Educación
ANÁLISIS UNISABANA
Logo de la Universidad de La Sabana

¡Hola, mi Corazón!

En varios contextos usamos apelativos, alias y apodos que reemplazan el nombre de alguien conocido.

Diccionario

El diccionario ha incluido palabras que, por costumbre, se añadieron al lenguaje.

Foto:

123rf.com

28 de septiembre 2017 , 02:28 p.m.

Cuando en una reunión de cualquier tipo se pronuncia en voz alta el nombre de una persona, el efecto sobre ella causa una especie de exclusividad y favorecimiento, debido, entre otros factores, a que el nombre propio va muy unido a la identidad individual. Para evocar esas gratas sensaciones, basta recordar las reuniones de estudio, de trabajo o familiares en las cuales nuestro nombre ha relucido. Esas palabras que distinguen a alguien se constituyen en un halago y, al mismo tiempo, en una figuración.

De ahí, que utilizar los mismos términos para interpelar o dirigirse a muchas personas sin distinción alguna disminuye la consideración que le debemos a cada una. En Colombia, quizás como una muestra de respeto, sumisión, temor y subordinación juntos, en ciertos ambientes se designa “doctor” (o su femenino) a todo aquel que se cruce por el camino, y solo porque usa una corbata, ocupa un cargo más elevado o lleva tacones altos. Ni qué decir de aquellos que, por estos tiempos, al dirigirse a cualquiera de sus amigos o compañeros acuden a un vulgarismo repetidísimo, que resulta ser casi siempre sinónimo de homosexual.

Por otro lado, cuando mencionamos el nombre de una persona ausente y conocida, también evocamos (fijamos en nuestro archivo mental) la imagen completa o el rostro de esta, porque el nombre (o el apodo muy reiterado) está asociado con mucha fuerza a la persona. Nada cautiva tanto el oído como escuchar nuestro nombre (o apodo) en boca de otros, o leerlo, escrito por una persona distinta, ojalá para recibir reconocimientos o comentarios favorables.

Aparte del nombre propio de un colega, amigo, conocido o pariente, pronunciamos y escribimos un sobrenombre para referirnos a él, o a ella, casi siempre con un sentido práctico o cariñoso. En otras circunstancias y con otros protagonistas, también aparecen algunos de esos vocablos utilizados con intenciones ofensivas o burlescas, pero estoy seguro de que ese no es nuestro caso.

Mañana vamos a cine, mi Pupuchurrito

Hay otros más, que se convierten en vocativos extraños, curiosos, melosos y hasta risibles, usados sobre todo por las parejas enamoradas: “Mañana vamos a cine, mi Pupuchurrito”, “Oye, Gatico, ¿vamos a caminar?”, “Siempre estaré a tu lado, mi Osita”, “¿Me extrañas, Duraznito?” o “¡Mira, Babucha, lo que hiciste!”.

Para precisar, ahora sí, la aplicación de esta clase de palabras, de las cuales ya hemos notado el poder que entrañan, examinemos las diferencias y los casos.

Empecemos por los apodos y los alias, que deben escribirse con mayúscula inicial, porque reemplazan a los nombres propios y cumplen un papel muy semejante. Muchos están antecedidos por un artículo: “Ayer visitamos al Gordo”, “Por fortuna, el Tigre Falcao marcó un gran gol”, “¿Qué destino le espera al Chapo Guzmán?”. Las normas de la lengua española sobre este tipo de vocablos indican que el artículo va en minúscula.

También, en ocasiones es correcto usar estas palabras entre comillas, siempre y cuando estén situadas entre el nombre de pila (la bautismal) y el apellido: «Es larga la historia deportiva de Hernán, el “Bolillo”, Gómez», «Casi nadie conoce a Pedro “Cariñoso” Ramírez», «Saludamos a Arnoldo, el “Guajiro”, Iguarán».

Las palabras “apodo”, “sobrenombre” y “alias” se toman por lo regular como sinónimos, pero es recomendable dejar “alias” para aquellos términos asignados a las personas cuya honorabilidad sea bastante inestable. En cambio, “hipocorístico” (término poco conocido) se refiere a un nombre diminutivo, abreviado o infantil, casi siempre con carga familiar o cariñosa: “Hola, Patty”, “Salúdame a Pepe”, “Juanes es inteligentísimo”.

Por su parte, “seudónimo” quiere decir “nombre utilizado por una persona en un determinado ámbito, en lugar del suyo verdadero, especialmente el usado por un escritor o un artista” (RAE). Así, descubrimos qué tan práctico fue el famoso escritor español José Augusto Trinidad Martínez Ruiz al usar el seudónimo Azorín, o asombrarnos todavía con las obras pictóricas de Doménikos Theotokópoulos, conocido en la historia y en el mundo como el Greco.

Para concluir por ahora este asunto, creo que todos, alguna vez, hemos escuchado expresiones de afecto o de amor intenso, que son quizás las más guardadas en las profundidades de nuestro ser: “hola, Tesoro. ¿Cómo te fue hoy en el colegio?” (una madre a su pequeño niño); “siempre te recuerdo, Migaja de mi Corazón” (un esposo a su esposa); “Oiga, Pato, ¡qué bueno verlo después de tantos años!” (en un reencuentro entre amigos); “¿Cómo estás, mi Príncipe?” (un tío abuelo a su sobrino nieto).

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA