Medio Ambiente

La joya arqueológica que los incendios amenazan con destruir

"Es un lugar mágico, sagrado, construido a través de 10, 12 mil años".

La joya arqueológica que los incendios provocados amenazan con destruir

Las pinturas pertenecen a diferentes épocas y constituyen “la biblioteca del pensamiento indígena amazónico”, según el antropólogo y profesor de la U. Nacional Virgilio Becerra.

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Salud Hernández-Mora

30 de mayo 2018 , 07:45 p.m.

Un incendio provocado con el fin de ampliar la hacienda de un ganadero sin escrúpulos, unido a la desidia de la Administración, estuvieron a punto de acabar con una joya de incalculable valor arqueológico. La falta de un plan de contingencia que lo proteja y el desinterés estatal hizo que nadie se afanara en un principio en sofocarlo.

Si las impresionantes pinturas rupestres de Cerro Azul no sucumbieron a las llamas fue solo debido a la intervención de Virgilio Becerra, antropólogo y profesor de la Nacional, que lleva años estudiándolas, y de José Noé Rojas, el propietario de la finca que las acoge en la serranía de la Lindosa, departamento del Guaviare.

Una vez el docente recibió en su oficina de la universidad en Bogotá la alerta por celular de José Noé, que monitoreaba el fuego en el terreno con el corazón agitado por la catástrofe que se avecinaba, emprendió una frenética cadena de llamadas hasta llegar a la Presidencia. Gracias a la presión que ejerció, apoyado por las redes sociales, el Ejército intervino y los bomberos de San José del Guaviare hicieron su parte. Unos a pie y otros lanzando agua desde los helicópteros, apagaron las llamas antes de que alcanzaran “la morada de los dioses”.

Pero la amenaza de una catástrofe no está zanjada. Aún es vulnerable “La Biblioteca del pensamiento indígena amazónico”, como también denomina Becerra a ese enclave sagrado. Si no le alcanzaron los voraces incendios de febrero pasado en la Orinoquia y la Amazonia, que devastaron miles de hectáreas de selvas, pueden hacerlo en la próxima temporada de quemas, causadas en su inmensa mayoría por la insaciable ambición del hombre. La pérdida sería irreparable si continúan sin tomar medidas, sin poner el foco de atención en lo que hace tiempo debió ser Parque Arqueológico protegido por el Estado, igual que San Agustín en el Huila, y solo esta semana lo declararon como tal. Falta ver si invertirán lo necesario.

“Es un lugar mágico, sagrado, construido a través de 10, 12 mil años, la morada donde los dioses se encargan de restablecer los equilibrios rotos por el ser humano con la Naturaleza”, señala Virgilio Becerra. “Cuando analizamos el contenido de los dibujos no vemos un panel artístico sino la memoria milenaria de una cantidad de pueblos que ha vivido en la Amazonia. Pintar hacía parte de los rituales y lo que he deseado es sensibilizar a la gente de que es el lugar donde se originó la vida para los pueblos amerindios”.

Al viajar hasta Cerro Azul, situado a unos 50 minutos de San José del Guaviare por carretera destapada en su mayor parte, enseguida se advierte la indolencia de la nación hacia su patrimonio ancestral. La puerta de entrada es el hogar de José Noé Rojas, un rancho de madera sencillo, que carece de luz eléctrica. A partir de ahí se deben atravesar sus potreros hasta llegar al pie del cerro. Hace 28 años, Rojas adquirió la finca que albergan las pinturas rupestres con el objetivo de sembrar pasto. Ni el comprador ni el vendedor concedieron la mínima importancia a los peñascos que sobresalen de la manigua y menos aún a los pictogramas. Solo tenían ojos para la llanura donde pastaría el ganado.

Cuando analizamos el contenido de los dibujos no vemos un panel artístico sino la memoria milenaria de una cantidad de pueblos

Fueron las visitas de extranjeros y nacionales a lo largo de los años, que regresaban maravillados de la espectacularidad de las pinturas rupestres y del cerro desde el que se divisa las selvas interminables, lo que le hizo comprender que a solo metros de su hogar existía algo precioso y único. Los lugareños creían que los dibujos eran obra de unos petroleros, pero él pensaba que de indios contemporáneos. La posterior aparición del profesor Becerra y sus alumnos, a los que alojó en su casa como pudo, a partir del 2011, terminaron por convencerlo de que debía resguardar el patrimonio arqueológico y espiritual que atesora Cerro Azul.

Su queja ha sido la falta de ayudas oficiales para brindar no solo un mejor servicio al foráneo, sino garantizar la seguridad que requiere todo patrimonio cultural nacional de gran valor e irreemplazable.

“Desde hace muchos años veo pasar por aquí gentes del Gobierno Nacional y del local. También equipos de distintas entidades oficiales, gastan un poco de plata en viáticos pero al final ninguno aporta nada. Todos se van, me dan las gracias y me dicen: esto queda en sus manos, siga cuidándolo”, anota José Noé. “El único que hace la diferencia es el profesor Virgilio”. A los aportes de Becerra agrega una visita de biólogos norteamericanos que realizaron un inventario de flora y fauna.

La decisión de abandonarlo todo en manos de un campesino con recursos muy limitados, que cuenta solo con la ayuda de sus hijos, no parece la más acertada.

