Religión

¿Cómo fue tener que ponerle la curita al Papa?

Médico de dos sumos pontífices en Colombia, Francisco Holguín, cuenta sus experiencias.

Francisco Holguín, médico del Papa

El doctor Holguín trabaja desde hace 35 años en la Fundación Santa Fe.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

16 de septiembre 2017 , 11:20 p.m.

Usted no solo fue el médico encargado del cuidado del papa Francisco en su reciente visita a Colombia, sino que había cumplido el mismo papel durante la visita, en 1986, de Juan Pablo II. Claro que en esa época era pelinegro y ahora es peliblanco. ¿Cómo es la experiencia de ser médico no de uno, sino de dos papas?

Me llena de una satisfacción muy grande y de unas emociones muy especiales. Son experiencias muy gratificantes e inolvidables.

¿Qué diferencia habría entre las labores que le tocó cumplir con los dos papas? No solo tenían personalidades muy distintas, sino que eran épocas muy diferentes del país.

Juan Pablo II era una persona muy pragmática, muy inteligente, muy seria. Era seco; vivía meditando, era muy introvertido. Yo lo miraba ahí sentado durante su visita y pensaba que debía estar hablando con Dios. Era muy muy concentrado, muy callado. Indudablemente, durante las visitas daba muestras de compenetrarse con la gente, pero diría que de manera muy fría. Le tocaba la cabeza a algún niño, acariciaba a alguna monjita o alguna cosa, y seguía.

Este papa Francisco es absoluta y completamente lo opuesto. A este le brota la necesidad de mezclarse con la gente, sobre todo con la más humilde, de tocar, de abrazar, de que lo sientan. Eso enloquece a las personas y eso fue lo que yo presencié.

¿Pero vio una diferencia grande en cuanto al entusiasmo con el que la gente recibió a Francisco, comparado con Juan Pablo II?

Indudablemente. Yo nunca he visto una movilización de personas en Colombia por ningún motivo, ni por políticos, ni por músicos, ni por deportistas, ni por Santos ni por papas anteriores, como pasó ahora con Francisco.

¿Cómo es el día de un médico del Papa? Primero que todo, ¿lo examina cuando llega al país o, digamos, ya viene examinado?


Él viene como cualquier otro jefe de Estado, con una enorme reserva de su historia clínica. La preparación es muy meticulosa. En ambas visitas hubo muchas reuniones previas de información, pero con Juan Pablo II fue todo muy formal, sin mayor problema a pesar de que él venía del atentado que le hicieron en la plaza de San Pedro unos años antes. Entonces había temor, y en el 86 la vida aquí era muy complicada.

¿No traía ninguna secuela del atentado?

No, él tenía una salud excelente, una gran vitalidad. Y la visita fue muy bien coordinada. Lo cuidaban mucho para que no se le arrimaran demasiado, ni lo cogieran o lo tocaran.

¿Qué diferencia con la visita de Francisco?

Mire: yo he estado en muchas reuniones de jefes de Estado, coordiné la parte médica de la Cumbre de las Américas –con 35 presidentes–, lo del proceso de paz, muchas cosas, y siempre he sido testigo de una preparación previa muy meticulosa, sobre todo en seguridad. Pero nunca había visto algo como las reuniones previas a la visita de Francisco, por parte de todos los estamentos: el Estado, la parte militar y la eclesiástica. Unas reuniones exhaustivas, presididas por el Vicepresidente, por el nuncio apostólico, Ettore Balestrero, y por monseñor Fabio Suescún, que era el que organizaba la visita, con quienes estoy muy agradecido por la confianza que depositaron en mí.

Fueron unas reuniones de una meticulosidad, de un detalle como nunca había visto. Previamente visitamos los sitios donde iba a estar el Papa, se estableció dónde iban a estar los destacamentos, dónde se aparcaría la ambulancia, dónde estaríamos los médicos. Visitamos todos los hospitales en cada ciudad para ver a dónde se llevaría en caso de necesidad y cómo iba a ser el desplazamiento. Si se podía en helicóptero, había uno medicalizado de la FAC siempre previsto ante una eventualidad; o si no, en un avión ambulancia permanentemente dispuesto para él, para trasladarlo a Bogotá. Todo al detalle, para que no se pasara por alto nada.

¿En ambas visitas lo contactaron para organizar el equipo?

