Medio Ambiente

Calidad del aire: entre metas mediocres y programas insuficientes

La norma que rige el tema es tímida y laxa frente a las recomendaciones de la OMS.

Contaminación de aire en Bogotá

Una densa nube de color gris cubre a Bogotá como consecuencia de la contaminación. Imagen tomada con el dron de EL TIEMPO.

Foto:

Carlos Ortega y Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

07 de mayo 2017 , 11:59 p.m.

El pasado 16 de marzo, el ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Luis Gilberto Murillo, anunció que Colombia adoptaría como normas nacionales sobre calidad del aire las que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estos lineamientos de la OMS, que buscan asegurar un aire limpio y saludable para la población, fueron actualizados en 2005 porque en ese momento se habían acumulado nuevas evidencias científicas sobre la relación entre los contaminantes del aire y sus impactos sobre la salud humana.

Estas recomendaciones pretenden reducir la carga de enfermedad y la mortalidad prematura. Un país que las adopte y lleve a cabo las acciones necesarias para cumplirlas, manifiesta su compromiso con la salud pública y con el desarrollo limpio y responsable. Por eso, el anuncio del ministro es acertado, pues expresa la intención de avanzar en un ambiente sano para los colombianos.

En su actualización, la OMS decidió reducir la concentración recomendada de material particulado, óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y ozono. El más importante para las condiciones colombianas es el material particulado, para el cual se usan comúnmente dos medidas: PM10 y PM2,5.

Para el PM10 (que incluye partículas finas y gruesas, de tamaño menor de 10 micrómetros), la OMS recomendó fijar la concentración de referencia en 20 µg/m3 (microgramos por cada metro cúbico de aire) como promedio de las mediciones de un año. Para el PM2,5, que solo incluye las partículas finas (aquellas de tamaño menor de 2,5 micras), recomendó un promedio anual de 10 µg/m3.

Estos niveles están relacionados con los efectos crónicos de este contaminante, es decir, con los efectos que se presentan tras largos tiempos de exposición.
El propósito de estos límites es tener una buena calidad del aire para la gran mayoría de la población (no se ha encontrado un nivel seguro para toda la población) y reducir los riesgos de enfermedad y mortalidad por enfermedades respiratorias, cardiovasculares, cáncer y otras. La adopción de estos nuevos niveles motivaría el mejoramiento de las actividades rutinarias de seguimiento a fuentes de contaminación y la adopción de planes de prevención y reducción de emisiones a largo plazo.

Por otro lado, la OMS fijó también los niveles máximos de concentración que podrían alcanzarse en un periodo de 24 horas, relacionados con los impactos de los episodios de alta o muy alta contaminación que se presentan especialmente sobre las personas más sensibles (niños, ancianos, mujeres embarazadas, pacientes con condiciones o enfermedades respiratorias o cardiovasculares ya existentes), en 50 µg/m3 para PM10 y 25 µg/m3 para PM2,5.

Estos episodios no deberían presentarse con frecuencia y debería haber un número límite de excedencias, como ocurre en la legislación europea, donde, por ejemplo, el número de días con excedencia de este tipo de norma debería ser inferior a 35 cada año. La ocurrencia de excedencias debería llevar a medidas inmediatas de precaución por parte de los pobladores, y en casos críticos, daría pie a situaciones de alerta o emergencia, bajo las cuales las autoridades podrían detener la operación de las fuentes de emisiones más importantes.

En estos casos, adoptar las recomendaciones de la OMS significa que las autoridades deberían aumentar su capacidad de comunicación masiva, respuesta rápida y claridad en la identificación de las fuentes que más contribuyen a la contaminación del aire, para reducir o detener su operación si resulta ser necesario.

Medición conveniente

La norma actual de calidad del aire de Colombia fue establecida en la Resolución 601 del 2006, que fue un avance importante con respecto a la legislación anterior, que ya tenía 24 años de vigencia. Pero curiosamente –y a pesar de haber sido emitida después de conocerse los lineamientos de la OMS– la Resolución 061 no los adoptó, sino que fijó una meta intermedia tímida y muy laxa en comparación con los límites recomendados.

Primero mantuvo el nivel de 70 µg/m3, lo redujo a 60 µg/m3 en el 2009 y finalmente a 50 µg/m3 en el 2011, sin reducciones posteriores.
Se perdió, por lo tanto, una oportunidad única para fijar un plan mucho más decidido de adopción de los lineamientos, que obligara a los gobiernos locales y regionales, representados en las corporaciones autónomas regionales (CAR y Secretarías de Ambiente) a diseñar planes más eficaces para prevenir y reducir las emisiones de las fuentes que operan en sus respectivas jurisdicciones.

Once años después se ha podido observar que las autoridades ambientales se contentan cuando las mediciones cumplen las normas nacionales y afirman ante los medios que en su jurisdicción la calidad del aire es buena y que no existen problemas de contaminación, cuando en la realidad están cumpliendo una norma mucho más laxa que la recomendada por la OMS.

Hay, entonces, un divorcio entre el optimismo de la autoridad ambiental y el descontento de la ciudadanía, que sigue viendo a diario manchas de esmog sobre sus ciudades, buses y camiones, así como chimeneas con emisiones aterradoras y quemas ilegales que quedan en la impunidad.

