con los casos de abuso sexual.

Al interior de la Iglesia, Francisco se ha enfrentado también a batallas sobre la doctrina de la fe, especialmente por su exhortación ‘Amoris laetitia’, que hablaba del amor en familia y dejó la puerta abierta para el retorno de los divorciados a la Iglesia.

A esta se opusieron públicamente cardenales como Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner (quien acaba de morir a los 83 años). Mientras, el cardenal Gerhard Müller, jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tenía una posición más cauta.

Recientemente, Müller fue marginado del cargo y se quejó públicamente de la forma en que Francisco lo apartó, según él, sin razón aparente.

El Papa ha tocado así fibras sensibles y lo sigue haciendo. Pero falta aún para saber si la revolución de gestos y hechos del sumo pontífice modifica más profundamente a la Iglesia. Por lo pronto, entre alabanzas, críticas y bemoles, Francisco, quien desembarcó en Roma como una vez lo hicieron sus abuelos inmigrantes en Argentina, es un hombre que sí está haciendo lío.

CATALINA OQUENDO B.
Especial para EL TIEMPO
En Twitter: @cataoquendo
Buenos Aires

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