Educación
ANÁLISIS UNISABANA
Análisis UniSabana

La palabra atómica / En defensa del idioma

Como el dispositivo de una bomba, la palabra mal situada causa estallidos arrasadores.

Sobrentender no es entender / En defensa del idioma

En el afán de la persuasión, algunas personas no se dan cuenta de que se sobrentienden.

Foto:

123rf

05 de mayo 2017 , 12:22 p.m.

Un supuesto estudiante de periodismo le dijo a su maestra que él nunca ha necesitado saber escribir: así, solo ahora, nos enteramos de cómo puede tener tanta coherencia lo que dice un tonto para mantener su condición.

Las palabras, por supuesto, siempre revelan una realidad, así sea la de confirmar que son contrarias a esta. Miles de millones de seres humanos, en efecto, han vivido sin saber leer ni escribir, pero jamás necesitaron de estas competencias para desenvolverse en este mundo. 

De manera proporcional, las demandas del conocimiento corresponden al papel que cada quien desempeñe en esta existencia: vigilante, antropólogo, médico, reciclador, abogado, lavador de automóviles, periodista, asistente de artefactos para adelantar labores de desinfección fluvial, promotor de viajes a viva voz en vehículos de transporte intermunicipal, presidente de una república o vendedor de caramelos a la entrada de una estación de autobuses.

Desde otra perspectiva y aparte de ser famosas, no necesariamente las personas que hablan frente a un micrófono o una cámara son periodistas ni tienen las competencias profesionales sobre la materia prima de este campo del conocimiento: la palabra.

Sin embargo, también con el rubor propio de mis colegas, crece la preocupación cuando el ciudadano común califica de “periodista” a todo aquel que suelte la mayor cantidad de sandeces en el menor tiempo posible y en una desenfrenada carrera por demostrar cómo sí es posible ocupar el primer nivel de la ignorancia extrema.

El riesgo inmenso está en que esos contenidos siguen siendo el modelo de expresión (y más triste, de pensamiento) de millones de personas. Basta con que el espanto provenga de atrás para que el rebaño se mueva hacia adelante; o de adelante para que avance hacia atrás.

La más pequeña frivolidad, tan duradera como una pompa de jabón, se infla con las palabras en los medios de comunicación y motiva a que se comenten asuntos intrascendentes por horas y días completos. ¡Tanta comida chatarra consumida existiendo tantas bibliotecas!

En el plano social, la preocupación crece cuando esas disputas por la banalidad se reemplazan con frecuencia por las cargas agresivas de las palabras. Si siempre se ha dicho que el entendimiento parte del diálogo, y que este se construye con palabras, entonces cómo admitir que el ataque verbal conforme uno de los recursos edificantes de las relaciones humanas.

El intercambio de ideas, es más que demostrado, permite con sensatez y respeto enriquecer nuestros puntos de vista, y ayuda a los demás a enterarse de nuestras consideraciones.

Una vez más: nadie tiene la razón absoluta, pero la conversación expedita, clara, tolerante y tolerable acerca de cualquier asunto permitirá siempre procurarles nuevos elementos de juicio a otros, y recoger nosotros mismos apreciaciones que habíamos pasado desapercibidas o que, sencillamente, apenas habíamos tenido en cuenta. Las palabras y las ideas que estas contienen son los instrumentos perdurables para comprender, cada día más, nuestro papel en el universo.

Ello está lejos de significar que debamos dar crédito a todos los puntos de vista. Ese ejercicio de intercambiar las palabras es quizás (otra vez evocando a Borges) una de las prácticas más efectivas para descubrir nuestras equivocaciones en silencio o dar, con respeto y discreción, una oportunidad para que nuestros interlocutores caigan en la cuenta de las suyas.

Eso sí, hay dos recomendaciones: (1) seleccionar con cuidado al compañero de diálogo y (2) profundizar, con amplitud y desde muchas ópticas, el asunto que se trate.

Una vez instalados, ojalá compartiendo un café o un almuerzo, vamos tejiendo (de ahí viene la palabra “texto”) una a una las palabras; empezamos a hilar el tapiz del discurso, verificando que cada fibra se anude a otra con precisión; la consistencia de esas uniones ha de garantizar la fuerza de las ideas.

Las ataduras forzadas, en cambio, son el símbolo de la falacia, del engaño; las roturas en el tejido, por su parte, anuncian la retirada, eso sí, con un prudente desliz, porque la violencia y el fanatismo ahorcan las palabras.

Es de suma trascendencia asumir la convicción de que la palabra funciona como el dispositivo de una bomba atómica: si se sitúa equivocadamente puede causar chispas, en unos casos, y, en otros, generar estallidos arrasadores.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad Comunicación
Universidad de La Sabana

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