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Los que venden a la mamá / En defensa del idioma

Quieren compensar la carga de conciencia y descuido a los hijos con demostraciones materiales.

madres

Floristerias, restaurantes y stios de diversion se preparan para festejar el día de la madre.

Foto:

ÓSCAR BERNAL

09 de mayo 2018 , 06:57 p.m.

Se califica el amor de una madre como el de mayor poder en la naturaleza y en la sociedad. Esta fuerza interior, que la dota de una inagotable energía para la defensa y el sacrificio incondicional, supera inclusive su inclinación para mantener la propia vida. Ninguna madre calcula el riesgo de su integridad cuando se trata de proteger la de cualquiera de sus hijos, por supuesto aludiendo aquí a la conducta generalizada y regular de ellas.

El amor de una madre da para perdonar y respaldar al hijo ingrato, al que se considera equivocado, al más débil, al que viola las leyes humanas y divinas, y hasta aquel con asomos de incursionar en la política. ¡A tanto llega el amor de madre! La Naturaleza amplía esas manifestaciones cuando notamos que proceden así las aves, para defender a sus polluelos, o las tigresas, para dar de comer a los hambrientos cachorros o ahuyentar a los potenciales enemigos.

Por supuesto, al amor en sentido inverso, de hijos a madres, también se considera uno de los más arrolladores, con la diferencia de que algunos hijos suponen que solo ellos deben ser protegidos y no tanto proteger; sin embargo, descubren este poder solo cuando se convierten en padres (y madres, claro). Esta comprensión solo es posible desde el instante mismo en que aparece un hijo.

Y esa es la debilidad de los seres humanos a los que a diario se les explota, más que nada en las semanas previas al llamado Día de la Madre. Es la “emoción vinculada a la lágrima”. Los cargos de conciencia, la falta de dinero para llegar con unas flores, unos chocolates o una prenda de vestir, además de la gran cantidad de tiempo sin prodigar una llamada o una visita, reúnen algunos de los motivos para querer compensar esos descuidos de infinidad de hijos con unas demostraciones solo materiales.

Entonces, con un tiempo previsto, debido a que muchísimos han sido los días de la madre, aparecen los anuncios que corren con más fuerza y sacuden las emociones de tanto hijo prodigo; los mensajes se disparan así al corazón roto, remendado o arrugado, y cada herida se convierte en una hemorragia, pero de dinero, plástico o efectivo, de contado o a crédito. Y lo que parecía ser un sentimiento puro y desinteresado se transforma, por la presión de la publicidad, en un tráfico del amor humano. Así, las demandas y la velocidad del mundo moderno impiden valorar ese amor.

El talón de Aquiles es aprovechado en cada temporada (también antes de los días de la Mujer, del Padre, del Amor y Amistad, en Navidad) para tergiversar unas posibles horas de dulces y auténticas palabras y acciones, que pasan a ser una masa amorfa de asedio mercantil, cuando bien podrían ser oportunidades para ser dispuestas en reuniones familiares y felices.

Para esa ocasión, los restaurantes se saturan; en los almacenes de ropa femenina hay un agobio de vendedores y clientes; se disparan las transacciones con tarjetas de crédito y los retiros de los cajeros; las serenatas incitan a derramar más lágrimas; los perfumes se expanden, y el hacinamiento en los centros comerciales impide el libre movimiento de personas y automóviles. Y todo, por la madre.

La incitación de las palabras con intenciones comerciales impele, entonces, a que miles (o millones) de hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos, sin olvidar a padres (con sus hijas madres), a los esposos, hermanos, tíos y amigos, porque todos rinden homenaje a la reina del hogar, se entreguen al patetismo y al sentimentalismo, socavados por el asedio de tanto anuncio. Al comercio poco le importa el valor de madres tan ajenas, tan distantes, tan desconocidas. El objetivo, por este tiempo, es aprovechar esa fuerza aglutinante de la madre para que todas las familias y los invitados casuales consuman sin cesar y sin límite la abigarrada oferta de todos los productos o servicios posibles. ¡Cuánto más dinero desembolses, más amarás a la madre! Y algunos se lo creen.

Todo ello está muy lejos de significar que a la madre no deben procurárseles la mayor cantidad de beneficios que aumenten en algún grado su alegría. No obstante, si el mayor amor de una madre se destina a los suyos y la más plena felicidad la manifiesta ella con la posibilidad de compartir con su amada familia, son mucho más valiosos y auténticos el tiempo y el lugar doméstico para compartir con ella, además de reiterarle siempre cuánto la amamos. En definitiva, el amor pierde todo su valor cuando se le pone precio.

Un abrazo inmenso a todas las madres de este mundo. La mía ya está en otro.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad de Comunicación
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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