Religión

Francisco, un papa muy colombiano

Habló de paz pero no de política, del Nacional y del América, de lo fecunda que es nuestra tierra.

Papa Francisco en Bogotá

El pontífice dejó ver su alegría durante el evento con los 22.000 jóvenes católicos en la plaza de Bolívar.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

07 de septiembre 2017 , 09:31 p.m.

Los mensajes del papa Francisco en su primer día en Colombia fueron emotivos y estratégicamente aterrizados. Es evidente que conoce todos esos contrastes de nuestro país: desde la fe hasta el desconsuelo, de la miseria a la opulencia, del más profundo dolor a la más terca esperanza. Y también se nota que se asesoró bien a la hora de escribir los discursos con tantísimo detalle –con los obispos colombianos, con el nuncio apostólico Ettore Balestrero; tal vez con monseñor Mauricio Rueda Beltz, el bogotano que organiza sus viajes– pues fue al grano. El Papa argentino, como dicen en su país, vino a dar lío, a agitar las aguas.

Habló de los desafíos de la paz, con contundencia y sutileza, y dejó claro que su visita está por encima de intereses políticos o electorales. Habló de lo fecunda que es nuestra tierra y de la biodiversidad que nos rodea entre selvas, mares y montañas, como un regalo de la creación que es necesario preservar; nombró al Chocó –esa tierra a la que quiso ir, pero que fue descartada por los inconvenientes políticos– y evocó a san Pedro Claver en su travesía por el río Magdalena desde Cartagena hasta Bogotá. Citó a Gabo e incorporó sus palabras con apartes de nuestro himno nacional. Habló del Atlético Nacional y del América de Cali, de esa bebida tan colombiana que es el refajo. De costeños y cachacos.

“Uno se da cuenta cuando él escribe sus discursos y este es uno de estos. Se ve que conoce Colombia. Vuela alto porque no habla específicamente del acuerdo de paz, pero habla de la unidad entre los colombianos”, reflexiona la periodista italoargentina Elizabetta Piqué, biógrafa y amiga personal del Papa, a propósito del discurso que pronunció en la plaza de Armas del Palacio de Nariño ante el presidente Juan Manuel Santos.

A las 9:20 a. m., Francisco recordó que venía a Colombia siguiendo la huella de sus predecesores: el beato Pablo VI y san Juan Pablo II: “Y como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos”.

Y destacó los esfuerzos que se han hecho en las últimas décadas para ponerle fin a la violencia armada. “(…) Los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. (...) Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses solo particulares y a corto plazo”, siguió el santo padre.

También hizo un llamado al país para que escuche y mire a los pobres y a los que más sufren. “Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz”.

Más adelante, tal vez evocando sus épocas de sacerdote jesuita y profesor de literatura en un colegio de Buenos Aires hizo gala de sus dotes narrativas. “Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos”.

Terminado su discurso, los niños que aguardaban en la tarima se abalanzaron hacia él y lo rodearon. Y ante la distinguida concurrencia dijo: “Gracias a estos niños por romper el protocolo y hacerlo más humano”.

Vital entre los jóvenes

Del Palacio de Nariño llegó a la plaza de Bolívar. El día estaba esplendoroso: el cielo despejado y el sol intenso sobre los 22.000 entusiastas jóvenes que aguardaban por él y que llegaron desde las 3 de la mañana para recibir su bendición. Apenas se asomó en la esquina suroriental de la plaza, el lugar estalló entre aplausos y gritos de júbilo. “Esta es la juventud del Papa”, se escuchaba en coro.

Francisco recorrió un camino abierto entre la multitud, alzó a varios niños, bendijo a los enfermos, abrazó a una monjita ya mayor y recibió la llave de la ciudad –de madera, elaborada con restos de una puerta del ‘Bronx’– de manos del alcalde Enrique Peñalosa. Y luego entró a la catedral a su encuentro con la patrona de Colombia: la Virgen de Chiquinquirá. Pidió verla y la trajeron en helicóptero.

El de la catedral fue un acto privado con sacerdotes y obispos jubilados y sus familiares. Y se dirigió a la capilla donde reposa colgado el lienzo de la virgen de Chiquinquirá. Y allí se inclinó ante su imagen y permaneció silente, ensimismado, en una profunda oración.

Su próxima aparición fue en la ventana del Palacio Cardenalicio junto con el cardenal colombiano Rubén Salazar. La misma en la que se asomaron Pablo VI y Juan Pablo II. Y paso seguido dijo que sabía que entre esa multitud había cachacos, costeños, paisas, vallunos, llaneros, y los invitó a mantener vida la alegría, a soñar en grande, a saberse amados por Cristo, a no dejarse contagiar por los dolores del pasado.

En horas siguientes el Papa se reunió con los obispos colombianos y con los latinoamericanos y del Caribe. Descansó un rato. Sobre las 4 de la tarde hizo su arribo al parque Simón Bolívar. La misa campal fue apoteósica. El optimismo y la energía sobrecogedora se percibían. El Papa vino a agitar las aguas, a despertar ese optimismo que parece perdido en una Colombia tan dividida y tantas veces sin ilusiones.

Pero como bien lo dice el eslogan de su visita, debemos ‘Dar el primer paso’, y ojalá le hagamos caso.

JOSÉ ALBERTO MOJICA
Periodista acreditado ante el Vaticano

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