Así fue. Todo organizado con gente de la Fundación Santa Fe, médicos y enfermeras.

¿Tuvo oportunidad de hablar personalmente con Francisco?

En Medellín, el coordinador de la visita, el obispo bogotano Mauricio Rueda Beltz, nos dio la oportunidad de hablar con el Papa. Cuando le contaron que yo también había acompañado como médico a Juan Pablo II, me saludó muy querido y me dijo que esperaba no ponernos problemas. Y nos regaló una medalla de conmemoración muy bonita. Fue de una afabilidad, de una simpatía, de una ‘queridura’ muy emocionantes.

¿Qué es lo que más teme el médico del Papa que le pueda pasar en una visita tan exhaustiva y multitudinaria como esta?

Lo primero que uno hace es, basado en su historia clínica, comunicarse con sus médicos del Vaticano a ver qué es importante o qué hay que tener en preparación. Ellos son muy estrictos en la información que dan. Mandaron el tipo de sangre del Papa para que tuviéramos una reserva, y anduvimos con sangre de su tipo por todo el país conservada en nevera, plasma para él en caso de que necesitara. Piden también que en cada sitio adonde vaya el Papa haya, como le decía atrás, un hospital designado con unas urgencias habilitadas, con un cubículo apartado para él, y una habitación con otra adyacente para la persona que lo acompaña.

¿Y antes de que el Papa se acostara por la noche usted le daba una revisadita?

No. Nos informaban por medio de su gente, de monseñor Fabio Suescún. Nos decían que no había ningún problema; si acaso, que estaba cansado. Se acostaba generalmente a las 9 de la noche y a las 4 de la mañana ya estaba levantado, contestando llamadas, respondiendo el correo.

Vi que tenía una heridita muy pequeña de la que salía una gota de sangre. Entonces se le hizo su curación, se le puso hielo con un pañuelo de uno sus personajes cercanos

Cuénteme cómo se desarrolló esa película del accidente en el papamóvil. Debió ser un poquito angustioso, porque uno al principio no sabía qué había pasado. Incluso algunos noticieros alcanzaron a decir que le habían arrojado algún objeto a la cara. Solo veíamos a su escolta mirándole el ojo. ¿A usted le tocó ponerle la curita?

A ver. La primera etapa de la visita del Papa en Cartagena fue San Francisco, un barrio muy muy marginal, de los barrios pobres de esa capital. Allí quería visitar una fundación para niños. Yo iba en la ambulancia, a dos carros del papamóvil. En una calle muy llena de huecos y baches, el conductor frenó de golpe. Uno ve en el video que el Papa iba muy distraído, como suelto, saludando; lo cogió desprevenido y se estrelló con un paral vertical del papamóvil. Se dio un golpe duro. Inmediatamente paró el papamóvil, y lo bajaron a ver qué le había pasado, y preciso era frente a la casa de la señora Lorenza, a quien él iba a visitar. Una casita muy pequeña, en una callejuela de estos barrios tan pobres de Cartagena, llena de gente, y allá lo bajamos a ver qué era lo que había pasado.

¿Alcanzó a afanarse?

Pues, lo metieron a un cuarto muy muy pequeño, y se metió ahí una cantidad de gente: todos sus escoltas, su gendarmería vaticana, el médico, los obispos y los niños, y todo eso a 40 grados de temperatura a la sombra. Vi que tenía una heridita muy pequeña de la que salía una gota de sangre. Entonces se le hizo su curación, se le puso hielo con un pañuelo de uno sus personajes cercanos. Pero, con la prisa que hay en estas cosas, que todo es medido de minuto a minuto, el hielo, pues fue de dos minutos, y se le puso un Steri-Strip que uno de los médicos tenía en el maletín.

¿No había necesidad de coser?

Nada, nada, era una cosa muy pequeñita. Mientras tanto, él hablaba con la señora y hacía chistes, como que ahora le iba a tocar decir que estuvo en Colombia en una pelea de boxeo. Pero no le niego que fue un momento tenso, digamos, porque la gendarmería vaticana estaba a 10.000. Y decenas de periodistas alrededor, tratando de tomar fotos allá adentro, a ver qué captaban. Bloquearon la entrada con gendarmería, no dejaban tomar una foto, fuera periodistas. Eso fue muy muy tenso. Y de golpe él se levantó y dijo: “Nos vamos, que ya pasó”. Se subió al papamóvil y ya comenzaba a vérsele el pistero.

