Educación

Sin enseñanza de la historia, ¿cómo entender la Colombia del presente?

Es grave el abandono de la asignatura a cambio de un barniz de sociología, geografía y antropología.

Historiador

La Historia en Colombia ha estado manejada por élites que se han centrado en el estudio de los próceres, con más intención patriótica que de estudio riguroso histórico.

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Ilustración: Jhon Joven

03 de noviembre 2017 , 05:48 p.m.

Es evidente que Colombia es uno de los países del mundo que menos esmero y empeño le ponen al magisterio de la Historia.

Esto trae como consecuencia que los alumnos que terminan la secundaria en Colombia no hayan oído nunca hablar de Churchill, De Gaulle o Reagan, por hablar de la Historia Contemporánea, o no saben en qué año se perdió Panamá ni por qué o que Santander no es solo un departamento de Colombia, etc.

Siempre cuento lo que me ocurrió ejerciendo mis labores docentes en Historia, en la universidad, cuando a la pregunta sobre por qué se conocía como Guerra Fría el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, un alumno me contestó que recibía ese nombre porque al terminar la guerra las casas de Europa estaban destruidas y al llegar el invierno la gente no tenía dónde guarecerse y pasaban mucho frío, de ahí el nombre de Guerra Fría. Esta anécdota, rigurosamente cierta, puede provocar hilaridad, pero a mí me provocó disgusto.

La Historia en Colombia ha estado manejada por élites que se han centrado en el estudio de los próceres, con más intención patriótica que de estudio riguroso histórico.

También hemos visto cómo, desde unas muy concretas estructuras ideológicas, se ha enseñado la Historia desde parámetros sesgados, pero eso no ha de ser óbice para que, respetando esas posiciones, comencemos a plantear la necesidad de una Historia ecuánime y reflexiva.

Esto redundaría inevitablemente en una aceptación de la necesidad de la enseñanza de la Historia en todos los niveles educativos. Para ello debemos abandonar esa mixtura que inventaron las autoridades académicas de sociología, geografía, economía, política y antropología conocida con el eufemístico nombre de Ciencias Sociales, que son el todo y la nada y, sin lugar a dudas, un fiasco pedagógico de consecuencias funestas.

La dignificación y profesionalidad del oficio de historiador son primordiales, primero especializando a los historiadores en los periodos cronológicos de la Historia; historiadores del arte, medievalistas, modernos, contemporáneos, en contraposición del historiador ‘todero’, muchas veces sin estudios historiográficos y que es capaz de pontificar de lo divino y de lo humano, en un claro ejemplo de banalización de la enseñanza histórica.

Llama la atención que en nuestro país, los trabajos de investigación en el ámbito de la Historia son más bien análisis sociológicos, políticos o antropológicos de un hecho o periodo histórico y que sea muy común el obviar los archivos y las fuentes documentales a favor de fuentes orales o periodísticas, muchas veces manipuladas en aras de una opción política determinada.

Uno ve cómo los juristas, los economistas, los arquitectos, etc., son muy celosos con el intrusismo en sus ámbitos de conocimiento y cómo nosotros, permitimos, en una clara demostración de apertura profesional, sin reciprocidad, que gentes con inquietudes históricas pero sin estudios históricos ejerzan la enseñanza de la Historia.

Por ello, algunas universidades, entre las que he de destacar la Sergio Arboleda, donde laboro, hacen un esfuerzo institucional por dignificar la enseñanza de la Historia, ofreciendo a la comunidad universitaria posgrados inéditos en Colombia. Uno se da cuenta de cómo en Colombia no hay programas de Historia Contemporánea.

Se recurre a políticos y a otros profesionales para analizar en los medios asuntos actuales de importancia para el devenir del país –diferendos fronterizos con otros países–, o se conforman comisiones de memoria histórica en las que los historiadores brillan, en general, por su ausencia, para poner dos ejemplos palmarios, con las consecuencias que todos conocemos.

Es cierto que en Colombia, de modo general, hoy la Historia no es el principio, sino el fin. Y que pocos optan por los estudios de historia para comenzar su peripecia académica, al primar lo pecuniario sobre cualquier otro componente. Pero no puede ser esta la razón para segregar la Historia de los planes de estudios básicos. Mal abogado, economista o ingeniero sería el que no estudie cómo hemos llegado a ser como somos actualmente.

