Medio Ambiente

La historia del cazador que se convirtió en protector del oso andino

Un encuentro con el animal llevó a que Rosalino se convirtiera en en guardián del bosque, en Huila.

Rosalino Ortiz, campesino y excazador

Rosalino Ortiz, campesino y excazador, miembro de la organización Mashiramo.

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Tatiana Pardo / EL TIEMPO

06 de noviembre 2017 , 11:14 a.m.

Rosalino Ortiz, un hombre acostumbrado a matar animales y a cargar una escopeta bajo el brazo, es hoy uno de los campesinos que más les apuesta al turismo de naturaleza y a la defensa de varias especies en Pitalito, Huila.

Cuando Rosalino Ortiz era un niño, aprovechaba los días en los que no tenía clase para subir a la montaña, acompañado de su yegua y revisar los potreros de su padre sembrados con cultivos de maíz, café, lulo y caña de azúcar. Se quedaba estático viendo cómo la gente del pueblo talaba los árboles a serrucho. Se escabullía y agarraba manotadas de aserrín entre sus pequeñas manos, las acercaba a su nariz e inhalaba profundamente. El olor a monte fresco, a tierra fértil, a laurel recién cortado, le encantó siempre.

Después le gustó más el olor a pólvora. Con el paso del tiempo se convirtió en un cazador consumado, de esos que tiran y fijo pegan. Roso, como lo llaman en la vereda El Pensil, en Pitalito, Huila, terminó la primaria y se enamoró de la escopeta. El fierro es, para un campesino, un objeto de valor. De él depende su vida en el campo, el alimento y el poder.

Cargar un arma en el brazo no me hace héroe pero sí me da la tranquilidad de tener todo bajo control. Al menos la sensación de que le puedo disparar a cualquier cosa y defenderme de lo que sea” —dice Rosalino, mientras recorremos los alrededores de su casa, tan llenos de guaduas, quebradas, flores y robles. Tiene 35 años y una hija de dos meses de nacida.

El primer disparo de Roso fue a los 12 años. Aprovechó que su papá había bajado al pueblo y agarró sin permiso el arma, le apuntó a una torcaza posada en el tejado de su casa y soltó el gatillo. Falló. Con las manos aun temblando y sudando frío, cogió otra vez la escopeta, se paró firme y disparó por segunda vez. El animal calló al suelo. Y ese fue el almuerzo de aquel día. 

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Rosalino se volvió cazador luego de ver a su papá, durante tantos años, hacer lo mismo para llevar alimento a la casa.

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Tatiana Pardo

Cogí a ese animal tibio entre mis brazos y todavía le sentía latir el corazón. Empecé a oler la pólvora quemada después de disparar y me fascinó. Esa sensación la recuerdo perfectamente y a veces la extraño…”.

Ver a Roso limpiar su fierro, después de tantos años de estar guardado y con un largo historial de tiros certeros, es un acto que raya en lo poético. Ya oxidada y con los achaques del desuso, la escopeta está llena de trabas. Pero él agarra una bayetilla roja y limpia cada una de sus partes, con delicadeza y firmeza. La mira, la frota, le da algunos golpes y la abre de par en par. A su lado está su padre —que también se llama Rosalino— supervisando el proceso, quien además dedicó años de su vida a cazar palomas, guacharacas y pavas para alimentar a sus hijos y esposa.

Tiros certeros

Esa tradición llevó a que Roso persiguiera al oso andino durante varios años, una especie que transita a lo largo de la cordillera de los Andes desde Venezuela hasta Bolivia, pasando por Colombia, Ecuador y Perú. Es el único oso nativo de Suramérica y se encuentra en estado vulnerable dado que los ecosistemas de bosques subandinos, andinos y páramos, que son su hábitat, sufren altos niveles de transformación, producto de la ampliación de la frontera agropecuaria, la quema y el desarrollo de megaproyectos como hidroeléctricas, embalses y carreteras.

Al hombre de campo se le enseñó a matar al oso para vender su piel, la carne, los colmillos y las garras en el mercado; también la grasa para aliviar los dolores articulares y el miembro como potenciador sexual. Con el tiempo, se lo empezó a ver más como una amenaza para el ganado y los cultivos, cuando las reses, de un día para otro, aparecían muertas o heridas en el pastizal y la siembra arruinada. El hombre invadió el hábitat del animal y, sin preguntar, se quedó allí, transformó su hogar y no supo cómo convivir con él.

El oso de anteojos es prácticamente vegetariano. Se alimenta de bromelias, hongos, bayas y frutas pero, como donde debería haber corredores ecológicos altamente conservados ahora hay potreros y miles de hectáreas cultivadas, se ha visto obligado a bajar por comida, generando un conflicto social y económico que concluye en la cacería por retaliación.

Roso se adentró varias veces al monte en busca del oso pero nunca lo vio. Incluso, con algunos de sus amigos, creó una especie de tropa pistolera con la que se reunía cada fin de semana para hacer arrumes de animales muertos sobre bolsas plásticas. Desde aves hasta ardillas y micos terminaban allí.