Eso le iba a preguntar: si el golpe no fue tan fuerte, el pistero que se le hizo sí fue muy grande...

Yo pregunté si tenía alguna droga que estuviera tomando, algún anticoagulante o algo. Me dijeron que no. Sobre todo por el calor, la vasodilatación y la piel laxa de una persona de su edad, el hematoma se hizo muy rápido y se le bajó al ojo. Pero él se montó en su papamóvil y siguió como si nada.

Una pregunta traviesa. Dicen que, en cuanto a la atención médica, hubo celos del hospital San Ignacio, que es de la Javeriana, porque el Papa es jesuita. No entendían por qué escogían al doctor Francisco Holguín y a la Fundación Santa Fe.

Desde un principio me llamaron el Nuncio y monseñor Fabio Suescún. Se tenía diseñado un plan ante cualquier eventualidad con la Fundación Santa Fe como hospital sede para cualquier problema del Papa. No creo que haya sucedido, pero es infundado, porque desde un principio estaba planeado así. Indudablemente, la Javeriana tiene un gran hospital, el San Ignacio; habrían podido ser sus médicos, o los del Country, pero fue la Fundación Santa Fe la elegida, y eso no tiene por qué molestar a nadie.

¿Y vamos para el tercer Papa?

Vamos a ver. Por lo pronto, esperamos que dure muchos años más el tocayo Francisco.

Tiene mucha vitalidad. Le queda mucha vida por delante. Muchas ganas de vivir, muy alegre, muy contento con su visita a Colombia.

Mucha. Los discursos que él transmitió en todas sus intervenciones eran de tranquilidad, de optimismo, de esperanza, de no dejarse vencer, de mirar para adelante, y eso es lo que inspira: la manera como él se relaciona con la gente, con el indígena que le pone la ruana, con el otro que le pone el sombrero. Yo le preguntaba al jefe de protocolo del Vaticano qué hacen con todos esos regalos que le dan al Papa: flechas, arcos, botas, nidos, cuadros –le dieron uno que no cabe en una catedral–. Me dijo que todo se lo llevan para El Vaticano y de golpe hacen donaciones a gente que en realidad lo necesita. Yo creo que se llevó como 45 sombreros de Colombia, porque todo el mundo le regalaba uno.

¿Hubo otros momentos críticos?

Cuando llegamos a Medellín estaba lloviendo, y el aeropuerto de Rionegro estaba cerrado, no se pudo bajar en helicóptero. Entonces se tomó la decisión de bajar en carro. Íbamos a muy alta velocidad, retrasados, con la carretera abierta y 50 motociclistas por delante. Fue una bajada escalofriante. Y, ya en Llanogrande, cuando cogía la doble calzada para Medellín, yo no sé cómo la gente supo que el Papa estaba por esa vía, y se empezó a llenar; se atravesaron y lo pararon, ahí los guardias daban alaridos. Creí que lo iban a bajar del carro, porque en un momento dado fueron tales el fervor y la casi histeria colectiva que fue muy difícil de controlar.

Pero, en Bogotá también pasó a la llegada. Se tapó de gente la vía, y no pasó nada.

Por fortuna, pero hay un detalle que mide el riesgo que se corrió. Al día siguiente, durante la visita a la catedral, el ingeniero a cargo del diseño del papamóvil nos contó que en esa congestión de la 26 rayaron y hundieron el papamóvil, por lo que le tocó a esta gente de la Chevrolet trabajar siete horas por la noche, para quitarle rayaduras, sumiduras y todo. Al otro día ya estaba como nuevo.

Bueno, y ya para terminar, entonces usted llega a su casa después de toda esta aventura y ¿qué hace? ¿Respira profundo y dice: ‘nos salvamos’?

Sí, pero cuando se va el Papa queda uno como con una sensación de vacío, de nostalgia. Como de... ¿y ahora qué? Eso es lo extraordinario de esta persona.

Pues, yo le agradezco mucho que me haya dado esta entrevista, doctor Holguín, porque sé de su discreción, usted no aparece nunca, no da declaraciones, pero está ahí para el Papa y para todos los demás.


MARÍA ISABEL RUEDA
Especial para EL TIEMPO

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