Religión

La huella de Francisco en su paso por Colombia

Los cinco días de la visita del Papa les devolvieron la esperanza a los colombianos.

Papa Francisco en Colombia

El Papa echó una mirada a la realidad política colombiana y dejó al descubierto las políticas basadas en el odio y la venganza. Aquí, en el aeropuerto de Medellín.

Foto:

Stefano Rellandini / Reuters

16 de diciembre 2017 , 10:07 p.m.

“Ese lunes, después de su partida, me sentí huérfano”, dijo el obispo Fabio Suescún refiriéndose al final de la visita papal, que para el columnista Felipe Zuleta había sido “un respiro necesario en medio de tantos odios, corrupción y peleadera. (...) Mañana volvemos a nuestra dura realidad” (‘El Espectador’ 10-9-2017).

“Hacía 50 años no iba yo a misa, y el jueves la oí entera y la entendí en la palabra de este hombre dulce, que pone por encima la esperanza”, confesó en su columna Alfredo Molano (‘El Espectador’, 10-9-2017).

“Nos puso a reflexionar sobre problemas muy viejos, pero con visiones y soluciones nuevas”, admitió el presidente de la Andi, Bruce Mac Master.

Estas fueron algunas de las respuestas que recibió la pregunta sobre los resultados del acontecimiento del año, vivido por el país entre el 6 y el 10 de septiembre, cuando el papa Francisco hizo una de las más prolongadas visitas de su pontificado.

Durante esos cinco días lo siguieron cinco millones de personas, que se congregaron en los distintos escenarios de Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena para verlo
y oírlo. Pero fueron muchos más los que estuvieron con él a través de la radio y la televisión, que lo siguieron paso a paso y transmitieron todas y cada una de sus palabras.

¿Por qué lo aclaman?

¿Cómo se explica, en un mundo hipercomunicado y poblado de celebridades del espectáculo y de la política, esta atracción de Francisco sobre las multitudes? “Es un ejemplo de ser humano y su palabra es una invitación a seguirlo”, escribió un lector. El columnista Guillermo Perry, a su vez, explicó: “El Papa llegó a decir que el Corán y la Biblia son lo mismo y que Jesucristo, Mahoma, Jehová y Alá son distintos nombres para la misma realidad”. El editorialista de EL TIEMPO, por su parte, vio en Francisco “la capacidad de sintonizarse con las angustias, los anhelos y los temores de la gente”. Por eso vio su visita “como si una nube cargada de buena energía se hubiese posado sobre el país” (EL TIEMPO, 10-9-2017).

Hay que agregar otra explicación de ese atractivo: los gestos. El más común, su contacto físico con niños, ancianos y enfermos. Impactante, por ejemplo, el saludo y la bendición al soldado mutilado; o a Emmanuel, el hijo de Clara Rojas, nacido durante su secuestro; sus referencias a las víctimas, su solidaridad con los niños víctimas en aquella inolvidable sesión en el hogar San José de Medellín; y esa intangible pero real onda de afecto, ternura y misericordia que emana de su figura.

En todo momento, los que lo vieron y escucharon se sintieron ante el hombre transparente, comprensivo y amoroso; o severo y ausente cuando entraba en oración
o en la solemnidad litúrgica, y de una profundidad cercana al misterio cuando abordaba los grandes problemas, como el dilema de “privilegiar la venganza para asegurar la justicia, o favorecer el perdón para asegurar la paz” (Álvaro Forero, ‘El Espectador’, 11-9-2017).

Otra mirada

Así, esa conjunción de gestos, palabras y actitudes resultó ser para los colombianos una experiencia y una mirada nuevas sobre el propio ser de los colombianos y sobre sus problemas. “Apela a nuestra capacidad de ser mejores, a recuperar el sueño de una Colombia donde el odio no tendrá la última palabra”, señaló el editorialista de 'El Espectador' (10-9-2017). Y añadió el mismo periódico: “Nos dejó la propuesta de una moral humanitaria que priorice la lucha contra la desigualdad y la pobreza, como esencia de la construcción de una nueva Colombia”.

