Vida

La joven que sonríe donde ‘el diablo dejó sus chanclas’

Sindy Mosquera es una lideresa en Quibdó, guía a jóvenes como ella para sacarlos de la violencia.

Foto:
15 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

El diablo dejó sus chanclas en Villa España, un barrio en el norte de Quibdó. O por lo menos así lo dijo un taxista para explicar que para esos lados no va. “Es muy peligroso, nos cobran vacuna y uno no sabe si sale vivo”, aseguró el conductor mientras manejaba un viejo taxi por las apretadas y sofocantes calles de la capital del Chocó.

Es allí, en ese lugar al que muchos temen –específicamente en la única casa de madera con fachada rosada de las aproximadamente 90 que se construyeron en el año 2000 como albergues para las 97 familias que llegaron allí desplazadas por la violencia– donde vive Sindy Paola Mosquera.

La humedad en el barrio pesa más que en el centro de la ciudad, quizás es por el polvo que se levanta de las vías sin pavimentar. Sindy reposa la cabeza en las manos y mira pasar a sus vecinos por el estrecho camino desde la ventana de la tienda que sirve de sustento para su familia. Tiene una tristeza que la embarga: su mejor amiga y vecina, de 16 años, intentó suicidarse la noche anterior; estaba deprimida, se sentía sola.

Está esperando a que sean las 4 de la tarde para ir a visitarla al hospital. Por suerte, sabe que se está recuperando. Esa es una de las tantas preocupaciones de esta joven negra de 19 años. Porque además de estar encargada del negocio familiar donde ofrece unas pocas cosas, debe también cuidar a sus tres hermanos pequeños.

Son esas preocupaciones y responsabilidades las que suelen interponerse en el camino hacia sus sueños. Ella es líder de paz, cuando la realidad la deja; encabeza proyectos sociales, cuando no tiene que atender la tienda o cuidar a sus hermanos; publica el periódico que dirige, cuando los jóvenes con los que lo hace no tienen preocupaciones y responsabilidades; sigue su vida, mientras sus preocupaciones y responsabilidades no se interpongan, al igual que se interponen en la vida de ellas: las niñas, las jóvenes, las mujeres.

Especialmente ellas porque, dice, no es fácil ser niña, ni mujer en una ciudad como Quibdó. Son muchas las barreras que se interponen en los caminos de las niñas hacia un futuro mejor.

Ella ha logrado hacer cosas a pesar de esas barreras; por ejemplo, por su fortaleza y capacidad de iniciativa y liderazgo fue presidenta del Banco Colpatria por un día, allá en Bogotá. Un cargo simbólico y un reconocimiento que le dio la fundación Plan, a la que está vinculada en diferentes iniciativas sociales desde que era una niña.

Por ejemplo, impulsar la creación de un periódico con historias positivas de su barrio, ser la vocera de los jóvenes en las juntas comunales, participar en programas de radio comunitarios, pero, especialmente, por ser un ejemplo a seguir para sus contemporáneos y para las generaciones venideras.

La vida es dura para Sindy. Pero ella no renuncia a su sueño de lograr que otras niñas y jóvenes se sumen a su forma de ver la vida: estar convencida de que se puede salir adelante y de que hay un futuro mejor en medio de la pobreza y la violencia.

Lo difícil de ser niña en Chocó

Sindy, aún asegurando que su niñez fue feliz, sabe que los niños y jóvenes de su tierra están expuestos a muchos riesgos.

Con ella coincide la secretaria de la Mujer de Quibdó, Luddy Valencia Martínez: “Ser niña, ser mujer en un municipio como Quibdó y un departamento como el Chocó es un reto en medio de toda la riqueza que puede tener nuestro territorio, en el que a nivel social hay bastantes debilidades porque, en comparación con otras regiones del país, el acceso a la educación y a los derechos básicos es bastante precario y relegado”.

Según el informe ‘La situación de niñas y adolescentes en Chocó’, elaborado en el 2016 por Plan, Unicef y Umaic, las chocoanas –de todas las edades, las afrodescendientes e indígenas– enfrentan múltiples formas de discriminación y vulneración de sus derechos.

Tan solo por nombrar una de las tantas escalofriantes cifras: actualmente hay 177 niños, niñas y adolescentes en proceso administrativo de restablecimiento de sus derechos por haber sido víctimas de violencia sexual; y el 83 por ciento de esos casos corresponden a niñas.

Además, explica la Secretaria, hay otras problemáticas de fondo. Por ejemplo, el poco acceso a educación pertinente para los contextos culturales y sociales de la región. “Desde los colegios y los hogares les debemos inculcar a las niñas que ellas, por ser negras y mujeres, no son menos que el resto”.

La funcionaria explica que si se fomenta la cultura propia, se les muestra a los niños y niñas que son valiosos por quienes son, por donde crecieron y por sus habilidades, se les puede empoderar; especialmente a las niñas. “Es cambiar el chip de que no pueden. Ellas pueden ser presidentas, gobernadoras, emprendedoras, empresarias, artistas, muchas cosas”, dice Valencia mientras mira su piel negra con orgullo.

