Educación

Los trinos del silencio / En defensa del idioma

La involución del lenguaje implica el retorno a las cavernas.

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¿Faltará muy poco para que dejemos de hablar? Ahora, hemos empezado a trinar, pero de manera distinta a los pajarillos.

Foto:

Tengku Bahar / AFP

22 de septiembre 2016 , 10:56 p.m.

'Quiere cacao' es una frase que por lo regular se escucha de manera repetida no de una boca, sino del pico de un loro. La impresión en los niños frente a esta experiencia se transforma en espanto: “¡El loro habla, mami!”. Sin embargo, esa constituye solo una forma de calificar una acción que para nada es consciente.

Estos plumíferos, y otros de especies semejantes, solo reproducen los sonidos que con insistencia algunas personas han pronunciado; el acto de habla implica un razonamiento. La diferencia entre la comunicación humana y la animal se centra en esta diferencia, y luego en la posibilidad del hombre para edificar conceptos y mensajes nuevos con el lenguaje. De ahí que los clichés, y las frases hechas en general, propongan un estancamiento de las ideas.

Así, los mensajes animales permanecen: los leones de hoy mantienen el mismo rugido ancestral de hace 14 mil años, y los miembros de su especie los interpretan de la misma manera. Todas las demás criaturas inferiores proceden de forma similar: insectos, aves, peces, reptiles, artrópodos, etc. Es decir: mantienen los códigos (sonidos, movimientos, colores, formas, contactos, marcas, olores, etc.), y con estos siempre transmiten repetidos mensajes.

Con el ser humano la situación es distinta, y a partir de ahí se construye el progreso integral. También por eso la involución del lenguaje implica el retorno a las cavernas; las muletillas equivalen a un mismo ladrido.

Esos recursos comunicativos de los animales resultan variados, y para cada una de esas voces hay verbos disímiles, algunos muy desconocidos: el pavo tita, la pantera himpla, el loro garre, la cigüeña crotora, la paloma arrulla y zurea; el perro gañe (al quejarse), aúlla, ladra y, como el lobo, puede ulular; la golondrina trisa, mientras el cuervo crascita; la rana croa y el cerdo gruñe; la cigarra y el grillo chirrían.

Después de contar la descomunal cantidad de especies, asignar un nombre a cada sonido animal rebasaría la proporción de la imaginación, incluyendo que muchos de los lectores desconocen cómo la langosta estridula, el águila trompetea, el pato parpa, la serpiente silba, la lechuza grita, la oveja bala; los elefantes y los rinocerontes barritan.

Más conocidas aparecen, sin embargo, las voces del gato, cuando maúlla; de los asnos, al rebuznar; del caballo, relinchando y bufando; del pollo, piando; del toro y la vaca, mugiendo; de la gallina, cacareando o cloqueando. Y qué decir de este juego cacofónico: el grillo (un insecto) grilla; la grulla (un ave) gruye, y el gamo (un mamífero) gamita.

En medio de esa extensa fauna, aparece también el baile aéreo de la abeja (que zumba), para indicarle a todo el enjambre dónde prolifera el néctar; se elevan las palomas en una acción casi simultánea, para advertir de un peligro a su bandada; por los bosques las jaurías de lobos corretean en busca de una presa indefensa; al huir de un depredador se separan los diminutos peces del cardumen; las ovejas se aglutinan en un rebaño al peinar las campiñas; en una manada se confabulan las hienas, y, por supuesto, muchas veces, con objetivos muy diversos (infinidad de veces, sin ellos), ni siquiera sabiendo el porqué, en la masa se han apiñado los hombres.

¿Faltará muy poco para que dejemos de hablar? Ahora, hemos empezado a trinar, pero de manera distinta a los pajarillos; estos por lo menos siguen meciéndose en el aire y buscando su propio destino; todavía hay árboles, agua, nidos y semillas para todos ellos.

En estos tiempos (¡cómo cambian los tiempos!), los encuentros y reuniones entre personas muestran una alteración grande en las intenciones. Alrededor de una mesa, por ejemplo, se acomodan muchas de ellas, en una cafetería, una sala de juntas, un restaurante, una sala de estudio, donde la uniformidad de las conductas es asombrosa: la mirada fija en un monitor, el cuerpo recogido, una enajenación absoluta del entorno y expresiones gestuales que nadie reconoce, risitas que nadie escucha; y así durante varios minutos (y a veces horas), solo moviendo los pulgares.

Existen ingenuos que dan por sentado el vigor del afecto familiar o del cultivo de una amistad solo por derivación de una proximidad física. Vaya paradoja: ampliados los recursos de comunicación, crece la incomunicación. Sí: aún reafirmando las inmensas ventajas de la tecnología, ¡qué tiempos aquellos en que importaban las personas!

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
PROFESOR FACULTAD DE COMUNICACIÓN
UNIVERSIDAD DE LA SABANA
jairo.valderrama@unisbana.edu.co

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