Nos dejó la propuesta de una moral humanitaria que priorice la lucha contra la desigualdad y la pobreza, como esencia de la construcción de una nueva Colombia

Quizás uno de los grandes atractivos de la visita y el mejor resultado de esa presencia papal en Colombia fue que “no vino a hablar sobre el tema que a los creyentes más les preocupa y que sus candidatos vienen agitando: la defensa de la familia, el rechazo de los gais y la obsesión del sexo. El Papa tiene la obsesión de la justicia, de jugarse con los más pisoteados, de cuidar nuestro planeta y de condenar los abusos del capitalismo”, analizaba el columnista Hernando Gómez Buendía (‘El Espectador’, 2-9-2017).

Limpiando heridas

Cuando el Papa habló en la misa del parque Simón Bolívar de Bogotá, los colombianos sintieron como si el bálsamo de la verdad lavara una de sus heridas: la división que los convierte en enemigos los unos de los otros. Un viejo mal: “Discursos interminables, intentos fallidos, elenco de esfuerzos que han terminado en nada. Allá al comienzo, la nación tuvo 16 presidentes y pagó caras sus divisiones: la Patria Boba”, dijo.

Tras la reflexión y el recuerdo, la propuesta: “Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia y en la verdad”. Esa mirada transparente sobre la realidad política colombiana fue una parte de la huella dejada por el Papa. Las políticas basadas en el odio y la venganza quedaron al descubierto.

Cuando hablaba ante víctimas y victimarios, y ante el país que seguía su visita a Villavicencio, la palabra ‘cizaña’, que había tenido en Colombia un restringido alcance, resultó apropiada para describir un problema creado por la política: “En Colombia todavía hay espacio para la cizaña. No nos engañemos: ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo, no pierdan la paz por la cizaña. Aun cuando perduren los conflictos, la violencia o los sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce y se compromete a reparar”.

Fue clara la invitación a rectificar una política que pretende separar la justicia de la misericordia y niega la acogida a los que han cometido delitos. Ni en nombre de la paz ni del cristianismo se podrá en adelante mantener una actitud que alega la justicia como argumento para la intolerancia y la exclusión. La política resulta distinta cuando interviene la misericordia. Esta fue la otra huella dejada por el paso de Francisco por Colombia.

La reconciliación

En la memoria de los colombianos se mantendrá la imagen de aquella sesión con las víctimas en Villavicencio. Allí abordó Francisco uno de los temas más difíciles de su visita: el de la reconciliación y el perdón dentro del marco de un país atravesado por el odio.

Para él era evidente el destrozo hecho “por tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en Colombia durante los últimos decenios”. Sin embargo, añadió: “El odio no tiene la última palabra, porque el amor es más fuerte que la muerte y la violencia”.

Y haciendo alusión a los testimonios de las víctimas que acababa de escuchar, proclamó que el perdón es posible: “Tú, querida Pastora (Mira), y tantos otros como tú nos han demostrado que es posible”. Dirigiéndose a Luz Dary, otra de las víctimas, destacó: “Te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que solo el amor libera y reconstruye”.

Fue una jornada en la que los mensajes de odio y venganza de los políticos que construyen su discurso con esa clase de provocaciones se descubrió en toda su dimensión de engaño y de daño. “Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor”, pidió.Fue un impulso poderoso para la creación de la nueva cultura de la reconciliación y el perdón, que responde a una de las necesidades más urgentes de los colombianos.

La paz según Francisco

Los cinco días de la visita de Francisco se descubren como el examen más novedoso y comprometedor sobre la paz y la guerra en Colombia.

Predominó en el discurso del Papa la idea de la paz, que debe ser el resultado de una transformación de cada persona. Al hablar de la combinación de justicia y bondad, retó a la conciencia de los colombianos para reemplazar la funesta fórmula de justicia y venganza. Y sorprendió con la reiterada afirmación sobre las posibilidades que crea el alma buena de los colombianos: “Basta una persona buena para que haya esperanza. Y cada uno de nosotros puede ser esa persona”.

¿Qué dejó Francisco después de su paso por Colombia? Habrá respuestas distintas, pero es evidente que devolvió la esperanza a los colombianos, como personas y como nación.

JAVIER DARÍO RESTREPO
Maestro de la FNPI y director de Vida Nueva Colombia
www.vidanuevadigital.com

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