Educación

El hombre que luchó para que perdonaran la vida de quien quiso matarlo

La historia del musulmán Rais Bhuiyan, sobreviviente a un ataque de odio en Estados Unidos.

Rais Bhuiyan

Hoy, Bhuiyan lidera la organización Un Mundo sin Odio, que busca reducir los crímenes por razones de raza y odio.

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Nancy LaLanne

14 de marzo 2017 , 07:09 p.m.

Imagínese que un millón de abejas le pican la cara al mismo tiempo. Haga el ejercicio: imagínelo. Así describe Rais Bhuiyan el dolor que sintió cuando Mark Stroman le disparó en la cara con una escopeta de dos cañones, a un metro y medio de distancia. Primero vio el fogonazo, luego oyó el estallido de la pólvora frente a él. Bhuiyan se llevó las manos al rostro y se dio cuenta de que le escurría sangre por el lado derecho. “Miré hacia abajo y vi que la sangre corría como de una fuente abierta. Puse una mano en la cabeza como para que mi cerebro no se fuera a salir”, narra.

El intento de asesinato ocurrió el 21 de septiembre de 2001, diez días después del atentado a las Torres Gemelas. Bhuiyan estuvo cerca de ser el segundo musulmán asesinado por Mark Stroman, un supremacista blanco, miembro de la Hermandad Aria, que después del 9-11 se dedicó a buscar a practicantes de esa religión para matarlos y vengar su país. Escogía a sus víctimas por su color de piel y sus rasgos árabes.

Seis días antes de ir por Bhuiyan, Stroman, de 32 años y con un amplio prontuario judicial –robos, posesión ilegal de armas, falsificación de cheques–, había matado de un disparo en la cabeza a Waqar Hassan, un inmigrante paquistaní que cocinaba hamburguesas en un restaurante de Texas. Bhuiyan sabía que un asesino andaba suelto. Por eso, cuando vio a Stroman entrar en la tienda de la bomba de gasolina donde trabajaba, con una gorra de béisbol y la cara cubierta con una bandana y unas gafas de sol, tuvo un mal presentimiento. “Vi que llevaba algo brillante en su mano derecha”, recuerda Bhuiyan.

Como ya tenía experiencias con ladrones, alcanzó a pensar que Stroman estaba ahí por dinero. Tal vez quería empeñar su arma, cosa frecuente en una tienda a la que la gente iba a ofrecer toda clase de artículos a cambio de unos pocos dólares. Pero con Stroman la historia era diferente.

—No me haga nada; por favor, no me dispare —le dijo Bhuiyan, al tiempo que daba dos pasos hacia atrás.

Stroman no miró los billetes que Bhuiyan había puesto en el mostrador. Su mirada estaba sobre los ojos del empleado.

—¿De dónde eres? —le espetó Stroman.

Un frío le recorrió la espalda y solo atinó a decir:

–¿Perdón?

Stroman apretó el gatillo.

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Raissudin Bhuiyan nació en 1973, en Bangladés. Cuando habla de sí mismo se describe como una persona afortunada por haber crecido en una familia de clase media alta en uno de los países más pobres del mundo. Desde que era un niño y estudiaba en la escuela militar Sylhet Cadet College, empezó a preguntarse por la desigualdad en la sociedad. “¿Por qué nosotros tenemos lo que necesitamos y otros deben venir a nuestra puerta a pedir comida?”, se cuestionaba. Una vez, su mamá, al ver que su clóset se estaba desocupando, decidió investigar lo que pasaba. Descubrió que su hijo les estaba regalando su ropa a personas sin hogar. En lugar de reprenderlo, le dijo que estaba bien que quisiera ayudar, pero que por el momento disfrutara de su niñez.

