Educación

‘Una sociedad no alcanza valores si no puede perdonar’: Alberto Linero

Su abuela le enseñó que los problemas son bendiciones, e inspiró al padre más popular del país.

Padre Alberto Linero

Para Linero el cristianismo no es una tontería, “es resolución pacífica de los conflictos”.

Foto:

Cortesía Carolina Assik

15 de junio 2017 , 10:09 p.m.

No es un sacerdote convencional. Narra partidos de fútbol, es hincha del Unión Magdalena y el Barcelona de España. Su voz es profunda, potente, y su hiperactividad no es más que el reflejo de lo que ha sido siempre: un líder innato, un hombre de fe con una capacidad inmensa para comunicar. Tanto así que acaba de poner en librerías su décima publicación, titulada Mi venganza es perdonarte.

Alberto José Linero es, sin duda, el sacerdote más reconocido del país. Su voz tiene la cadencia del vallenato, música con la que creció en Santa Marta al lado de su abuela Cleotilde Igirio, quien lo levantó a punta de guineo ‘pangao’ (macerado) con queso, en la época de la bonanza marimbera que lo marcó, pues todo se resolvía a punta de bala y no había lugar para el perdón. Y mientras el país y sus conflictos se solucionaban con ríos de sangre, su abuela le enseñaba que los problemas son bendiciones de Dios y que ese Dios no es magia, sino esfuerzo.

Su influencia fue tal que cuando ella ya había muerto y él tenía 14 años, hizo un retiro espiritual “bacano”, pues le cambió la vida, y decidió que quería ser como esa abuela que se valía de la radio para estar informada y de una enorme capacidad para narrar historias extraordinarias sobre Dios.

¿Escribió este libro motivado por el proceso de paz que vive el país?

Para mí, el perdón es un tema de siempre. No lo pensé como una respuesta a una situación actual. Los hombres no podemos ser felices viviendo en comunidad si no perdonamos. El perdón es una experiencia de convivencia, de compartir. Una sociedad no puede alcanzar los valores si no puede perdonar. Antes de ser una experiencia espiritual, es una experiencia humana. Por eso no me gusta que se crea que la experiencia del perdón simplemente les corresponde a aquellos que creemos en un ser trascendente, como Jesús de Nazaret. Todos necesitamos aprender a recuperar la armonía perdida, aprender a recordar sin dolor, aprender a convivir sanamente.

¿Por qué eligió la parábola del hijo pródigo para hablar del perdón?

Esa parábola nos demuestra lo que ya nos había dicho Gerónimo Bruner en aquel texto Realidad mental y mundos posibles. Lo sublime tiene que ser relatado. Además, esa parábola me persigue. Cuando yo vivía con mis padres, dos de mis hermanos escuchaban salsa a todo timbal, y escuché cientos de veces esa parábola cantada por Richie Ray y Bobby Cruz, Juan en la ciudad. Luego, cuando estudié griego, el profesor me dijo que había que hacer un análisis gramatical de la parábola del hijo pródigo.

Cuando recibí clases de Reconciliación en la Universidad Javeriana, el profesor eligió la parábola del hijo pródigo como eje del semestre. La he predicado cien mil veces y me doy cuenta de que están las tres miradas del perdón: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. Entonces, veo que pasa lo mismo en esta sociedad que en la de aquellas épocas.

¿Qué es la escuela del perdón?

Yo creo que necesitamos que las familias sean escuelas del perdón. Nosotros no podemos tener escuelas de odio. No podemos seguir negándonos a la diferencia, no podemos seguir rechazando al que no es como nosotros. Yo no quiero que tú seas como yo. Yo no me quiero imponer a nadie, ni quiero que nadie se me imponga a mí. Quiero que conversemos. Necesitamos esa predisposición al perdón, y es el momento de recuperarlo desde las familias para poder salir adelante. Los padres son los que deben dar el ejemplo. Cuando tú la embarres, tú debes mirar a los ojos a tu hijo y decirle: “Papi, perdóname. Tenía mucha ira y te grité y no fue justo, y eso no está bien. Te pido perdón. ¿Te puedo dar un abrazo?”, y yo te aseguro que si tú vives esa experiencia, él niño va a aprender.

¿Necesitamos aprender a convivir?