Ese divorcio entre gobernantes y gobernados se arreglaría con la adopción de límites más exigentes, pues las autoridades ya no podrían salir del paso con afirmaciones ligeras, sino que estarían obligadas a aceptar que la calidad del aire no es la deseable y que deben trabajar de manera mucho más incisiva sobre las fuentes de emisión.

El caso de Bogotá es un buen ejemplo de la necesidad de adoptar las recomendaciones de la OMS.
Las concentraciones de PM10 desde 1997, el año en que inició operaciones la red de monitoreo de calidad del aire a cargo del entonces Departamento Administrativo de Medio Ambiente (Dama), aumentaron sin pausa hasta un promedio anual de 74 µg/m3, que a su vez era el promedio de las diversas estaciones de monitoreo de la ciudad, en 2005.

Sin embargo, en la zona suroccidental, que siempre ha sido la más contaminada, se registraban en ese entonces promedios anuales de concentración que podían rondar los 100 µg/m3, cuando la norma nacional vigente era de 70 µg/m3. Gracias a las mediciones, el Dama identificó este problema creciente y empezó a tomar acciones para reducir emisiones industriales y vehiculares. En 2008, la ciudad firmó con Ecopetrol el Pacto por un Aire Limpio.

Programas a medias

Por su parte, el Congreso promulgó la ley del diésel, que obligaba a Ecopetrol a proveer combustibles con más bajo contenido de azufre a las grandes ciudades y luego al resto del país. Ecopetrol cumplió, reduciendo el azufre del combustible diésel de 1.100 a 500 partes por millón (ppm) en 2008 y a 50 ppm en 2010.

Con esta mejoría no solo se esperaba la reducción inmediata de un componente insalubre de la emisión de material particulado por buses y camiones, sino que se presentaba la oportunidad de instalar filtros de partículas en los tubos de escape de estos vehículos, los cuales tienen el potencial de reducir más del 99 por ciento de las emisiones de material particulado fino y grueso.

Aunque la instalación de filtros no se ha dado todavía, el cambio en el contenido de azufre del diésel tuvo un impacto claro. El promedio anual de PM10 en el aire en Bogotá se redujo rápidamente, hasta alcanzar 48 µg/m3 en 2012, es decir, volvió a ser inferior al nivel que se había obtenido en 1998, cuando empezaron las mediciones de la red actual.

Por supuesto, el mejoramiento de combustible no fue el único factor. La chatarrización de buses viejos, asociada con las fases II y III de TransMilenio, y controles más estrictos sobre las emisiones industriales contribuyeron a esta reducción, a pesar del crecimiento explosivo del parque automotor debido al incremento en las ventas de vehículos particulares y motocicletas.

Después del 2012, no puede hablarse de que la calidad del aire haya seguido mejorando, aunque la norma colombiana de 50 µg/m3 se ha seguido cumpliendo. La tendencia reciente es de estancamiento en la concentración de PM10 y de PM2,5, que empezó a medirse a finales del 2013.

Preocupa mucho que la zona suroccidental de Bogotá siga estando entre las más contaminadas del país, de acuerdo con el informe sobre calidad del aire producido por el Ideam en 2016, y sigue muy por encima de las normas colombianas.

Sin embargo, la Secretaría Distrital de Ambiente ha declarado ante los medios que la calidad del aire en Bogotá es buena porque cumple la norma colombiana, y que no hay nada de qué preocuparse. Si ya hubiéramos adoptado las recomendaciones de la OMS, su declaración sin duda habría sido muy distinta.

Los efectos de la contaminación en la salud

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que hace tres años, el 92 por ciento de la población en el planeta vivía en lugares donde no se respetaban las directrices sobre la calidad del aire, y para el 2012 la contaminación atmosférica provocaba de forma indirecta tres millones de muertes prematuras al año por enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

En el listado de males que engrosaron la carga de mortalidad está, con 72 por ciento, la cardiopatía isquémica y el accidente cerebrovascular; y con un 14 por ciento, tanto la infección aguda de las vías respiratorias inferiores como el cáncer de pulmón. Las partículas de aire contaminado se clasifican según su tamaño, y su efecto en el cuerpo humano es directamente proporcional a estas dimensiones. Cuanto más pequeñas sean, más lejos llegarán en las vías respiratorias.

Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina, sostiene que “los ambientes con aires poco saludables alteran la cotidianidad de las personas, en términos de calidad de vida, y afectan el relacionamiento”.

Por otra parte, Juan Vicente Conde, especialista en medicina del trabajo, asegura que “en las grandes ciudades, el aire contaminado impacta severamente en el tracto respiratorio y desemboca en enfermedades. Cuando los males son de tipo viral y, fuera de eso, el entorno laboral no está acondicionado para la circulación correcta del aire, se generan hongos que afectan las vías respiratorias y causan males secundarios”.

La piel es uno de los órganos que más se ve afectado por la contaminación. Lina María Arango, médica dermatóloga, explica que “la exposición directa y constante causa la caída en la oxigenación del tejido y la aceleración en el proceso de envejecimiento cutáneo”.

Los menores de edad son una de las poblaciones más sensibles al aire contaminado. Se estima que un 30 por ciento de los pequeños sufren algún tipo de alergia, en parte por la interacción con partículas contaminadas.

NÉSTOR Y. ROJAS*
Razón Pública
* Investigador, ingeniero químico de la Universidad Nacional, Ph. D. de la Universidad de Leeds (el Reino Unido) y profesor asociado de la Universidad Nacional.

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