El encuentro

Fue hasta agosto del 2004 cuando Roso vio al oso. Su mamá, Luz Marina, lo había mandado a la finca a recoger choclo para hacer arepas y envueltos. Cuando llegó a los cultivos, su perro empezó a moverse nervioso y no quiso andar más; por primera vez el animal lo había dejado solo. Roso siguió su camino y se encontró con la maicera destruida. Había huellas y estiércol de una criatura grande.

“Nosotros sabíamos que el oso de anteojos se paseaba por nuestras fincas pero yo nunca lo había visto. Cuando llegué a la casa, un muchacho llegó gritando como loco: ‘¡Roso, el oso se está comiendo los cultivos en mi casa. Está aquí!’ ”.

Ese día, a tan solo 10 metros de distancia, el cazador y la aparente presa se encontraron por primera vez. Roso, con sus manos gruesas y botas de caucho llenas de barro, vio a un animal que mide entre 1,30 y 1,90 metros de alto y pesa entre 80 y 140 kilos. Lo bautizaron Danubio, de color negro y una única mancha blanca en el hocico.

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Hoy en día, Rosalino es un líder local y protector del medio ambiente en Pitalito, Huila.

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Tatiana Pardo

Yo lo quería matar, esa es la verdad. Pero luego me quedé viéndolo y me embobé. No podía quitarle los ojos de encima ni por un segundo. Tenía frente a mí a un animal raro, silvestre, con apariencia inofensiva y demasiado imponente. ¡Y no era el único, todo el pueblo estaba ahí!”.

Quedó tan perplejo que enseguida agarró la moto y se fue a hablar con funcionarios de Parques Nacionales Naturales y la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena (CAM). Se suponía que era la oportunidad perfecta para cazarlo y en cambio fue el detonante para convertirlo en un líder ambiental.

Gracias a ese evento, y tras varias capacitaciones y talleres de sensibilización, los cazadores se hicieron guardianes. Crearon la organización Mashiramo, que agrupa a comunidades de los municipios de Pitalito, Acevedo, Palestina y San Agustín que pertenecieron al Proceso Corredor Biológico entre los PNN Puracé y Cueva de los Guácharos, donde estos animales transitan. Allí nació el primer grupo de monitoreo de oso andino. Empezaron siendo 80 personas, hoy son 23 los que viven del ecoturismo.

Supieron, por ejemplo, que el oso es un dispersor de semillas, que dinamiza los bosques cuando derriba arbustos y ramas en busca de alimento, y que es una de las especies sombrillas más importantes del mundo pues al protegerlo a él también se protegen otros animales y plantas, como la danta y el roble.

“¿Ecoturismo?
¿Pero esa vaina qué es, cómo se come? Y es que nosotros no sabíamos de qué hablaban los expertos pero, al final, cuidar al oso nos transformó la vida y se convirtió en una oportunidad. Tenemos una nueva actividad económica que junta el senderismo, el avistamiento de aves, las artesanías, el agroturismo y el turismo de naturaleza e investigación en un mismo lugar”.

Oso andino.

Algunos datos sobre el Oso Andino que muestra el último informe de BIOdiversidad.

Foto:

Humboldt

El turista puede hacer un recorrido por reservas naturales, guiado por campesinos que alguna vez fueron cazadores y hoy son guardianes. Tiene la oportunidad de ver cerca de 200 aves distintas, como el atrapamoscas tropical, la guacharaca, la esmeralda piquirroja, el gorrión rastrojero, el torito rojo y el mielero verde azul. La mayoría de ellos, como Rosalino, quisieran dedicarse a esto, a la conservación, pero mientras los recursos llegan y el posconflicto abre las puertas a otras alternativas económicas, la gente vive de los cultivos de café, granadilla y aguacate, especialmente.

“Yo miraba a los animales y me decía a mí mismo que no, que no podía matarlos más, que tenía que parar. Era una competencia interna entre hacerlo y no hacerlo. Casi siempre fallaba. Pero es que no es fácil dejar de hacer algo que por años hiciste de manera natural".  

El cambio climático, la tala indiscriminada de árboles y la degradación del suelo, dicen algunos expertos, llevarán a que en tres décadas el hábitat de este animal se reduzca en un 30 por ciento.

En Colombia el oso de anteojos se encuentra en 23 de los 59 Parques Nacionales Naturales. Sin embargo, el cambio climático, la tala indiscriminada de árboles y la degradación del suelo, dicen algunos expertos, llevarán a que en tres décadas el hábitat de este animal se reduzca en un 30 por ciento.

“Los animales son para cuidarlos y verlos en su entorno. Voy a trabajar por una convivencia pacífica entre el hombre y la naturaleza hasta el último día que tenga. Pero también es cierto que el conocimiento empírico del campesino debe ser valorado, pues tenemos bocas que alimentar ¿O usted no?

*Esta es una de las historias que aparecerá en la serie documental Especies. Una alianza entre EL TIEMPO, Canal Trece y Tayfer. 

TATIANA PARDO IBARRA
EL TIEMPO@Tatipardo2

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