Además de los fuegos provocados y la tala ilegal que devoran la selva, no hay vigilancia en Cerro Azul ni indicaciones a los visitantes con instrucciones para no dañar las pinturas. “Después de los incendios comprobamos que rayaron las paredes y escribieron nombres”, indica Diego Pedraza, señalando las incisiones de los vándalos. Joven antropólogo, enamorado de esa rica zona arqueológica, lleva años estudiándola bajo la batuta del profesor Becerra. Comenzaron con un pequeño fondo para dos años, que estiraron cuanto pudieron, de la gobernación del Guaviare, la Universidad Nacional y el Icanh (Instituto Colombiano de Arqueología). Y siguen con sus propios medios. “Y no sabemos todavía a ciencia cierta el daño que el humo, que tapó todo por completo, pudo causar en las pinturas, que pertenecen a épocas distintas. Es increíble que algunos crean que no tuvo ninguna consecuencia; es como si se produce un enorme incendio alrededor del Museo del Prado en Madrid, entra humo a las salas y el director dice que no se afectaron los cuadros”.

Por la magnitud de las quemas y los destrozos que ocasionaron, además de las secuelas para la serranía de la Lindosa y sus tesoros arqueológicos, muchos nativos esperaban que esta vez la CDA (Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico) impusiera una sanción ejemplar al ganadero culpable para mandar el mensaje de que la ley se aplica y la selva se respeta. Pero se quejan de que no pasó nada. “Como no aplican las sanciones y cada cual hace lo que le parece. Por eso la gente se cansó de denunciar”, me dicen.

Durante el recorrido por Cerro Azul, José Noé indica un problema adicional. “El agua se está filtrando por algunas paredes y daña los dibujos”. Recuerda que algunos eran más nítidos hace años y otros se han desdibujado.

También sería imprescindible aumentar la superficie selvática en el área y delimitar las áreas protegidas de la Serranía de la Lindosa puesto que, como apunta el profesor Virgilio Becerra, no solo las pinturas representan el patrimonio arqueológico, también “las formaciones geológicas que tienen entre 2.500 y 3.500 millones de años y su particularidad es la poca intervención por la ubicación en la Amazonia y la Orinoquia. Tienen una cantidad de especies endémicas de flora que ahora intentamos recuperar y de fauna. Es un lugar mágico que produce escalofrío cuando uno sube a las rocas y piensa que está parado sobre la base de lo que es el mundo”.
El mismo José Noé, que admite que fue “un gran destructor de la montaña”, ha optado por dejar 90 de sus 175 hectáreas de selva pura. Pero el principal reto es evitar los incendios provocados, cada día más numerosos y prolongados en el Guaviare. En cuanto cesen las lluvias, volverán los fuegos.

“Todos los campesinos queman, es difícil evitarlo, pero lo hacen de noche y están pendientes del fuego y, si es necesario, ayudan los vecinos a controlarlo. Pero el señor que casi acaba con Cerro Azul prendió la candela de día, que es cuando corre la brisa, y no tuvo cuidado. Lo hizo después de mes y medio de verano, cuando es más riesgoso porque se secan las hojas y el musgo de la roca, y el aire se lleva la chispa a otros lados”, explica. “Por quemar tres o cuatro hectáreas de un potrero enrastrojado, quemó miles”, indica José Noé. Y cada vez son más los ganaderos que calcinan los territorios salvajes del Guaviare, tanto nativos de la región como venidos de otras partes de Colombia para aumentar la superficie de sus propiedades o apropiarse de tierras que roban a la selva. Incluso amenazan el Chiribiquete, de la misma formación geológica que la Lindosa y que esconde otros lugares sagrados.

“Nosotros éramos un muro de contención en la Amazonia, poníamos límites”, asegura el excomandante de las Farc Efrén, al que encuentro en la zona que acoge a los exguerrilleros en Colinas. Pero ahora nadie impone orden y está desbocado.
Al menos en su zona, José Noé ha puesto las esperanzas en el programa Visión Amazonia, que financian Noruega, Alemania y Gran Bretaña, destinado a salvar la selva de la depredación humana. Junto a un puñado de campesinos, crearon Corpolindosa y esperan que les escojan.

En Nuevo Tolima, inspección de San José, están en la misma línea. “Las autoridades se van por el que tumba una hectárea y dejan en paz al que arrasa con cien. Por eso cada día hay menos selva y más potreros en algunos sectores, pero algunos ya tomamos conciencia de que debemos cuidar la Lindosa”, asegura Marcos Baquero, reconocido líder local y defensor a ultranza del patrimonio cultural.

Incluso el jefe de la disidencia de las Farc de los frentes 1 y 7, Gentil Duarte, que posee tierras con riqueza arqueológica en la serranía de la Lindosa, está decidido a conservarlas.

Además de las pinturas rupestres de Cerro Azul, en puntos de la serranía de la Lindosa, como el citado Nuevo Tolima, Los Alpes, Raudal, existen vestigios idénticos o parecidos, enterramientos humanos, sitios donde hacían los pagamentos. Si realizaran nuevos estudios, “el número de pinturas rupestres se multiplicaría por cinco”, asegura Becerra. “Pero es mejor que no se conozca nunca su existencia para conservarlas. Mostremos solo las que ya se han descubierto para el público y dejemos lo demás tranquilo, jugando el papel que siempre tuvieron”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO
Cerro Azul (Guaviare)

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