Educación

¿Hijos y padres: hinchas de equipos distintos?

Aunque el amor por un equipo suele ser heredado a los hijos, a veces otra pasión se roba su corazón.

fútbol

En modo mundial, las familias se unen para celebrar la pasión del fútbol, sin distinción de colores y pasiones.

Foto:

123rf

17 de junio 2018 , 10:00 p.m.

Es posible escoger aquello que se ama? No es fácil. Esas cosas pasan porque sí, sin aparente explicación, sin supuesto razonamiento. Es que el amor es así: inexplicable, inagotable, a veces incluso inviable, pero siempre ineludible. No se puede esquivar el amor. Eso lo sabía el padre de Raulito, el personaje principal de 'El cuadro de Raulito', un cuento del autor argentino Eduardo Sacheri; y por eso, porque entendía que los
amores no se imponen, lo dejó en libertad. ¿De qué? De amar a River y no a Huracán, su club, la herencia a la que su pequeño se negó.

Se trata de esos dramas que solo los hinchas entienden. Ese 'drama' que comparten Pilar Pinedo y Andrés Monsalve. Ella, una hincha de Millonarios, tuvo tres hijos varones y ninguno se puso la camiseta azul. Él, un paisa hincha del Medellín, enfrentó la idea de que a los 6 años su primogénito le diera la espalda y eligiera el bando contrario, porque cuando el corazón ha hablado, ni siquiera la sangre cambia el veredicto.

La sangre es verde, no roja

En el cuento de Sacheri, el padre de Raulito, en sus días más tristes, entiende que tal vez la decisión de su hijo fue la mejor: "(…) un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces (…) sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se cortase con él, sin involucrar a su hijo. Que tal
vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena, comprando 'El Gráfico' con su ídolo en la tapa". Sin sufrir tanto, porque, ¿quién ama para sufrir? "Un hincha del Medellín", se contesta Andrés Monsalve.

"Es que ser hincha del Medallo es difícil. Con este equipo son más las tristezas que las alegrías", dice Andrés con el tono de quien acepta su destino sin el menor remordimiento. El Independiente Medellín, el equipo rojo de Antioquia con más de
100 años de historia, es una religión en la casa de Andrés,
cuyo mayor sacerdote, aquel que predicó en nombre y para el DIM, fue Mario Monsalve, el papá de Andrés. "Él me inculcó este amor. Cuando murió yo apenas tenía 5 años, pero su herencia sigue más viva que nunca", asegura Monsalve, mientras recuerda su primera ida al estadio.

"Me llevó mi primo cuando apenas tenía 7 años. Lo recuerdo perfectamente. Jugaba Medellín vs Pereira, y ganamos 3-2 en uno de esos partidos llenos de emociones". Ahí, en el Atanasio, se consagró el amor por el rojo y azul de Andrés, y allí, en el mismo estadio, intentó que pasara lo mismo con su hijo, el pequeño Andrés Felipe. "Hice de todo. Le compré camisetas, lo llevé a entrenamientos del ´rojo´, le presenté jugadores y lo llevé al estadio. Todo iba bien. Uno siempre quiere que el hijo siga la tradición, que le guste lo mismo que a uno le gusta, pero la cosa cambió en 2017", se lamenta el papá.

Se jugaba la final Nacional vs Cali, esa que el equipo paisa terminó ganando por goleada en el último partido. A pesar de tener camisetas del DIM, de conocer el estadio y tener un papá hincha furibundo del rojo, Andrés Felipe apareció un día con la camiseta del verde. ¿Qué pasó?, se sigue preguntando el papá tal como lo hizo esa tarde en la que encaró a su hijo en una conversación de hombre a hombre que nunca olvidará. Se sentaron frente a frente, sin que nadie los molestara, mientras afuera la ciudad vibraba con una nueva final de fútbol.

Andrés lucía preocupado, triste, también enojado. "Le pregunté qué pasaba. Él no me dijo nada, me miraba solamente. Le dije que no aceptara presiones de nadie; yo creía que le estaban endulzando el oído por otra parte, que la familia de la mamá estaba casi que obligándolo a ser de ese equipo. Le dije que me dijera si eso estaba pasando", recuerda Andrés.

Por fin, el chico de apenas seis años, habló. No, no lo estaban presionando. No, no le endulzaban el oído. No, no era hincha del DIM. Su corazón era verde, como la camisa que usaba en ese momento, como las banderas que ondeaban afuera en las calles, como el color que representa el escudo de Antioquia. "Yo sí tengo que decir que me
dolió mucho. Hombre, uno quiere que el hijo ame el equipo que uno ama, que sea de los de uno. Pero si tenía que ser así, que así fuera. En eso manda el corazón, y así toca apoyarlo", se lamenta el papá rojo.

Uno quiere que el hijo ame el equipo que uno ama, que sea de los de uno. Pero si tenía que ser así, que así fuera. En eso manda el corazón, y así toca apoyarlo

fútbol

Andrés Felipe le anunció a su padre a los seis años que su corazón era del Atlético Nacional.