La Historia en Colombia ha estado manejada por élites que se han centrado en el estudio de los próceres, con más intención patriótica que de estudio riguroso histórico

Pocas instituciones de enseñanza superior ofrecen programas de estudios históricos necesarios para paliar, aunque solo sea un poco, esa amnesia histórica generalizada, aunque desde hace unos años se observa en el país un creciente interés de las gentes por la Historia. Hay que reconocer que un egresado no será un profesional íntegro, independientemente de dónde se desempeñes profesionalmente, sin un conocimiento histórico integral. Son muchos los profesionales de distintos medios que una vez ya con su vida solucionada optan por satisfacer su ansia de saber demandando estudios históricos.

Es un nicho desaprovechado por las instituciones universitarias, valiendo lo mismo con la necesidad de los medios de comunicación de gentes preparadas que puedan analizar los hechos del presente y del pasado con aplomo y sentido histórico crítico. Miembros de las Fuerzas Armadas, políticos, periodistas, que complementarían así su quehacer profesional.

La evolución histórica de la humanidad y su necesario conocimiento permean cualquier otro ámbito social. Olvidar la evolución del pasado hasta el presente roza la estulticia.

Se ha visto en los últimos tiempos cómo sectores políticos y culturales han intentado establecer e imponer contenidos y tipos de enseñanzas de la historia. Esto ha causado una viva polémica en países europeos como España, Gran Bretaña o Francia; ahora está ocurriendo en Latinoamérica y, por supuesto, en Colombia. La terminación de unos programas dirigistas patrocinados desde los órganos educativos estatales que justifiquen las políticas oficiales son un riesgo hoy, en un país que atraviesa una coyuntura social complicada, con una búsqueda de la implementación de los acuerdos de paz, proceso tan necesitado de soporte académico para justificar su necesidad histórica.

Por ello es necesario percutir en la necesidad de no obsesionarse con la pedagogía, pues al poner tanto énfasis en los métodos de enseñanza se termina olvidando lo que hay que enseñar.

Las autoridades académicas deberían fomentar en las aulas el juicio crítico y razonado y, para ello, nada más apropiado que la Historia.

Es cierto que el profesorado de Historia se siente más seguro como ‘historiador’ que como docente de historia y que está más predispuesto a las innovaciones historiográficas que a las nuevas técnicas didácticas.

Los tiempos han cambiado, los alumnos actuales poco se parecen a los de hace 50 años, los alumnos demandan una Historia más conectada con las inquietudes y dilemas de la sociedad en la que viven. Están también preocupados por la excesiva memorización de los hechos históricos.

¿Cómo podemos superar los historiadores estas deficiencias?

Los modernos sistemas didácticos parecen convenir en la necesidad de ‘problemalizar’ los temas enseñados en Historia. Los estudiantes estarían más implicados y comprometidos con sus clases de Historia si se buscaran respuestas a los interrogantes planteados, utilizando fuentes documentales cuya comparación y contraste pasen por una crítica y análisis oportuno.

En definitiva, huir del resumen, incomprensible, en muchos casos, para el alumno que se limita a memorizarlo.

Es evidente que el cambio de modelo de aprendizaje, de uno cuyo centro es el profesor o el contenido a otro cuyo eje central es el alumno, ha repercutido en la forma como se interactúa en el aula entre uno y otros, con nuevos métodos didácticos y de aprendizaje.

La enseñanza de la historia ha cambiado desde cuando se introdujo en la educación en el siglo XIX. Es cierto que se mantiene como necesaria la tradicional cronologización de lo político y lo militar, pero se observa en la actualidad la tendencia al énfasis en lo cultural en el desarrollo de los temas. Cambios todos ellos que no son incompatibles, como hemos visto en innumerables casos, y que nos obligan a adaptarnos a nuevas estrategias que no están peleadas con las tradicionales técnicas de enseñanza. Quien sepa compaginar ambos métodos conseguirá que los alumnos amplíen sus conocimientos.

A modo de conclusión, mi experiencia académica de más de veinte años me dice que los alumnos, sea cual sea la carrera, no rechazan las asignaturas de Historia. La mayoría de las veces la ven como algo que les ayudará a ser unos profesionales integrales e íntegros y que más bien es la preparación, buena o mala, del docente la que garantiza el éxito o fracaso de la asignatura de Historia en el aula.

JOSÉ ÁNGEL HERNÁNDEZ
* Director de la Maestría en Historia con Énfasis en Historia Contemporánea de la
Universidad Sergio Arboleda

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