Una niña en medio de las balas

Sindy sabe sobre su lugar de nacimiento solo por lo que su madre le ha contado. Nació en un pueblo lejano, en el municipio de Vigía del Fuerte, en el Urabá antioqueño. Su vida no pudo transcurrir en esta tierra porque con poco menos de un año de vida la violencia llegó a su casa, se quedó y espantó a todos. El tiempo pasó y se adaptaron. Vivieron en una casa en Cascorva, en el sur de la ciudad, para rehacer sus vidas. La infancia de Sindy se dividió entre este barrio y Villa España. En el primero, cuando no se estaba bañando en el río, estaba recogiendo marañones o jugando a ponchados o saltando el lazo en la calle. A los siete años se fue a vivir a Villa España.

–¿Cómo diría que fue su infancia?
–Muy feliz, dice, y abre los ojos.

Fue tan feliz que su sueño, su proyecto de vida, no está afuera del barrio ni de la niñez que allí habita. Villa España para ella no es donde el diablo dejó sus chanclas sino es el mejor barrio de la zona norte de Quibdó.

La casa rosada

Al entrar a la casa rosada de Sindy de frente se encuentra un televisor plasma de 30 pulgadas y un altoparlante; también cuadros varios con imágenes de caballos y de sandías. El suelo es de cemento con huecos; la tierra se acumula al igual que la ropa sucia de los siete habitantes del pequeño hogar.

Su hermano mayor, aquel con el que se desplazó desde su origen, se independizó hace cuatro años cuando nació su primera hija. Ya tiene dos hijos. Él tiene 22 años y es dueño de una peluquería en la que un grupo de jóvenes se reúnen para peluquearse a su estilo, arreglar sus ciclas y conversar. “No los miren mucho, son peligrosos”, advierte alguien. Sin embargo, no hacen más que reírse.

Las cabezas de los jóvenes, teñidas de colores vivos, contrastan con el negro de sus pieles. Solo tienen una pantaloneta; de resto, la piel de ébano. En la entrada de la casa están sentaditos dos niños: Giselle, de cuatro años, y Gillbert, de un año. Son los dos sobrinos de Sindy.

–¿Qué quiere hacer cuando grande?
–Mamá, responde Giselle, tímida, sin mirar a los ojos, con las manos sucias y los pies descalzos, y el pelo lleno de bolitas de colores.

Llega la mamá de ellos, Angie, y alza en sus brazos al más pequeño. Parece más la hermana mayor, tiene 19 años, igual que Sindy. Tuvo a Giselle a los 15. Se va para su casa.

Según el informe ‘Situación de niñas y adolescentes en Chocó’, la tasa de fecundidad en el departamento por edad ha aumentado en los últimos años, siendo el espacio entre los 15 y los 19 años el de mayor impacto: por cada 100 mujeres embarazadas en el departamento, 60,91 están en ese rango de edad. Y entre las niñas de 10 a 14 el porcentaje es de 3,14.

La secretaria de la Mujer, Luddy Valencia, asegura que el embarazo a temprana edad es un ciclo que se repite. “Somos una cultura machista en la que se cree que las mujeres son objetos sexuales, y son buenas para estar en el hogar y cuidar a los niños, mientras que son los hombres los que pueden salir, trabajar, progresar”.

Sindy asegura que no quiere ser mamá, le da miedo y preferiría adoptar. “Hay muchos niños sin cariño”, dice. Además, tiene otros sueños; por ejemplo, está a la expectativa de entrar a la universidad. Después de ser presidenta de Colpatria por un día, quedó con la ilusión de que el Banco le ayudara con la universidad, o por lo menos, así –dice– se lo hicieron creer. Sin embargo, aún no ha pasado nada. La única opción que le queda, porque los recursos no le dan para más, es entrar a la Universidad Tecnológica del Chocó a estudiar contaduría.

“Me apasionan los números”, afirma. Aún así, su sueño no está en ellos, sino en crear una fundación con la que pueda ayudar a los niños, niñas y jóvenes de Quibdó a soñar en grande.

Camina hacia la casa de la juventud donde va a sus programas de liderazgo, a clases de canto y de danza. Las cosas que la apasionan. Comienza el atardecer. Al ver el río Atrato con el sol cayéndole encima, se olvida la cantidad de mercurio que contienen sus aguas. Estallan colores por todo el lugar.

Sindy pasa al frente de un bar; al fondo, una chica con medias veladas rotas, minifalda, blusa ombliguera y gordos que caen, toma cerveza echada en una butaca; un hombre se le acerca, le hace una seña con la cabeza y se van juntos. De ese mismo local suena Amor y control, de Rubén Blades.

Cuánto control y cuánto amor tiene que haber en una casa; mucho control y mucho amor para enfrentar a la desgracia, canta el gran Blades en Quibdó.

“No me gusta tanto la salsa, pero esta canción es muy buena”, dice Sindy mientras baila caminando y cantando y sonriendo.

Sindy no para de soñar.

Simón Granja Matias 
Enviado especial a Quibdó. 
@simongrma

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