Foto:

Archivo particular

La semana pasada, cuando el Tolima hacía la imposible ganándole al equipo de Andrés Felipe en su casa, el papá se sacó esa pequeña espina con su hijo.

-"Si ve papi que allá también se llora"

El niño, ya de 7 años, le contestó.

-Es que no todas se pueden ganar.

-Ah, ¿y por qué no decía eso del Medallo?"

"Yo espero que sea un gusto pasajero, de niños. Yo espero que en unos añitos vuelva a ser del rojo. La ilusión no se pierde". Por supuesto que no, la ilusión va cocida al corazón del hincha del Independiente Medellín.

Una familia multicolor

River vs Huracán

"-Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. El hijo lo miró con curiosidad.

-¿Y qué problema hay, pa?

El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:

-Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?"

Santa Fe vs Millonarios, diciembre 2017. Primera final de Liga Colombiana que enfrenta a los dos equipos más tradicionales de Bogotá. En la casa de Pilar Pinedo, la sala está dividida. En un lado, la marea azul, donde ella, su hermano Luis Fernando y otros invitados hacen fuerza por el “Embajador”. Al frente, dos de sus tres hijos visten la roja del “León”. ¿Qué problema hay? Ninguno, aparentemente. La pasión, como suele pasar, se lleva por dentro: allí en el corazón de la mamá Pinedo, que se debate entre anhelar la felicidad de un título, o evitar las lágrimas de sus hijos, Santiago y Nicolás, que a temprana edad se bajaron del barco azul.

No importaron las suplicas y los intentos de Pilar porque sus hijos volvieran a aceptar la herencia que ella quería para ellos. Ella misma había optado por otros amores respecto a sus padres, costeños hinchas del Junior que aún en Bogotá no abandonaron su camiseta. Luis Fernando, el hermano de Pilar, la había llevado al Campín y había propiciado el amor por el azul y el blanco, pero a Santiago y Felipe otra pasión los había convencido.

“Una tía de Santiago y Nicolás se me adelantó siendo ellos muy pequeños. Los llevó al estadio y los volvió rojos. Ese día de la final mi casa estaba mitad y mitad, y mis papás, que nos quieren a todos, querían empate. Al final, cuando Millonarios ganó, fue imposible no sentirme tristes por ellos”, recuerda Pilar mientras añade que el gusto futbolístico de sus dos hijos mayores no fue su mayor sorpresa.

Faltaba la cereza del pastel, el acto incomprensible de quien viviendo a más de 500 kilómetros de distancia, decide que su estadio, el hogar de su equipo, no es el Campín, tampoco el Atanasio y mucho menos el Pascual. Es el estadio General Santander, la casa del Cúcuta Deportivo y de Felipe Giménez, el tercer hijo de Pilar.

“Felipe fue una cosa de no entender. Incluso le tuvimos que comprar la camisa. No le importa que su equipo este en la segunda división, algo por lo que lo molestan mucho sus hermanos, él lo sigue y sufre por su club. Yo me rendí. Finalmente esto es lo bonito del fútbol, que todos nos unimos a pesar de que somos de distintos colores, a celebrar los goles, la felicidad y la pasión. Ninguna victoria es eterna, en este deporte siempre hay revancha”, finaliza Pilar.

La madre, aunque ha aceptado el designio del fútbol, no ignora que, de vez en cuando, sus hijos mayores intentan convertir a Felipe al rojo capitalino. Durante largos minutos de conversación le venden las bondades del “León”, sin que el menor siquiera se inmute. Ya no hay nada qué hacer. Cuando el corazón ha hablado, su veredicto es inapelable, y ni las copas, los triunfos y las derrotas pueden modificarlo.

No le importa que su equipo este en la segunda división, algo por lo que lo molestan mucho sus hermanos, él lo sigue y sufre por su club

¿Y la selección?

Ya sea hincha de Medellín, de Nacional, de Santa Fe o de Millonarios, de Cali o de América, o incluso del Cúcuta, las familias futboleras se unen alrededor de los tres colores que representan al país en el mundo. Mañana, cuando la selección Colombia arranque su participación en el Mundial, la familia estará unida; es una oportunidad para encontrarse y festejar un gol sin la disyuntiva del corazón. Se grita y se llora
juntos, sin limitantes a la pasión. “El fútbol así se disfruta más. Es una excusa para pasar un rato en familia, olvidar los problemas cotidianos y concentrarse en el juego que en los últimos años nos ha dado tantas alegrías. Yo siempre soy optimista. Tenemos buenos jugadores, todos en su mejor momento en las mejores ligas. Tal vez este sea nuestro mundial. ¿Por qué no soñar?”, finaliza Pilar.

JUAN DIEGO QUICENO MESA
ABC del Bebé
facebook.com/abcdelbebe

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