Mire, yo tengo cinco hermanos. A dos de ellos les gusta la salsa de manera loca. A mí me gusta el vallenato y sus historias. Todos convivíamos en la casa y, había que encontrar un momento para oír salsa y el momento para oír vallenato. Ahí aprendí a perdonar porque había veces que yo quería escuchar a Diomedes, a los Zuleta, a Silvio Brito, a Iván Villazón, y mis hermanos estaban escuchando a Ismael Rivera, y no se podía. Eso es aprender a respetar la diferencia.

¿Por qué ver el perdón como una venganza?

Las motivaciones para perdonar son tres: inteligencia, salud y espiritualidad. Yo perdono por inteligencia. No es inteligente vivir amargado, herido y destilar odio todos los días, mientras que la persona que me ofendió está feliz divirtiéndose.

Cuando te perdono, te quito el poder de que me sigas dañando. Ya me dañaste atrás, ya no me vuelves a dañar más porque me voy a liberar de ti. Sabina lo dice en aquella canción hermosa, 19 días y quinientas noches. “Para qué me va a perdonar si ya no le importa”. Claro, lo entendí. Sí te perdono es porque ya no tienes el primer lugar que tenías antes en mi vida. Segundo, es salud porque las emociones terminan manifestándose en la salud física. La herida se somatiza y termina en una enfermedad de estas que tenemos hoy. Y espiritualmente, porque yo he descubierto a Jesús de Nazaret y yo quiero ser como Jesús de Nazaret.

¿Cuál es la diferencia entre reconciliación y perdón?

Un vallenato de Marciano Martínez, interpretado por Diomedes Díaz, Amarte más no pude, lo explica muy bien. Dice: “...Yo puedo perdonarte si es que estás arrepentida, pero volver contigo, no lo puedo hacer ni en sueño”. Yo te perdono setenta veces siete, pero si tú tienes problemas legales conmigo, tenemos que ir a donde el juez. Perdón no es impunidad. Yo te perdono, pero si tú afectas mi salud mental, mi salud emocional y dañas mi dignidad, no puedo estar contigo. Yo creo que hay que poner límites. Yo no le puedo decir a una mujer a la que están ‘levantando’ a trompadas, a la que han intentado apuñalar cuatro veces, a la que han intentado dañar, ‘perdónalo y sigue con él’. Yo la cuestiono sobre lo que está pasando allí y si vale la pena quedarse. Debemos ser sensatos.

¿Cómo perdonar aberraciones como la de Uribe Noguera o la de algunos sacerdotes?

Soy enemigo de esos comportamientos, pero vamos a decir cuatro cosas para que nos entendamos. Esta es una sociedad enferma, y debe caer el peso de la ley sobre los culpables de estas aberraciones. Nuestra sociedad está enferma porque los valores, las virtudes, las ideas y la fuerza que les dan sentido a los proyectos de vida se han oscurecido. Al que es bueno o bondadoso lo llamamos tonto. La corrupción está campeando, y tenemos una pérdida del sentido de la ética que yo no negocio. A mí no me importa si una persona es atea. Eso no lo hace una mala persona. Yo respeto que tú no creas. No hay problema, podemos convivir. Pero lo que sí pido es que tengamos una ética que nace del pensamiento, no de la creencia. Nos hemos vuelto morbosos, y la tragedia del narcotráfico no es solo el consumo de la droga, no es solo el enriquecimiento ilícito. Culturalmente nos hizo mucho daño, porque nos gusta el facilismo. Todo se resuelve a tiros. Yo viví en Santa Marta en la época de la bonanza marimbera, finales de los setenta e inicios de los ochenta. Yo era un niño y vi cómo a la sociedad le gustaban los atajos. La gente no quiere hacer una fila, la salud es un desastre, la educación es un desastre porque se roban la plata de la educación, de la salud. Necesitamos entender que el dinero no lo es todo.

El libro no está dirigido exclusivamente para católicos, ¿verdad?