Al acabar el colegio, Bhuiyan entró a la Fuerza Aérea para cumplir su sueño de ser piloto. Ahí tuvo tres años y medio de entrenamiento, y cuando alcanzó su meta se chocó con el desencanto: presentía que estaba para cosas más grandes. Viajó a Nueva York a estudiar Ciencia Computacional. Tras dos años y medio en la Gran Manzana, un amigo de la primaria lo invitó a irse a vivir a Dallas y le ofreció trabajo en una estación de gasolina. “Yo estaba emocionado porque iba a llegar a la tierra de las películas del Oeste que veía en casa, las de Clint Eastwood”. Era el verano de 2001, y la tragedia estaba a pocos meses de caer sobre él. Tenía 28 años.

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Gracias a su entrenamiento militar, Bhuiyan sabía que, luego del ataque que acababa de recibir, debía ocupar el menor espacio frente a su atacante. De otra manera sería un blanco fácil para Stroman. Se tiró al suelo. A los pocos segundos, el agresor se fue, tal vez creyendo que su víctima había muerto. “Siempre fui entrenado para atacar, no para ser la víctima. Estaba muriendo y no sabía cómo reaccionar”, dice Bhuiyan. Unos hombres que estaban en una barbería cercana lo auxiliaron y llamaron una ambulancia. En el camino hacia el hospital, Bhuiyan cayó inconsciente. Pero antes hizo una promesa: si Dios lo salvaba, dedicaría su vida a ayudar a otros.

Cuando despertó en el centro de atención, lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba. Creía que había muerto y que un ángel iba a llegar a confortarlo. Una enfermera le explicó dónde estaba. “Ese fue uno de los momentos más hermosos en toda mi vida”, recuerda. Pero esa relativa felicidad no duró: como estudiante, Bhuiyan no tenía seguro médico, por lo que fue dado de alta al día siguiente. Ahí comenzó la segunda parte de su pesadilla americana. La primera fue recibir un disparo en la cara; la segunda, que el hospital le dijera que debía organizar el tratamiento por su cuenta. Pasaron dos semanas antes de su primera cirugía, tiempo suficiente para que perdiera la visión del ojo derecho, por el que entraron dos de los 38 'pellets' que le disparó Stroman.

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Aunque sus papás le pidieron que volviera a su país, Bhuiyan prefirió seguir adelante con su objetivo de ser alguien en Estados Unidos. “Yo había llegado con un sueño que todavía quería perseguir. No me iba a permitir sentir lástima por mí mismo”. Durante su recuperación, no flaqueó. Aunque tuvo que pedirles plata a sus amigos para comprar comida y a veces solo podía conseguir los medicamentos en muestras gratuitas. En otras ocasiones tuvo que pedirles a desconocidos que lo llevaran a los centros médicos: tenía miedo de salir a la calle solo, con la cara desfigurada.

Un médico cristiano del que se hizo amigo le practicó las primeras cirugías reconstructivas. Le dijo que no se preocupara por pagarle, que podría hacerlo cuando consiguiera el dinero. Después de unos ocho meses, sus cicatrices se estaban yendo. “Eso me fortaleció. Conseguí una beca para volver a estudiar y empecé a trabajar como mesero”. En ese trabajo ganaba dos dólares con treinta centavos la hora. “A veces mi cheque semanal era de 25 centavos, porque el salario se iba en impuestos. Me arreglaba con propinas”.

Como resultado del ataque, Bhuiyan perdió un diente y la visión en el ojo derecho, y también a su prometida, que estaba bajo mucha presión para casarse con él. Pero hubo tres cosas que nunca dejó ir: su sueño, su esperanza y su fe. “Había una razón por la que Dios salvó mi vida y me puso en todo esto. Quizás Él me estaba preparando para algo más grande. Me estaba haciendo una persona más fuerte”.

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El 4 de octubre de 2001, trece días después del intento de asesinato contra Bhuiyan, Stroman mató a Vasudev Patel, un indio de 49 años. Este fue el último de sus delitos, porque de inmediato fue capturado, llevado a juicio y condenado a muerte por una corte de Texas. En numerosas ocasiones, Stroman afirmó que había cometido los crímenes porque “él sí era un auténtico americano, un auténtico patriota”. Ahora solo le quedaba esperar, en el corredor de la muerte, su ejecución.

