Educación

Una universidad que se ha reformado para permanecer

El principio rector fue que el deber de la universidad es estar al servicio de sus estudiantes.

Moisés Wasserman

Moisés Wasserman fue rector de la Universidad Nacional de Colombia desde el año 2006.

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22 de septiembre 2017 , 12:45 p.m.

El cambio y la permanencia son dos características que parecen opuestas, pero que se han mantenido en la universidad mundial desde sus inicios hace mil años. No es extraño que en un mismo texto se pueda afirmar que la universidad de hoy es muy diferente a la de ayer y poco después, que en realidad es muy parecida. Ella es, paradójicamente, una institución muy conservadora que cambia todo el tiempo. No ha sido diferente con la Universidad Nacional de Colombia.

La primera y decisiva reforma en el siglo XX sucedió en 1935 con la creación de la Ciudad Universitaria y la expedición de la ley orgánica, durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo.

La primera y decisiva reforma en el siglo XX sucedió en 1935 con la creación de la Ciudad Universitaria y la expedición de la ley orgánica, durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo.

La siguiente notable fue la liderada por el rector José Félix Patiño, quien recogió esfuerzos de las tres rectorías anteriores, consolidó las grandes facultades y dio bases para una educación más integral y para una planta profesoral de tiempo completo que permitiría hacer de la investigación científica una actividad central.

Unos 20 años después, Antanas Mockus lideró otra que pretendió ampliar la flexibilidad de los programas y cambiar la pedagogía por una en la que el estudiante fuera más independiente. Marco Palacios en su segunda rectoría logró aprobar otra más, que infortunadamente se congeló con su renuncia y no fue puesta a prueba.

El vicerrector académico en ese momento señalaba con razón que lo que vivió la universidad fue un largo proceso de reforma con diferentes hitos. Los principios fundamentales fueron muy parecidos en todas, aunque la aplicación, como suele suceder en las sociedades humanas, no generó un progreso lineal. Hubo avances y a veces retrocesos; reformas y contrarreformas.

El año 2006, al equipo que tuve el honor de liderar le tocó reasumir las reflexiones y discusiones para avanzar en los cambios necesarios. Se estableció un sistema de créditos y de equivalencias (por primera vez en la UNC, y muy tardíamente) para posibilitar la flexibilidad curricular y la movilidad entre programas, facultades y sedes. Se construyeron planes de estudio con un alto contenido de asignaturas de libre elección. El tiempo de duración del programa dejó de ser motivo de rechazo, pues se definió, como requisito de grado, un número de créditos para ser tomado más o menos libremente por cada estudiante.

El principio rector fue que el deber de la universidad es estar al servicio de sus estudiantes; y a través de ellos, al servicio de la sociedad

La reforma académica se acompañó de un nuevo estatuto estudiantil que reemplazó del que llevaba 30 años y que se había hecho obsoleto. Ese estatuto les abrió al estudiante diversas posibilidades para el trabajo de grado, para estudios complementarios e independientes a su carrera y para dobles titulaciones y paso directo a los posgrados. La reforma no se limitó a reestructurar los procedimientos académicos, sino que se diseñó para generar las condiciones en las que los estudiantes pudieran participar activamente en la construcción de sus programas de formación.

Los hechos fundamentales estaban claros para el equipo directivo. El modelo de universidad adoptado fue el que se impuso en el mundo, no por decretos, leyes o modas, sino por su inmenso éxito e impacto social, y es el de una universidad que incorpora a la investigación en los procesos formativos. Esa universidad conservó la autonomía –con la que nació hace un milenio–, pero asumió además nuevas obligaciones y retos de acuerdo con las exigencias de sus estudiantes y de la sociedad.

La voluntad para acometer la reforma no respondió a un prurito por el cambio, sino que fue el producto de un diagnóstico que incluyó los éxitos de las anteriores reformas, pero también sus limitaciones y sus fracasos.

El principio rector fue que el deber de la universidad es estar al servicio de sus estudiantes; y a través de ellos, al servicio de la sociedad.

Por eso, y por lo evidente de sus bondades, la última reforma ha perdurado casi un decenio, y sin duda será un escalón sólido sobre el que la universidad dará su próximo paso de ascenso.

*Exrector Universidad Nacional

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