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Pagando por el afecto / En defensa del idioma

Millones de usuarios de redes sociales creen que el reconocimiento como humanos proviene de 'likes'

Mamá e hija

Las redes sociales. 

Foto:

123rf

17 de mayo 2018 , 09:20 a.m.

La tecnología sigue reduciendo la posibilidad de que conversemos a profundidad y con más amplitud. Parece que este sistema invasor está secuestrando de manera gradual, y agazapada como una hiena que se acerca a su presa, los momentos vitales de relación con los miembros de la familia y los amigos.

Los expertos aclaran que cerca del 80% de la comunicación se enriquece con los lenguajes gestual y corporal; por tanto, si estos faltan, también disminuyen esos momentos para demostrar el valor y la relevancia que profesamos por las personas que apreciamos y amamos.

En el Japón, se paga dinero a las personas dispuestas a entablar una conversación “casual” y “espontánea” con cualquier otra que padezca de una soledad extrema, como los abandonados en centros geriátricos, los enfermos dejados a su suerte en una institución que brinda servicios de salud o a los detenidos que jamás reciben visitas. La comunicación, esencial en el dinamismo personal y social, ahora también se ha convertido en mercancía; cada vez menos cosas son gratuitas. Es decir: el afecto (o lo que parece serlo) se vende.

Sin embargo, cómo calificar de “afectuosa” una conducta mediada por el interés material, de manera semejante a como un vendedor finge ante su cliente un muestra de generosidad que este último supone auténtica. La celeridad de este ritmo de vida está disminuyendo cada vez más el trato espontáneo, y así también es más frecuente ponerles tarifas a las palabras, a los segundos o minutos. Por tanto, quienes se encuentren con un reducido presupuesto, o con ninguno, apenas tendrán derecho a entablar conversaciones con sus conocidos.

Parece que este sistema invasor está secuestrando de manera gradual, y agazapada como una hiena que se acerca a su presa, los momentos vitales de relación con los miembros de la familia y los amigos

En España, otro de los países con cambios bruscos en las maneras de relacionarse unos con otros, a algunos empleados del correo se les encomienda la tarea de acercarse a los adultos mayores para regalarles un diálogo. Las noticias no volverán a llegarles, y estos viejos entenderán (sin saberlo con plena conciencia) que sus cartas se quedaron para siempre atrapadas en un mundo artificial, imposible de concebir para ellos.

Millones de usuarios en las redes sociales, sobre todo de las generaciones recientes, creen que el reconocimiento y la consideración como seres humanos solo puede provenir de los "likes", como si por salir del paso otros tantos no aprobarán un comentario o una imagen solo por “cortesía”. Otros más califican de “amigos” a todos aquellos que conforman esa red precaria en la cual han quedado atrapados.

En ese espacio artificial, ¿dónde están las caricias de una madre a sus hijos? ¿En qué lugar se disponen en estos tiempos las miradas de afecto, las inclinaciones de cabeza o los timbres acogedores de la voz? ¿A dónde están yendo a parar los consejos reposados, que son la riqueza del diálogo fraterno? ¿Acaso estos se convirtieron solo en las instrucciones apresuradas y veloces de esta codiciosa globalización?

La celeridad de este ritmo de vida está disminuyendo cada vez más el trato espontáneo, y así también es más frecuente ponerles tarifas a las palabras, a los segundos o minutos

Es que la comunicación es gratuita en las redes, dicen algunos desprevenidos. ¡Falso! De manera directa o indirecta, alguien paga un dinero por ese, casi siempre, indigente tipo de comunicación. Muchas redes están dispuestas para tomar con libertad esas señales, pero alguien paga por estas; infinidad de usuarios dan parte de su dinero a cambio de un plan de datos, la mayoría de las veces para acceder a una clase de contenido banal, pasajero y, en muchos casos, estúpido. Paga el papá, la empresa, la universidad, el colegio o el Estado (por supuesto, con el dinero de los impuestos).

Las compañías que ofrecen estos servicios, sin duda, no sirven a la gente, sino que se sirven de ella. “Llama ya”, “comunícate ahora”, “envía tus mensajes al instante” son algunos de los imperativos comerciales. Allí importan muy poco la calidad y la oportunidad de los mensajes, se trata solo de inducir a un consumo desmedido, a “romper” twitter o el Whats app siempre y cuando los números de las tarifas aumenten al infinito…

Sí: estamos pagando un precio muy alto, no por las palabras y el afecto (porque un “amor” comprado es grotesco), sino por la ausencia cada vez mayor de la más completa y vital manifestación humana: la comunicación.


Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad de Comunicación
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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