Bhuiyan, por su parte, continuó con su recuperación física y la reconstrucción de su vida. En el 2009 hizo su primera peregrinación a la Meca (Arabia Saudí), viaje que todos los seguidores del islam deben hacer por lo menos una vez en su vida. “¿Por qué me salvaste la vida? ¿Cuál debe ser mi propósito ahora? Hice una promesa en mi lecho de muerte, ayúdame a mantenerla”, le imploraba a Dios. En medio de su oración, no podía sacar de su mente a su agresor, que para entonces seguía esperando su turno de muerte. “Pensaba que, al ejecutar a Stroman, solo estarían perdiendo una vida humana, pero no lidiando con las raíces del problema: el odio y la ignorancia. Empecé a verlo como un humano, como una víctima que merecía una segunda oportunidad para vivir”.

En el noveno aniversario de su ataque, Bhuiyan inició una cruzada silenciosa para salvarle la vida al hombre que una vez intentó arrebatarle la suya. Sabía que si se le daba a Stroman una segunda oportunidad, eso lo haría una mejor persona y podría contribuir a la sociedad de forma positiva, aún tras las rejas. “Un verso del Corán dice que salvar una vida humana es salvar a toda la humanidad. Eso era lo que yo pensaba hacer”. Inspirado por su fe, intentó por todos los medios legales frenar la ejecución de Stroman. Incluso, apeló la sentencia un día antes de que se llevara a cabo.

El 20 de julio de 2011, Stroman murió por una inyección letal. Ese día, él y Bhuiyan volvieron a intercambiar palabras. No lo habían hecho desde su encuentro en la tienda. La conversación duró unos pocos segundos y fue posible gracias a un amigo de Stroman que puso dos teléfonos en altavoz, uno frente al otro. Desde el otro lado de la línea, Stroman le agradeció: no podía creer lo que Bhuiyan había hecho. Él, por su parte, le dijo que lo perdonaba. Antes de colgar, el agresor se despidió con las siguientes palabras: “Te amo, hermano”.

“Era la misma persona que, diez años antes, me había disparado en la cara sin razón –dice Bhuiyan–. ¿Por qué no me pudo llamar hermano ese día, en vez de jalar el gatillo? ¿Por qué no me pudo preguntar si estaba asustado por lo que estaba pasando en el país al ser un inmigrante? ¿Por qué no me extendió esa mano de ayuda ese día? La respuesta es porque su corazón estaba lleno de odio e ignorancia. Como Stroman no me conocía, trató de matarme. Pero cuando me conoció, dijo que me amaba, que yo era su hermano”.

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Hoy, Rais Bhuiyan trabaja en una empresa de tecnología en Dallas y dirige Un Mundo sin Odio, organización que busca acabar con los crímenes por razones de raza o religión y que nació en el 2011 con su cruzada internacional para evitar la ejecución de Stroman. Uno de sus logros más importantes ha sido impedir que uno de los laboratorios que fabrican los medicamentos que Estados Unidos utiliza para las ejecuciones con inyección siga proveyéndolos para tal fin. En el 2014, el periodista de 'The New York Times',  Anand Giridharadas, narró la historia de Bhuiyan y Stroman en el libro 'El verdadero americano: asesinato y piedad en Texas', que pronto será llevado al cine bajo la dirección de Kathryn Bigelow.

–¿Es posible perdonar cualquier ofensa?

Bhuiyan responde:

–Hay que entender qué es y qué no es perdonar. Perdonar es una herramienta muy poderosa, pero mal entendida. Es una decisión que se toma para dejar ir los pensamientos de venganza, violencia y resentimiento. El perdón beneficia tanto a la víctima como al perpetrador. El castigo es necesario para mantener la justicia y el orden en la sociedad, pero eso no significa tener que quebrar a alguien. La justicia criminal no ayuda si se convierte en una forma de venganza. Debería servir para dar una oportunidad de ser mejores seres humanos.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ

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