Educación

Los hijos y la mariposa / De tu lado con Alex

Cometemos el error de pensar que tenemos permiso para interferir en su desarrollo natural.

Elegir colegio o jardín para los niños

Demasiadas veces cometemos el gravísimo error de pensar que porque deseamos lo mejor para ellos, tenemos permiso para interferir en su desarrollo natural.

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123RF

29 de noviembre 2017 , 08:55 a.m.

Un día cualquiera, un niño encontró una oruga en el parque... y le pareció fantástica. Emocionado, se la llevó a casa para mostrársela a su mamá y rogarle que le permitiera quedarse con ella; la madre accedió, siempre y cuando él asumiera diligentemente su cuidado. El niño aceptó el reto con gran responsabilidad y consciencia.

Pasaron unos días y, al notar cierto cambio de comportamiento en la oruga, le preguntó a su mamá qué sucedía. Ella le explicó que estaba iniciando su metamorfosis y que muy pronto se convertiría en una bella mariposa. Lleno de expectativa, se quedó mirando la transformación, casi sin espabilar.

Esperó pacientemente durante el proceso en el cual la oruga pasó a la etapa de crisálida, pero al no entender qué estaba pasando dentro del ‘cascarón’ se empezó a preocupar. Solo sintió alivio cuando vio un rotito abrirse en la crisálida. Al principio se emocionó ante el movimiento que veía en el interior; sin embargo, esa emoción se convirtió en angustia pues la mariposa estaba haciendo enormes esfuerzos para salir. El niño no soportó verla aparentemente sufrir, así que tomó unas tijeras y rompió la crisálida, facilitando el surgimiento y ahorrándole todo el esfuerzo.

Tristemente, aunque la mariposa se liberó menos ‘estresada’ por no haber tenido que luchar tanto, no se terminó de desarrollar. Salió con la barriga demasiado grande y las alas marchitas. El niño esperó pacientemente a que las alas abrieran y la mariposa volara, pero eso nunca sucedió. Las alitas no crecieron, y la mariposa murió sin llegar a su verdadero potencial.

Esta historia es triste... y tan real a la vez. Como padres, muchas veces caemos en los mismos errores que este bienintencionado y entusiasta niño cometió. Traemos a nuestros hijos a la casa y nos ponemos la meta innata de cuidarlos, protegerlos y quererlos incondicionalmente. Nos quedamos días y noches contemplándolos e intentando comprenderlos. Pero, al igual que el chico de la historia, cuando no entendemos lo que sucede en su interior –pues están pasando por una ‘metamorfosis’ llamada madurez–, nos asustamos y queremos controlarlos aún más.

Demasiadas veces cometemos el gravísimo error de pensar que porque deseamos lo mejor para ellos, tenemos permiso para interferir en su desarrollo natural. Con las mejores intenciones y con todo el amor del mundo, imponemos nuestros miedos, nuestras frustraciones y hasta nuestros anhelos sobre ellos, creyendo que así les ahorraremos sufrimientos y evitaremos que cometan menos errores.

Resulta que no les podemos facilitar tanto el camino, de tal manera que, literal y figurativamente, ‘marchitamos sus alas’. Ellos deben luchar para salir adelante, muchas veces sin interferencia de nuestra parte.

No es fácil ver a los hijos romper barreras con las dificultades que eso conlleva, y la tentación de facilitarles el proceso siempre es latente. Deberíamos aprender de la mariposa: no todo lo que es difícil es malo ni toda ayuda es buena.

ALEXANDRA PUMAREJO
Twitter: @detuladoconalex

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