Para ser un mal religioso, para ser un mal creyente, es mejor ser ateo. Para ser fanático, es mejor ser ateo. A mí me da miedo que nos escondamos detrás del fanatismo para señalar y destruir gente. Yo admiro a la gente que cree, confío en la gente que cree, pero le tengo miedo al fanatismo. La propuesta de Jesús es sólida, y si la gente es atea es de alguna manera porque nuestros relatos y nuestra manera de vivir no les han ayudado a encontrar a Dios. Entonces, lo primero que hago es un mea culpa. Estoy hablando de mí, de Alberto José Linero, y yo me siento responsable de que muchos se vuelvan ateos porque por mis comportamientos no muestro a Dios como tiene que ser. Lo segundo es que me da miedo el ateísmo fanático, me da miedo el que insulta a los otros y que es tan fanático como los recalcitrantes religiosos. Me encantan los ateos inteligentes, que respetan al otro, que valoran las discrepancias del otro, que entienden que el otro tiene el derecho de encontrar el sentido, de buscar el sentido en cualquier parte. A todos yo los amo, y con esos ateos tengo excelentes relaciones. Pero a veces lo que uno se encuentra son fanáticos de un lado y fanáticos del otro lado, y pelean entre fanáticos. Y encima de todo, pelean porque han vuelto religioso lo que no es religioso. El derecho a la vida no es religioso. La vida es un valor sagrado. Antanas Mockus nos dejó clarito en su campaña anterior que la vida era sagrada. Eso no depende de que yo crea o no crea. No me hagan un debate religioso, porque eso no tiene nada que ver con la religión. Volvimos religiosa la ética. Tú tienes que ser bueno creas o no creas. Confundimos los debates y, claro, terminamos en la locura en la que estamos.

¿Los católicos estamos obligados a perdonar todo?

Que me expliquen por qué Jesús en el evangelio de Juan, capítulo 19, cuando Herodes o alguno de los que están ahí en el pretorio le dan una cachetada a Jesús y Él no pone la otra mejilla. El cristianismo no es tontería. El cristianismo es resolución pacífica de los conflictos, el cristianismo es amor por el otro. El cristianismo es servicio por el otro. Ahora, si tú eres ‘mala clase’, yo no voy a hacer nada por dañarte. Pero olvídate de que voy a estar al lado tuyo para que me des palo. Yo no soy masoquista. Si estamos en un plano de violencia, yo prefiero ser Abel. Si tú me vas a matar, yo prefiero que tú me mates a mí y no ser Caín. No tengo escapatoria. Para mí, la vida es Sagrada.

¿Cómo explicar el perdón de Jesús en la cruz, después de todo el dolor al que fue sometido?

¿Tú te imaginas la tragedia que es morirse amargado y morirse triste? Eso debe de ser una tragedia terrible. Jesús es un hombre muy inteligente y, además de ser el hijo de Dios, es un ser humano inteligente y entiende que hay que morir en paz. ¿Sabes qué hace? Parte de su perdón comprendiendo a los otros. Para poder perdonar hay que comprender al otro. Pero más allá de eso, yo creo que hay una fuerza de Dios actuando desde adentro de nosotros que si la dejamos actuar nos lleva a perdonar. Esa es la gracia de Dios habitándonos y ayudándonos a perdonar.

¿Perdonar es olvidar?

Le tengo miedo al olvido porque en este país sufrimos de alzhéimer y por eso repetimos las mismas tragedias, elegimos a los mismos, gente que ya ha fracasado. A mí me da miedo ese alzhéimer social. Debes recordar, pero sin dolor, sin pasión. De alguna manera, el no olvidar me prepara para el futuro y me asegura no equivocarme. A mí me encanta Dios. Él perdona a David de un pecado inmenso y después le dice a Salomón que tenga el corazón de su padre. ¡Emocionante! Dios ahí sí olvidó y volvió a aceptar a David tal cual era. Volviendo al país, hay cosas que no se pueden olvidar. Las masacres no se pueden olvidar. Ni las que hicieron los de la derecha ni las que hicieron los de la izquierda. Esas las tenemos que recordar para que nunca más tengan que suceder.

Libros para dar a conocer ‘la alegría de vivir’

Este hombre, que prefiere a los ateos respetuosos más que a los fanáticos religiosos y dice tener cosido a su alma el Caribe colombiano, es un hombre contestatario, activo en las redes sociales, que no teme enfrentar a sus detractores.

Quizás por eso han tildado al padre Linero de profesar ideologías de derecha o de izquierda... Él, dice, es un cristiano que cree en el evangelio de la no violencia y que su papel es dar a conocer la alegría de vivir a través de las enseñanzas de Jesús, sin importar el credo de quienes lo leen y lo buscan. Sus libros, afirma, no tienen pretensión distinta de comunicar un mensaje que le quema por dentro. Empezó a leer y escribir a los 5 años y desde entonces no ha parado de hacerlo, pues siente que cumple una misión al ayudar a sanar y cicatrizar con palabras el dolor y las heridas que todos llevamos dentro.

OLGA MORALES BURGOS
* Autora del libro ‘No solo de pan vive el hombre’, de Intermedio Editores
Especial para EL TIEMPO

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